Parque Agramonte [640x480]

Por Ernesto Montero Acuña

Si tuviera que resumir mi tránsito por el periódico Adelante diría que fue principio y fin, no porque suponga que aquí concluiré, sino porque aquí comencé a cumplir mi propósito de transitar por la profesión que elegí, tal vez desde mi infancia.

A esta publicación me acerqué por primera vez una tarde de junio del año 1970, con la esperanza de que una nota de presentación dirigida al entonces jefe de información, Aurelio Artega -o Yeyo, como se le nombraba-, tuviera su efecto y contribuyera a que lograra yo mi objetivo.

El abnegado promotor de futuros periodistas, mediante cursos masivos y gratuitos para la formación de corresponsales voluntarios, Ricardo Cardet, me recomendaba mediante un ejemplar acopio de síntesis: “Al compañero le interesa el periodismo”, decía.

Sin haberme visto jamás, había ido una noche a encontrarse conmigo, por sugerencia de un amigo mutuo, al hotel Sevilla, donde me encontraba convaleciente. Luego de las primeras palabras, me invitó a participar en uno de sus cursos. Menos de 72 horas después recibía sus clases en el Ministerio de Educación, frente al hotel Ambos Mundos, en La Habana.

¿Qué sabía yo del periodismo? Nada, excepto que leía la prensa. Pero ignoraba cómo hacerla. ¿Cuáles podrían ser mis motivaciones más remotas? Tal vez se debieran a la impresión que me causó observar, cuando era muy pequeño, a una persona mayor leer las enormes páginas del periódico El Camagüeyano en un quicio de la calle Padre Valencia, cerca de donde habitaba mi tía Mercedes.

¿Cuál otro estímulo previo podría haber existido? Quizás el interés que mostraba mi hermano José, doce años mayor que yo y con cierta formación escolar que a mí me faltaba, por la revista Bohemia, inalcanzable en el campo remoto donde vivíamos. Pero que mi padre le compraba en sus escasos viajes al pueblo de Vertientes, apenas un central entonces con un batey en frente.

Me pareció necesario referirme a los antecedentes. Pero prometo “ir ya al grano”. Yeyo me invito a su oficina en los altos del edificio en la calle Goyo Benítez, y me explicó que él, por sí solo, no podía decidir nada al respecto. Aunque me propuso retornar en la noche para que tratara el asunto con el director, Rolando Ramírez, quien estaría allí sobre las ocho.

Sigue leyendo