Tag Archive: Nicolás Guillén


Por Ernesto Montero Acuña

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Sabás, la muy reconocida Balada de los dos abuelos y El apellido ancestral son ejemplos descollantes, aunque no únicos, de una de las vertientes más reiteradas en la obra poética de Nicolás Guillén, quien practicó la promoción sistemática de la igualdad racial y social en Cuba, lastradas ambas en la historia por la conquista hispana y la esclavitud.
La lucha de clases y la independentista pasaron siempre en Cuba por erradicar el baldón arrojado sobre sus pobladores por la doble discriminación -racial y social- que representó durante casi cuatro siglos la rémora invalidante de que el negro y el blanco, pobres, disfrutaran de la existencia humanamente merecida.
Nicolás Guillén confesaba en Club Atenas: Motivos literarios (1) que, en el alcance de los valores que reflejaran aquel proceso, “Al artista le sucede entonces como a ciertos arqueólogos entregados a la devastación científica de la tierra en busca de ciudades olvidadas: que hallan a muchos metros hacia abajo las raíces frescas de cuanto está brillando arriba”.
Y añadía: “El negro, sin embargo, no quiere que se le recuerde esto, que en nada debiera molestarlo. Y es que nosotros sufrimos una incultura medular, aunque de muy distinto modo piensen los espíritus meticulosos y ordenados, que aman las cifras densas de las estadísticas”.
A estas les reconocía el reflejar cómo se incrementaba […] “el número de nuestros abogados, el de nuestros médicos, el de nuestros farmacéuticos, el de nuestros profesores de instrucción pública. Pero lo que hasta ahora no han podido decir las estadísticas es a cuánto asciende el número de nuestros co-raciales verdaderamente cultos”.
Para él, “la cultura […] representa un proceso muy complejo del espíritu. No depende tanto de la cantidad de libros que devoremos ni de los títulos que poseamos como de un afinamiento especial de la inteligencia, que permita captar ciertos módulos de belleza, determinados complejos morales, toda esa delgadísima malla que nos envuelve como una atmósfera inverosímil” […].
Se esforzaba, así, por sacudir lo que al negro le viene encima por circunstancias históricas, felizmente comenzadas a erradicar con el triunfo revolucionario de 1959, un proceso que se había iniciado en la lucha misma, también para los blancos, pues se combatía por la máxima igualdad de todos, en todos los órdenes.

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Por Ernesto Montero Acuña

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A sesenta y dos años del golpe de Estado contra Joao Goulart en Brasil, no puede aceptarse que la intención de la derecha latinoamericana y de sus aliados políticos haya trocado su esencia, como no sea para ensayar cambios cosméticos en algunos de sus procedimientos, debido a circunstancias que imponen las necesidades históricas.
Hace quizás dos décadas, quien esto escribe le preguntó a Frei Betto, en la Casa de las Américas, si consideraba que los golpes de Estado contra los gobiernos democráticos habrían desaparecido en América Latina, y el preclaro interlocutor aseveró que no lo creía, pues podrían producirse a medida que se acentuara el tránsito de la región hacia procesos verdaderamente democráticos.
Como en la frase popular: “Santa palabra”, pues, como esperaba, en su país se arremete mediante los más turbios procedimientos contra el gobierno democrático de Dilma Rousseff, continuadora del de su correligionario Luis Inácio Lula da Silva, un firme impulsor de la fórmula más avanzada en Brasil.
Antes se produjeron hechos semejantes en Honduras y Paraguay, e intentos fallidos -aunque agudos- en Venezuela, Bolivia, Ecuador, y retrocesos marcados en otros países, como es el caso de Argentina, aunque por la vía electoral. Mas el procedimiento, solo enmascara como legítimos cambios sin duda reaccionarios.
De modo que hoy, aunque los impactos directos son menos cruentos, las consecuencias económicas y sociales se manifiestan crecientes y la amenaza contra la vida de los más pobres se prevé demoledora, sin contar con que las fuerzas militares extranjeras –entiéndase directas de Estados Unidos o de la Otan, ¿por qué no?- se aprestan a jugar “su papel” como ya amenazan en Venezuela.
En consecuencia, no puede suponerse que la frase del Che Guevara “No se puede confiar en el Imperialismo pero, ni tantito así, nada”, no conserva su vigencia ni, incluso, que esa amenaza se torna con el tiempo más riesgosa para los pueblos del que antes solía nombrarse Tercer Mundo, una denominación que ahora omiten unos deliberadamente y otros por ingenuidad.

