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Camilo Cienfuegos 02

Por Ernesto Montero Acuña

Cada día es bueno para recordar a Camilo Cienfuegos. En Camagüey, por ejemplo, no se olvida el Primero de Mayo en que les habló a los trabajadores. No se relega tampoco cuando contrarrestó allí la traición. Ni la tarde en que partió de la ciudad, cuando quedó sembrado en la tierra, en el aire, en el mar.
Como lo calificó Nicolás Guillén, Camilo porta un simbolismo, como su nombre, que no duerme, ni descansa en paz, como “dice la mansa/ costumbre de flores, (1) la que olvida/ que un muerto nunca descansa/ cuando es un muerto lleno de vida”.
No se olvida el Primero de Mayo de 1959 en que algún niño marchaba, admirado, junto al comandante legendario, hasta desembocar en la entrada del vetusto puente sobre el Hatibonico, para enrumbar hacia el Casino Campestre, donde el guerrillero histórico repartió sus palabras memorables.
Dijo: “Tenemos que emplear todo el tiempo en unirnos, en apoyar la Revolución, en apoyar las medidas revolucionarias que a diario está dictando nuestro Gobierno revolucionario…” A lo que añadió que aquella manifestación era para “decirle al Gobierno: apoyamos a la Revolución, apoyamos a las medidas revolucionarias que el Gobierno ha hecho para los trabajadores.”
El gran parque camagüeyano adquirió así perpetuidad, porque Camilo le aportó un valor que el vergel citadino no traía de cuando sirvió como recurso público a políticos encumbrados y, a veces, para caminatas pueblerinas que calmaran la impaciencia de los aburridos.

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Por Ernesto Montero Acuña

Caricatura J. David

No suelen ir de la mano estadísticas y poesía, tal vez porque las conductas transitan en la siquis humana de la emoción a la razón, antes que a la acción, mediante un proceso en el cual el ser condiciona el hacer. Pero existen poetas que exhortan a que corran parejos el sentir y el actuar.

José Martí alertaba en Nuestra Améríca (1) acerca de ello, tal vez con acritud, pero también con aliento de largo alcance: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal” […].

Solo se trata aquí de mostrar lo que posiblemente permita comprender, aproximadamente, la trascendencia de Tengo (2), en el año en que se cumple el cincuentenario de la publicación del libro que contiene este poma trascendente en la obra de Nicolás Guillén y en la literatura y la historia cubanas.

El volumen compila obras poéticas mayormente aparecidas en diversos medios periodísticos con la urgencia que reclamaban los años iniciales de la revolución triunfante el 1 de enero de 1959, aunque también figuran poemas compuestos anteriormente, como, por ejemplo, Mella (1945), Pasionaria (1951). Un negro canta en Nueva York (1952), Che Guevara (1959) y algunos más.

Tengo es el canto entusiasmado de Guillén al advenimiento de lo que su obra premonitoria había reclamado y augurado con no menos de treinta años de anterioridad en West Indies, Ltd., su libro que consolidó en 1934, en profundidad, lo social y lo racial con lo nacional y lo regional antiimperialista, ya visible en su sección Pisto Manchego del periódico El Camagüeyano.

Debe deslindarse, sin embargo, lo que este poema canta y el resto de los que componen el volumen, pues, si bien están emparentados casi todos por los momentos de la concepción y el alumbramiento, parece atinado individualizarlos para el análisis y tal vez agrupar los de mayor semejanza entre sí. Pero no hay duda de que el paradigmático, señero y cimero es Tengo.

Así lo escribe el poeta: “Cuando me veo y toco/ yo, Juan sin Nada no más ayer,/ y hoy Juan con Todo,/y hoy con todo,/ vuelvo los ojos, miro,/ me veo y toco/ y me pregunto cómo ha podido ser.” Y añade: “Tengo, vamos a ver,/ tengo el gusto de andar por mi país,/ dueño de cuanto hay en él,/ mirando bien de cerca lo que antes/ nunca tuve ni podía tener”.

Mas, ¿a qué se refería en orden de prioridades? Es bien visible: “Zafra puedo decir,/ monte puedo decir,/ ciudad puedo decir,/ ejército decir,/ ya míos para siempre y tuyos, nuestros,/ y un ancho resplandor/ de rayo, estrella, flor. […] Tengo, vamos a ver,/ tengo el gusto de ir/ yo, campesino, obrero, gente simple,/ tengo el gusto de ir/ (es un ejemplo)/ a un banco y hablar con el administrador,/ no en inglés,/ no en señor”…

Es el canto feliz del poeta en representación de las generaciones que sufrieron la independencia frustrada en 1902, de la casi juvenil –salvo otras en las que pervivía la tradición- que hizo la revolución de 1959 y a la que se incorporó –mejor: se incorporaron- las que la doctora Graciela Pogolotti (3) identifica como la Generación agradecida, cabe pensar que refiriéndose al “yo, campesino, obrero, gente simple” del poema.

Guillén conocía, por supuesto, las desigualdades existentes en la Cuba de Tengo, entre 1959 y 1964, y no incurrió en el error de afirmar que “todos somos iguales”. Partió de la ejemplificación cierta de que todos tenemos los derechos que hasta entonces nos habían impedido las clases dominantes nacionales y las del imperialismo omnipresente mediante sus medios económicos y sus instrumentos de poder.

¿Qué no se podía antes de 1959?

Aún recuerdo al niño a quien el guardajurado del Ten Cents de Camagüey, establecimiento de baratijas de los estadounidenses almacenes Woolwort, corrió de la puerta de aquel comercio para que no “afeara” el acceso a los efectivos o potenciales compradores, parte de ellos pertenecientes a la burguesía terrateniente de aquella comarca de “pastores y sombreros”.

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Por Ernesto Montero Acuña

anabel_lia_149Cuba lagarto

 

Juan con Todo se enfrenta en el 2014 al hecho irrepetible de transitar por su cincuentenario en una de las obras de Nicolás Guillén más imposible de olvidar, al menos no sin que los cubanos parezcan parricidas.

Han sido divulgados los ochenta años de West Indies, Ltd. (1934) y, sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con los cincuenta de Tengo (1964), poemario no menos trascendente que aquel título, anterior en treinta años.

En virtud de sus valores culturales, literarios, históricos y políticos, cada uno de los poemas de Guillén merece muy alto reconocimiento en Cuba -e, incluso, más allá, por los siglos de los siglos-, a pesar de la desmemoria en que se pueda incurrir.

Mas los citados no son los únicos poemarios o acontecimientos que requieren recordación en el 2014. También se han cumplido noventa años del inicio de su sección Pisto Manchego en el periódico El Camagüeyano y los cincuenta de la aparición del primer cuaderno de sus Poemas de amor, escasamente reflejados en la crítica literaria.

Tal vez las flechas de Cupido no hayan estado tan orientadas hacia el autor de Motivos de son (1930), pero, más seguramente, esta vertiente cedió ante la magnitud del resto de su obra con acentos sociales, populares, raciales y, en fin, con los de una poesía que enriquece los valores cívicos en la literatura cubana.

Cierto refrán muy citado refiere que “recordar es volver a vivir”, algo que no parece tan cierto como se afirma, pero sí puede serlo la formulación inversa: “Volver a vivir es recordar”, aunque la reformulación no se refiera al renacer, sino a retomar algún hecho vital en un nuevo estadio temporal, algo que no se asume como factible. Pero lo es.

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