Por Nicolás Guillén 

Imágenes actuales para una magistral y añeja crónica sobre Camagüey.

Plaza de los Trabajadores

Como las mujeres, toda ciudad tiene dos caras. Una para andar por casa, y otra para salir, para pasear. La cara que se le enseña al novio, y la que después conoce el marido, en el “desorden húmedo de la mañana”, cuando se salta del lecho al laboratorio del tocador.

Hay así, el ciudadano que vive engañado por los afeites y pinturas de la ciudad amada, y el que conoce toda la verdad, sin que por ello padezca su amor. El que sólo la quiere para lucirla, y el que la quiere a pesar de verla a toda hora, y quizá por eso mismo.

No es exagerado decir, pues, que para muchos camagüeyanos, su pueblo natal, la antigua y venerable Santa María de Puerto Príncipe, está surgiendo ahora, pimpante como una jovenzuela que asoma por primera vez sus narices en sociedad. ¡Qué queréis! Son sus novios; espíritus “modernistas” que abominan de todo cuanto les recuerde el “buen tiempo viejo”, que ya pasó.

Según ellos, Camagüey empieza por donde acaba: el cemento y el adoquín. Lo otro… ¡Bah! Lo otro es paisaje; supervivencia vergonzosa, que es necesario ocultar, hasta que lo tumbe la consabida piqueta del progreso, manejada por los feroces “comités de vecinos”.

Yo recuerdo que durante una reciente y prolongada estancia mía en la “patria chica”, tuve que convertirme más de una vez en cicerone de algún viajero fugaz e instruido que, de paso por el pueblo, quería conocerle, como es natural, en sus detalles más interesantes. Si acertaba a formularme su ruego en presencia de un “novio”, de un camagüeyano modernista, éste echábase a temblar, y en lo que tenía ocasión tomábame del brazo, a fin de suplicarme con voz de anticipado reproche:

–¡Ve si lo vai’ a meter en esoj andurrialej que a vo’ o’ gutan, porque el hombre se va a figurar que to’ el pueblo e’ así!

Yo reía, naturalmente. ¡Y me iba por los andurriales! Es decir, me iba al Camagüey verdadero; llevábame al visitante a conocer lo único que puede y debe verse allí; lo que le da perfil y sello propio a la ciudad; lo que no hay en otro sitio. ¿Un tranvía? ¿Un café a la moda, en la Plaza de la Soledad o en el Parque Agramonte? ¿Una fuente melancólica y seca? ¡Pero hombre! ¡Si eso puede verse en todas partes, y mucho mejor! Es, por lo demás, algo parecido a lo que ocurre con los turistas que vienen a la capital. Están desesperados por bailar una rumba, por saber lo que es un “vacunao”, por acercarse a una fiesta ñáñiga. ¿Qué se les da? El mismo fox, el mismo swing, el mismo cocktail que los ha aburrido a través de los años en Miami o Chicago. No en balde se van pensando que el alcalde de La Habana es un funcionario a las órdenes… del gobernador de Nueva York.

El prestigio de Camagüey no está, pues, en la ciudad nueva (¡tan poco moderna!) sino en la vieja ciudad, tan antigua, tan íntima y serena. Calles torcidas, plazas abandonadas, quicios eminentes, aleros y guardapolvos seculares, gentes del pueblo, en fin, lentas y grises, que parecen brotar de la misma tierra de las calles.

Parque Ignacio Agramonte

Yo no puedo ir a Camagüey sin repasarlo, como una remota lección que no quiero olvidar. Lo primero: la Plaza de San Juan de Dios, con su gran convento abandonado, donde estuvo expuesto el cuerpo inerte de Agramonte, quemado después “con la leña que dio Mujica”. Al atardecer, la plaza se llena de crepúsculo, y de entre las sombras en lucha victoriosa con los últimos lampos del día moribundo, emergen las grandes ventanotas de madera labrada, las puertas de enormes clavos, la arquitectura caprichosa de alguna exhausta y melancólica azotea. Presidiéndolo todo, como un búho, la silueta del convento, negro de tiempo, de lluvia y de polvo. Ni una voz, porque el pequeño hombre aplastado por un gran sombrero que pasa con un niño de la mano, hasta perderse por la calle de San Rafael, rumbo a las Cinco Esquinas, va en silencio, como un condenado a muerte, y las familias que viven en las casonas de la plaza están “por allá adentro”, cosiendo o planchando, o terminando de hacer la comida.

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