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Intervencion1

Por Ernesto Montero Acuña

Si contraimperiales fueron los poemas de Nicolás Guillén, no lo han sido menos sus artículos en numerosos medios periodísticos, aunque solo se trate ahora sobre los de la sección Pisto Manchego del periódico El Camagüeyano, donde debutó el 20 de marzo de 1924 como corrector y redactor de textos, como si fueran anuncios, pero con indudable dimensión política.
Se ha explicado ya lo que manifestó sobre este asunto: “He dicho muchas veces, y lo repito, que soy periodista y además poeta. Ya he contado cómo se desenvolvieron mis primeros años de vida en un ambiente absolutamente periodístico, el mismo en que vivió siempre mi padre”. (1)
Juan Nicolás Guillén Urra, su progenitor, asesinado en 1917 por soldados del gobierno, había escrito en 1899 en el periódico Las Dos Repúblicas, del cual era copropietario: “El derecho de Cuba a su soberanía no se discute, se impone, toda discusión en ese sentido, nos la vedan, la dignidad, el honor de militares del Ejército Libertador y los juramentos prestados solemnemente en más de una ocasión”. (2)
De lo anterior se desprende que entre ambos hubo una relación muy estrecha, como explicó el poeta en numerosas ocasiones, a pesar de que la muerte de Guillén Urra se produjo cuando Guillén Batista apenas tenía quince años. Pero el vacío que aquel dejó y la responsabilidad familiar que este asumió, lo foguearon, también en la política.
Una anécdota pudo también influir en su posición antiimperialista, demostrada en sus crónicas de El Camagüeyano. El policía Víctor Manuel Caballero, padre de uno de sus amigos de la infancia, recorría en patrullaje nocturno calles de de la ciudad, cuando percibió los gritos desaforados de algunas mujeres, lamentos que parecían provenir de la esquina en la cual convergen las actuales calles camagüeyanas de Santa Rita y Bembeta.
El vigilante corrió hacia el lugar y se encontró con una situación que el escritor y periodista José Manuel Villabella ha calificado como “espeluznante”. Tras una puerta abierta de par en par, tres “mujeres con los vestidos desgarrados trataban de librarse de unos marinos yanquis, mientras otros estadounidenses esperaban entusiasmados por las infelices”.
Caballero se enfrentó a los agresores –siete en total- en desigual confrontación, ante lo cual se vio compelido a emplear su arma reglamentaria, con la que dio muerte a uno de los agresores e hirió a otro en una de sus rodillas, en tanto que los cinco restantes emprendieron la fuga. Debido a tal hecho, ocurrido durante la Primera Intervención de Estados Unidos en Cuba, (3) se desarrolló un proceso judicial en el cual se incriminaba injustamente al policía.
Aquel hecho provocó una fuerte reacción en la ciudad, al extremo de que muchos años después la ciudadanía aún repudiaba la conducta de quienes había ultrajado a las mujeres. De esto se derivó una más profunda amistad entre Caballero y Guillén Urra, circunstancia que también consolidó luego el trato entre Víctor Manuel, hijo del policía, y Guillén Batista, primogénito del periodista.
El sonado acontecimiento marcó profundamente el medio y a las familias involucradas como víctimas, lo que sensibilizó aún más al joven que devendría poeta de aguda sensibilidad, también social y política. Villabella califica la agresión como un escándalo, en su libro biográfico Guillén: romance de Pueblo viejo. (4)

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Guillén ante imagen de Ignacio Agramonte. (2)

Por Ernesto Montero Acuña

Nicolás Guillén comparó a Ignacio Agramonte con la piedra dura, la roca madre en el mineral conformado por cuarzo, feldespato y mica, como aparece en un soneto del libro Sol de domingo (1982), el último publicado en vida del Poeta Nacional, camagüeyano como el mártir de Jimaguayú.

Sobre los méritos humanos, políticos y militares de una de las más íntegras figuras de las guerras de independencia cubanas, Guillén manifestó en el centenario del nacimiento del patriota: […] “sería imposible escribir seriamente la historia de la Guerra Grande sin ubicarlo en un sitial de honor” […]. (1)

Tampoco se podría ignorar la valoración de José Martí: “Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del corazón” […]. (2)

Quien no ha dejado de ser El Mayor, a pesar de los vaivenes en la historia de Cuba, sintetizó los méritos del patriota íntegro, plenamente democrático, con la imagen del héroe romántico que expuso la vida en defensa de su elevado ideal y sacrificó su claro amor hacia la esposa y el hijo –tuvo dos: Ernesto y Herminia, nacida después de su muerte- por cumplir los requerimientos del país y de la época.

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Gillén 02

Por Ernesto Montero Acuña

Nicolás Guillén marcó un hito en la cultura nacional, más allá del negro o del blanco, con la publicación hace 85 años de Motivos de son, el 20 de abril de 1930, en la página Ideales de una raza del Diario de la Marina.

En este periódico habanero lo había acogido quien dirigía aquella sección del rotativo, el ingeniero Gustavo Urrutia, gracias a la feliz gestión del patriota mulato y luchador independentista Lino Dou, muy admirado por el joven poeta camagüeyano establecido en La Habana en 1926.

Tales son los antecedentes directos sobre el inicio de la nueva poesía que, en su inicio, tiene en el negro el protagonista central, el eje sobre el cual giran los motivos temáticos, pero sobre la base de un lamento y una esperanza, sintetizados en “Hay que tené voluntá”.

En versos que llaman de arte menor, el poeta plasma la exhortación mayor, inicialmente dedicada a los negros, como luego lo sería a todos los cubanos que sufrían la profunda preterición entonces.

Escribía el poeta: “Camina, negra, y no yore,/ be p’ayá;/ camina, y no yore/ negra,/ ben p’acá:/ camina, negra, camina,/ ¡que hay que tené boluntá!”. Muy bien podría interpretarse estos versos como la premonición de lo que tendría que sobrevenir 29 años después.

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Camilo Cienfuegos 02

Por Ernesto Montero Acuña

Cada día es bueno para recordar a Camilo Cienfuegos. En Camagüey, por ejemplo, no se olvida el Primero de Mayo en que les habló a los trabajadores. No se relega tampoco cuando contrarrestó allí la traición. Ni la tarde en que partió de la ciudad, cuando quedó sembrado en la tierra, en el aire, en el mar.
Como lo calificó Nicolás Guillén, Camilo porta un simbolismo, como su nombre, que no duerme, ni descansa en paz, como “dice la mansa/ costumbre de flores, (1) la que olvida/ que un muerto nunca descansa/ cuando es un muerto lleno de vida”.
No se olvida el Primero de Mayo de 1959 en que algún niño marchaba, admirado, junto al comandante legendario, hasta desembocar en la entrada del vetusto puente sobre el Hatibonico, para enrumbar hacia el Casino Campestre, donde el guerrillero histórico repartió sus palabras memorables.
Dijo: “Tenemos que emplear todo el tiempo en unirnos, en apoyar la Revolución, en apoyar las medidas revolucionarias que a diario está dictando nuestro Gobierno revolucionario…” A lo que añadió que aquella manifestación era para “decirle al Gobierno: apoyamos a la Revolución, apoyamos a las medidas revolucionarias que el Gobierno ha hecho para los trabajadores.”
El gran parque camagüeyano adquirió así perpetuidad, porque Camilo le aportó un valor que el vergel citadino no traía de cuando sirvió como recurso público a políticos encumbrados y, a veces, para caminatas pueblerinas que calmaran la impaciencia de los aburridos.

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Che-Mixta-Lienzo

Por Ernesto Montero Acuña

Nicolás Guillén, primero en cantarle al Che, le dedicó en los días iniciales de enero de 1959 los versos del soneto Che Guevara: “Como si San Martín la mano pura / a Martí familiar tendido hubiera”, simbólicos en solidaridad entre ambas naciones.
Guillén creó también, al morir el guerrillero, la elegía de la inmortalidad: “No porque hayas caído / tu luz es menos alta. / Un caballo de fuego / sostiene tu escultura guerrillera / entre el viento y las nubes de la Sierra.”
Se conectan por la ideología común, que permite a los hombres, distantes y aún personalmente desconocidos, identificarse desde la distancia, para que el poeta pudiera hallar y reflejar, mediante símbolos históricos, aquello que los identifica.
Si bien los poemas son bastante conocidos, no lo son tanto las motivaciones.
Al triunfo de la Revolución, antes del inminente regreso de Guillén a Cuba, ocurrido el 23 de enero, Leónidas Barletta, director del semanario Propósitos, le solicitó un poema o una crónica acerca del guerrillero nacido en Argentina, donde el poeta se encontraba exiliado desde noviembre de 1958.
En su libro de memorias Páginas vueltas, Guillén refiere: “Yo pegué un salto, excusándome en ambos casos por falta de tiempo. Un soneto no se hace así como así; tal vez la crónica… En eso quedamos y cuando colgué… me puse a escribir un soneto”.
Así que cumplió la solicitud. “Con la publicación el poema circuló desde Buenos Aires hasta México. En Cuba, por su parte, se divulgó en varios diarios de La Habana el 9 de enero de 1959”. Figura en Tengo desde 1964 y “constituyó la primera poetización (1) del leimotiv del Che como combatiente, digno de la épica patriótica”.
Confiesa Guillén en Un gran muerto invencible, crónica publicada en el periódico el Mundo en 1967, que se puso a trabajar enseguida, y lo primero que le vino a la maquinita fueron los dos versos iniciales. Al respecto apuntaba: “Aquello me sorprendió, y hasta podría decir que me asustó, pero seguí escribiendo. Dos horas más tarde había terminado un soneto al Che”.
Sobre Che comandante ha sido igualmente explícito. Antes de la velada solemne en la Plaza de la Revolución de La Habana, el 18 de octubre de 1967, el poeta trabajaba en una obra dedicada al guerrillero, cuando lo llamó Haydée Santamaria [presidenta de la Casa de las Américas], a propósito del tema.
Así lo refiere en Páginas vueltas: […] “me puse a trabajar en un poema al Che con tal ahínco que cuando una de aquellas noches Haydée Santamaría me sugirió que así lo hiciera, le dije: “Haydée, perdóname, pero ya está terminado, le faltará algún verso, alguna estrofa, pero el grueso de la composición solo necesita un poco de lima”.
Por la noche fue el acto en la Plaza, con la asistencia de un millón de personas, en actitud solemne. Pero durante la tarde lo había llamado Celia Sánchez, [secretaria entonces del Consejo de Estado], quien le dijo que Fidel quería hablarle. “Un momento, Guillén, que Fidel está al teléfono”. “Fidel me dijo entonces”, cuenta el poeta, “que yo debía decir el poema en mi propia voz. Naturalmente, le dije que sí”.

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Con Rosa que corta cake

Por Ernesto Montero Acuña

Cuando partía de Bucarest hacia Beijing, vía Moscú, Nicolás Guillén tuvo la feliz idea de comparar de un modo ingenioso a las bucarestinas con las cubanas, al decir que allí abunda la cálida belleza meridional que hace volver el rostro en la calle.
Añadía el Poeta Nacional de Cuba que ello podía ocurrir “como si estuviéramos” en la céntrica esquina habanera de Galiano y San Rafael, aunque pudiera haberse referido igualmente a otras numerosas confluencias en ciudades y poblados de su país.
También es posible que por aquellos meses finales de 1959, cuando escribió su crónica Carta de Pekín, publicada en el periódico Hoy el 18 de octubre, abundaran más las bellas, en cantidad, en la céntrica convergencia de las dos populosas vías, en la capital cubana.
Si bien cualquier villa de Cuba tiene en común con las de Rumanía el carácter latino y la geografía sureña, el tema va más allá de una digresión sobre semejanzas y diferencias entre rumanas y cubanas, pues el asunto viene a cuento en cuanto a la valoración del poeta acerca de la mujer.
Cuando se trata a fondo la situación femenina en el mundo, con sólidos y justos discursos de estadistas y apelaciones del Papa Francisco, es obligado mostrar la visión poética de Nicolás Guillén, sobre todo por oportuna.
No puede pensarse que dedicara en su obra más numerosas y sentidas letras a la mujer por su atractivo que por su condición de socialmente igual. En este último sentido existen muchos más ejemplos que sobre la muy humana y normal atracción física, sin la cual no sobreviviría la especie.
En su poética se cuenta con las composiciones recopiladas en Poesías de amor (1933-1971) y a lo largo de este título no se encuentran la sexualidad desaforada, ni el erotismo al uso durante el neo romanticismo en boga en parte de aquella época.
Sus alusiones a lo que pudiera identificarse como pasional son tenues, escritas más como quien alude que como quien seduce.
Tampoco ha sido extraño, en sentido contrario, que haya existido quien le reprochara al poeta no haberle dedicado más espacio en su copiosa obra política y social a la poesía amorosa, aunque a ello aportó versos magistrales.
En A Julieta escribió algo tan sugerente como “Me gusta oírla hablar,/ porque las palabras salen de su boca como de un nido,/ primero se asoman, y en seguida rompen a volar”.
O mejor aún, otros versos de su Poema de amor: “No. Lo ignoro./ Desconozco todo el tiempo que anduve/ sin encontrarla nuevamente./ ¿Tal vez un siglo? Acaso./ Acaso un poco menos: noventa y nueve años./ ¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma/ un tiempo enorme, enorme, enorme.”

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Por Ernesto Montero Acuña

Ancestros
Por lo que dices, Fabio,
un arcángel tu abuelo fue con sus esclavos.
Mi abuelo, en cambio,
fue un diablo con sus amos.
El tuyo murió de un garrotazo.
Al mío, lo colgaron.
N. Guillén

Un solo verso de la Elegía camagüeyana de Nicolás Guillén sirve para reflejar a Cuba en su tránsito por el tiempo, aunque el poeta se haya inspirado más bien en su Camagüey natal, ciudad a propósito de la cual saltan aquellas cinco palabras enfáticas: “héroes no, fondo de historia”.
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Una de las estatuas ancestrales en  la Plaza de El Carmen, Camagüey, realizadas por Marta Jíménez.

 

 

 

Lo mismo podrían aplicarse a Baracoa, Bayamo, Sancti Spíritus, La Habana, Santiago de Cuba o Remedios que a Trinidad, la villa que compele a rememorar aquella frase, aunque sea más que expresión sintética. Con ella se convoca a no ignorar las raíces de todos.
El fondo de esta meditación responde a las celebraciones de los 500 años de la fundación de las villas más antiguas de Cuba, y lo inspira el verso de Guillén, no solo por Camagüey, que lo merece tanto como la que más pudiera ameritarlo, sino porque le corresponde a todas la poblaciones, incluido cualquier villorrio de Cuba.
Puede parecer que se recuerda también una gran injusticia histórica, porque aquellas fundaciones se basaron en el despojo contra los pobladores oriundos y en un crimen enorme contra uno de los componentes étnicos más significativos en la historia del país y en la cultura nacional.
Si se fuera profundamente fiel al verdadero “fondo de historia” se percibiría que a veces aparece enmascarado el triunfo del extremeño inmundo y asesino que fue Vasco Porcallo de Figueroa, como lo fueron también otros oriundos de Extremadura, como Diego Velázquez y Pánfilo de Narváez, por encima de la débil resistencia autóctona.
El Sermón del Arrepentimiento del Padre las Casas, pronunciado en Sancti Spíritus el 4 de junio de 1514, seguramente, no repara ninguna injustica ni restaña ninguna herida. Ya no era reparable respecto de los indios y nunca lo fue a posteriori en relación con los negros traídos de África, dos tercios de los cuales murieron en el trayecto.
No fueron fundaciones las que se produjeron, sino masacres, como se cometen otras en la historia de hoy, con medios más modernos y objetivos igualmente perversos, pues persiste su naturaleza esencial.
Sobre esto se puede reflexionar con los versos de Nicolás Guillén, el poeta que murió ignorando al menos uno de sus apellidos ancestrales, como ocurre ahora con todos los negros de Cuba y en todos los países donde existió aquel cautiverio que robó su apellido verdadero a tantos millones de esclavos.
Meditar sobre esto, cuando se transita por las redondas y a veces incómodas piedras de las calles trinitarias, conduce a rememorar los más de 500 años del surgimiento de la villa simbiótica, muestrario del pasado y del presente, quizás la única que ha elegido una forma flexible de conmemorar –el segundo domingo de enero- aquella fecha impuesta por las circunstancias de la Historia.

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Por Ernesto Montero Acuña

…lo ocurrido en la zona del Canal es un terrible ejemplo —uno más— para los pueblos de nuestro continente…

Nicolás Guillén

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No será fácil para los estudiantes de Historia, en los años venideros, comprender lo acontecido durante los siglos XIX, XX y XXI en las relaciones de Estados Unidos con las naciones de Latinoamérica y el Caribe, entre cuyos actos se encuentra la acción militar codificada como Causa justa, mediante la cual la Unión Americana invadió a Panamá al costo de varios miles de vidas de sus pobladores, en 1989.
Antes había ocurrido otra agresión, en 1964: “Mientras los yanquis están armando la de Dios es Cristo por quítame allá esas guaguas, he aquí que sus bárbaras tropas desembarcan en Panamá y ametrallan a la población indefensa. Resultado: veinte muertos y trescientos heridos” (1), como denunció el poeta Nicolás Guillén en el periódico Hoy, el 11 de enero, veinticinco años antes de que aconteciera Causa Justa. Ambas han sido agresiones militares de gran envergadura, contra panameños indefensos.
Una amplificada información sobre la falsa agresión panameña a un marine del Norte fue el preludio de lo que acontecería en la Operation Just Cause Rangers, en 1989, muy difundida a través de cadenas de televisión estadounidenses para crear una cortina de humo de cuya falsedad cualquier conocedor de tales prácticas, con respecto a los pueblos latinoamericanos y caribeños, hubiera podido darse cuenta.
En fin, la noticia de que un oficial de Estados Unidos y su novia habían sido víctimas de fuerzas panameñas justificaba que el presidente George H. W. Bush diera la orden, la noche del 19 al 20 de diciembre de 1989, de que 26 mil soldados, con toda su capacidad en medios militares, la emprendieran contra el país istmeño y provocaran la muerte de hasta tres mil 500 civiles, según estadísticas internacionales, que podrían ser insuficientes.
Fuentes estadounidenses, por su parte, han mentido aduciendo datos inferiores, tal vez por suponer que la diferencia se debe a la disparidad en la forma de contabilizar las víctimas, aunque estaría muy bien que alguien, perspicaz, se preguntara si el pretexto de un marine agredido debía costar tantas vidas no involucradas en ningún acto violatorio de principio alguno que motivara la saña homicida de la fuerza imperial.
Panamá invasion41  Se detuvo al General Manuel Antonio Noriega, que años antes no había sido ajeno ni enemigo de Estados Unidos, y lo exhibieron conducido por estadounidenses con brazaletes de la Agencia Antidrogas de aquel país, como para que los inocentes estudiantes de Historia que existan dentro de algunos siglos –o tal vez milenios- se encuentren en la confusa situación de interpretar cómo una nación de dos millones 434 mil 964 habitantes entonces, la mitad mujeres, podría provocar la Cólera –es decir: la Causa- injusta de una potencia con 246 millones 819 mil pobladores.

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Por Ernesto Montero Acuña

Guillén contraste

Contra lo que pueda suponerse, poetas bisiestos no son los que nacieron el 29 de febrero, ni los que escribieron o publicaron sus primeros y únicos versos o su obra ese día, sino los que el brasileño Vinícius de Morais bautizó con ese calificativo, un hecho que el cubano Nicolás Guillén definió como casi una travesura.

Él también adoptó la denominación, no obstante, para referirse a un cubano al que estimaba mucho, por ser su amigo y su correligionario en las luchas políticas de los años treintas en Cuba, y cuyo nombre es Vicente Martínez.

Mas, ¿qué se entiende por poeta bisiesto? Para comprender mejor el asunto, vale más explicarlo en sus orígenes.

En crónica publicada en La Gaceta de Cuba el 5 de abril de 1964, el autor de Motivos de son explicaba que “Vinícius (1) lanzó la novedad en septiembre de 1942, desde las páginas de una revista argentina bastante conocida”, publicación en la que “Llamaba de ese modo a los poetas «sem livros de versos —bissextos pela escassez de sua produçao, cuja excelencia os coloca sem embargo ao lado dos mais citados», según la cita de Guillén en portugués. (2)

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La mujer de Antonio

Según Guillén y Matamoros…

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Por Ernesto Montero Acuña

A pesar de ser una de las mujeres más nombradas en Cuba, al menos desde el primer cuarto del siglo XX, nadie ha podido satisfacer la viva curiosidad que despierta aquella que, si bien ignota, originó una de las canciones más conocidas en su época y un poema de los que Nicolás Guillén solía identificar como folclóricos.

De la mujer de Antonio no se sabe ni siquiera el nombre –de la culturalmente conocida, pues existe otra de mucho interés-, debido a que la de la canción se identifica solo mediante el patronímico del esposo. Se sabe que caminaba así por la madrugada, tal vez porque aquel era el horario durante el cual iba a la plaza, entiéndase del mercado. Pero, ¿podría alguien describir cómo era o decir a qué nombre propio respondía?

Gracias a la curiosidad de la vecinita de enfrente y a la perspicacia trovadoresca de Miguel Matamoros, el músico y compositor santiaguero (1894-1971) realizó una enorme contribución al enriquecimiento y a la expansión sonera en Cuba y mucho más allá, pues trasladó su ritmo y estructura desde el oriente del país al occidente del mundo.

Si bien se sabe poco de aquella mujer de Antonio, sí puede aseverarse que, en 1925, el músico creó en su natal Santiago de Cuba, junto con Ciro Rodríguez y Rafael Cueto, el renombrado trío de música popular que llevaba como nombre su apellido (Matamoros), agrupación que realizó su primera grabación discográfica en 1928, una de las indudables razones por las cuales aquella criolla a la que se cantaba, posiblemente salsosa, mas no salsera, logró alcanzar anonimato mundial, aunque parezca paradójico.

Se asegura que el de Matamoros es uno de los tríos de mayor renombre y originalidad en la música latinoamericana, junto con el mejicano nombrado Los Panchos, en sus respectivos estilos, y se le califica como una referencia obligada en la historia de la interpretación y la composición afrocubana, por la magistral combinación que consiguió del bolero y el son, por su modo de entonarlos.

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Por Ernesto Montero Acuña

 

Contaba Nicolás Guillén que cierto joven poeta se le acercó al ver la primera edición de El Gran Zoo y le espetó: Usted nos ha quitado una posición que nosotros teníamos. Ese libro debió escribirlo uno de nosotros.

Tal vez con no poca ironía y mucha razón, el poeta, consagrado por una obra universalmente reconocida, le respondió: No lo dudo. Pero ese joven, para hacerlo, tendría que haber pasado muchos años adquiriendo el dominio de la técnica que se necesita.

El Gran Zoo (1967) lo integran, en el doble sentido, una bibliografía que editorialmente comienza con Motivos de son (1930) y continúa con Sóngoro cosongo (1931), West Indies, Ltd. (1934); Cantos para soldados y sones para turistas (1937), España, poema en cuatro angustias y una esperanza (1937), El son entero (1947), su monumental Elegía a Jesús Menéndez (1951), La paloma de vuelo popular (1958), Tengo (1964), Poemas de amor (finalmente una recopilación, entre 1933 y 1971) y sus siempre inolvidables Elegías.

A los referidos títulos se añadían numerosas reediciones, recopilaciones, antologías y publicaciones de sus obras, entre las cuales figuran destacadamente el lanzamiento, con una tirada de 150 mil ejemplares, de sus poemas traducidos al ruso (15 de julio de 1955), la edición francesa, por Seghers, de sus Elégies antillaises, en el propio año, y las numerosas versiones que existen en inglés de sus poemas, entre otros numerosos idiomas.

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Por Ernesto Montero Acuña

Caricatura J. David

No suelen ir de la mano estadísticas y poesía, tal vez porque las conductas transitan en la siquis humana de la emoción a la razón, antes que a la acción, mediante un proceso en el cual el ser condiciona el hacer. Pero existen poetas que exhortan a que corran parejos el sentir y el actuar.

José Martí alertaba en Nuestra Améríca (1) acerca de ello, tal vez con acritud, pero también con aliento de largo alcance: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal” […].

Solo se trata aquí de mostrar lo que posiblemente permita comprender, aproximadamente, la trascendencia de Tengo (2), en el año en que se cumple el cincuentenario de la publicación del libro que contiene este poma trascendente en la obra de Nicolás Guillén y en la literatura y la historia cubanas.

El volumen compila obras poéticas mayormente aparecidas en diversos medios periodísticos con la urgencia que reclamaban los años iniciales de la revolución triunfante el 1 de enero de 1959, aunque también figuran poemas compuestos anteriormente, como, por ejemplo, Mella (1945), Pasionaria (1951). Un negro canta en Nueva York (1952), Che Guevara (1959) y algunos más.

Tengo es el canto entusiasmado de Guillén al advenimiento de lo que su obra premonitoria había reclamado y augurado con no menos de treinta años de anterioridad en West Indies, Ltd., su libro que consolidó en 1934, en profundidad, lo social y lo racial con lo nacional y lo regional antiimperialista, ya visible en su sección Pisto Manchego del periódico El Camagüeyano.

Debe deslindarse, sin embargo, lo que este poema canta y el resto de los que componen el volumen, pues, si bien están emparentados casi todos por los momentos de la concepción y el alumbramiento, parece atinado individualizarlos para el análisis y tal vez agrupar los de mayor semejanza entre sí. Pero no hay duda de que el paradigmático, señero y cimero es Tengo.

Así lo escribe el poeta: “Cuando me veo y toco/ yo, Juan sin Nada no más ayer,/ y hoy Juan con Todo,/y hoy con todo,/ vuelvo los ojos, miro,/ me veo y toco/ y me pregunto cómo ha podido ser.” Y añade: “Tengo, vamos a ver,/ tengo el gusto de andar por mi país,/ dueño de cuanto hay en él,/ mirando bien de cerca lo que antes/ nunca tuve ni podía tener”.

Mas, ¿a qué se refería en orden de prioridades? Es bien visible: “Zafra puedo decir,/ monte puedo decir,/ ciudad puedo decir,/ ejército decir,/ ya míos para siempre y tuyos, nuestros,/ y un ancho resplandor/ de rayo, estrella, flor. […] Tengo, vamos a ver,/ tengo el gusto de ir/ yo, campesino, obrero, gente simple,/ tengo el gusto de ir/ (es un ejemplo)/ a un banco y hablar con el administrador,/ no en inglés,/ no en señor”…

Es el canto feliz del poeta en representación de las generaciones que sufrieron la independencia frustrada en 1902, de la casi juvenil –salvo otras en las que pervivía la tradición- que hizo la revolución de 1959 y a la que se incorporó –mejor: se incorporaron- las que la doctora Graciela Pogolotti (3) identifica como la Generación agradecida, cabe pensar que refiriéndose al “yo, campesino, obrero, gente simple” del poema.

Guillén conocía, por supuesto, las desigualdades existentes en la Cuba de Tengo, entre 1959 y 1964, y no incurrió en el error de afirmar que “todos somos iguales”. Partió de la ejemplificación cierta de que todos tenemos los derechos que hasta entonces nos habían impedido las clases dominantes nacionales y las del imperialismo omnipresente mediante sus medios económicos y sus instrumentos de poder.

¿Qué no se podía antes de 1959?

Aún recuerdo al niño a quien el guardajurado del Ten Cents de Camagüey, establecimiento de baratijas de los estadounidenses almacenes Woolwort, corrió de la puerta de aquel comercio para que no “afeara” el acceso a los efectivos o potenciales compradores, parte de ellos pertenecientes a la burguesía terrateniente de aquella comarca de “pastores y sombreros”.

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Por Ernesto Montero Acuña

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Juan con Todo se enfrenta en el 2014 al hecho irrepetible de transitar por su cincuentenario en una de las obras de Nicolás Guillén más imposible de olvidar, al menos no sin que los cubanos parezcan parricidas.

Han sido divulgados los ochenta años de West Indies, Ltd. (1934) y, sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con los cincuenta de Tengo (1964), poemario no menos trascendente que aquel título, anterior en treinta años.

En virtud de sus valores culturales, literarios, históricos y políticos, cada uno de los poemas de Guillén merece muy alto reconocimiento en Cuba -e, incluso, más allá, por los siglos de los siglos-, a pesar de la desmemoria en que se pueda incurrir.

Mas los citados no son los únicos poemarios o acontecimientos que requieren recordación en el 2014. También se han cumplido noventa años del inicio de su sección Pisto Manchego en el periódico El Camagüeyano y los cincuenta de la aparición del primer cuaderno de sus Poemas de amor, escasamente reflejados en la crítica literaria.

Tal vez las flechas de Cupido no hayan estado tan orientadas hacia el autor de Motivos de son (1930), pero, más seguramente, esta vertiente cedió ante la magnitud del resto de su obra con acentos sociales, populares, raciales y, en fin, con los de una poesía que enriquece los valores cívicos en la literatura cubana.

Cierto refrán muy citado refiere que “recordar es volver a vivir”, algo que no parece tan cierto como se afirma, pero sí puede serlo la formulación inversa: “Volver a vivir es recordar”, aunque la reformulación no se refiera al renacer, sino a retomar algún hecho vital en un nuevo estadio temporal, algo que no se asume como factible. Pero lo es.

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Parque Agramonte [640x480]

Por Ernesto Montero Acuña

Si tuviera que resumir mi tránsito por el periódico Adelante diría que fue principio y fin, no porque suponga que aquí concluiré, sino porque aquí comencé a cumplir mi propósito de transitar por la profesión que elegí, tal vez desde mi infancia.

A esta publicación me acerqué por primera vez una tarde de junio del año 1970, con la esperanza de que una nota de presentación dirigida al entonces jefe de información, Aurelio Artega -o Yeyo, como se le nombraba-, tuviera su efecto y contribuyera a que lograra yo mi objetivo.

El abnegado promotor de futuros periodistas, mediante cursos masivos y gratuitos para la formación de corresponsales voluntarios, Ricardo Cardet, me recomendaba mediante un ejemplar acopio de síntesis: “Al compañero le interesa el periodismo”, decía.

Sin haberme visto jamás, había ido una noche a encontrarse conmigo, por sugerencia de un amigo mutuo, al hotel Sevilla, donde me encontraba convaleciente. Luego de las primeras palabras, me invitó a participar en uno de sus cursos. Menos de 72 horas después recibía sus clases en el Ministerio de Educación, frente al hotel Ambos Mundos, en La Habana.

¿Qué sabía yo del periodismo? Nada, excepto que leía la prensa. Pero ignoraba cómo hacerla. ¿Cuáles podrían ser mis motivaciones más remotas? Tal vez se debieran a la impresión que me causó observar, cuando era muy pequeño, a una persona mayor leer las enormes páginas del periódico El Camagüeyano en un quicio de la calle Padre Valencia, cerca de donde habitaba mi tía Mercedes.

¿Cuál otro estímulo previo podría haber existido? Quizás el interés que mostraba mi hermano José, doce años mayor que yo y con cierta formación escolar que a mí me faltaba, por la revista Bohemia, inalcanzable en el campo remoto donde vivíamos. Pero que mi padre le compraba en sus escasos viajes al pueblo de Vertientes, apenas un central entonces con un batey en frente.

Me pareció necesario referirme a los antecedentes. Pero prometo “ir ya al grano”. Yeyo me invito a su oficina en los altos del edificio en la calle Goyo Benítez, y me explicó que él, por sí solo, no podía decidir nada al respecto. Aunque me propuso retornar en la noche para que tratara el asunto con el director, Rolando Ramírez, quien estaría allí sobre las ocho.

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Por Ernesto Montero Acuña

Cuando me veo y toco

 yo, Juan sin Nada no más ayer,

y hoy Juan con Todo,

y hoy con todo,

vuelvo los ojos, miro,

me veo y toco

y me pregunto cómo ha podido ser.

                               N. Guillén, Tengo,1964.

Camagüey 02 [640x480]

A la puerta de los 500 años, como quien dice a unos días de los orígenes, uno se pregunta cómo podrían rebrotar la mala hierba del olvido, la ignorancia de la historia, la enajenación.

Al releer el poema Tengo, de Nicolás Guillén, Juan sin nada no más ayer persiste en preguntarse cómo podría ser.

El 10 de julio de 1902, apenas 388 años y 158 días después de que el Teniente a Guerra Diego de Ovando fundara en Punta de Guincho, cacicazgo de Mayanabo, el antecedente de la que es hoy Camagüey, vino al mundo el autor de aquellos versos en una vivienda de la calle de San Ignacio.

“De creer a mi abuela tanto como al registro civil”, escribió en Mis queridas calles camagüeyanas, “yo vine al mundo en una casa que era accesoria de la del número 2 1/2, en la calle de San Ignacio, ahora de los Hermanos Agüero, en la muy antigua y (entonces) muy «reaccionaria» ciudad de Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey.”

¿Qué distinguía a la añeja villa? ¿Sólo la condición de muy reaccionaria “entonces”? Tal vez dependiera esto de la historia, de los procesos, de quienes entendían el progreso como el suyo nada más.

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Por Ernesto Montero Acuña

La flor de lis se reconoce en heráldica como una de las cuatro figuras más populares, junto con la cruz, el águila y el león. Pero en la provincia cubana de Camagüey fue símbolo de un importante acontecimiento periodístico-literario en la vida de Nicolás Guillén, entonces joven director, periodista y poeta con una obra significativa ya.

La revista Lis, sostenida por su editor y cercanos colaboradores entre el 10 de enero de 1923 y el mes de junio de aquel año –por lo que solo contó con dieciocho números-, alcanza su aniversario noventa en este 2013, cuando se conmemoran los 55 de su libro La paloma de vuelo popular, lanzado por la Editorial Losada el 28 de diciembre de 1958, y coincide también con los 60 del asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba y virtualmente con el triunfo de la Revolución cubana el primero de enero de 1959, compartido por Guillén.

Cuando se indaga acerca de la flor que dio nombre a la revista, se descubre que suele representársela, en heráldica, en color amarillo sobre un fondo azul, a lo que se añade que tradicionalmente se la visualiza en un campo y dispuesta de forma ordenada. Se la considera, desde la Edad Media, “emblème des rois de France”.

Más que la masculinidad, puede sugerir la belleza de la feminidad por su

configuración, la esbeltez de su figura, las sugerencias de sus líneas uniformes y su variable coloración. Motivo poético en el modernismo, se considera que uno de sus primeros usos simbólicos “parece darse en la decoración de la Puerta de Istar en Mesopotamia, construida por Nabucodonosor II” en el 575 a.n.e. y también se la relaciona con “determinados símbolos de la antigua Teotihuacán”, entre otras representaciones universalizadas.

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20 detenidos por desahucios

Por Ernesto Montero Acuña

Nicolás Guillén en su Son del desahucio escribió que “el problema es muy serio, porque no hay con qué pagar”, cuando los desalojos en Cuba eran semejantes a los de la España actual, si bien menos peores.

La madrileña web Teinteresa publicó el 8 de noviembre del 2012 que, desde el estallido de la burbuja hipotecaria -así la llama sin precisar fecha-, unos 350 mil hogares se han quedado sin techo y con la deuda a cuestas, según dato del mes de marzo, ya que desde entonces hasta el penúltimo mes del año habían aumentado en el 13,4 por ciento.

Cuba mostraba una injusticia menos semejante, pues el desalojo se producía por no pagar al propietario el alquiler de la vivienda que habitaba el inquilino, que no poseía hogar propio. Mas, en la península de los antecesores de más de la mitad de los cubanos, se despoja al propietario que habita su vivienda, y luego se ve obligado, además, a amortizar su deuda bancaria.

La crisis ha originado que el muy cubano Son del desahucio se haya convertido en “El nuevo himno de combate del 15 M”, que reivindica al cantante español Hilario Camacho, ya fallecido, quien en 1968 había grabado el poema en “su primer single”.

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