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Por Ernesto Montero Acuña

Sin Cuba la política global habría sufrido la ausencia de una de las mayores figuras históricas mundiales, Fidel Castro, quien durante más de cinco décadas protagonizó momentos relevantes en foros internacionales.

Su pensamiento pervive por ello como voz de los pueblos y los pobres del mundo, a favor de los cuales clamó en todas las tribunas, de forma patente durante sus cerca de 170 estancias en países de todas las regiones.

Cuando Donald Trump, presidente de Estados Unidos, amenaza con agredir militarmente a Venezuela, uno de los países simbólicos de América, y retoma caducas fórmulas contra Cuba, es imperioso evocar algunos momentos en la trayectoria internacional del líder revolucionario cubano, arquitecto indudable de la política exterior de su país y paradigma en el mundo.

Vienen a la memoria las palabras del colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, cuando auguró que de Fidel se hablará por mucho tiempo, a lo que puede agregarse que ocurrirá más cuando se recopile y sistematice la edición de pronunciamientos en los que su voz invocó siempre la justicia como principal arma.

En diversas ocasiones se pudo ser testigo de sus intervenciones, siempre cargadas de las más justas apreciaciones y las más claras advertencias, cuya mayor fundamentación la muestran la realidad global de hoy y las previsibles amenazas de mañana.

Una de las demostraciones más sencillas, modestas y equilibradas se la prodigó a este redactor al preguntarle sobre la importancia de la I Cumbre de la Asociación de Estados del Caribe en la batalla de Cuba contra el bloqueo y él responderle: Yo no diría que fue una batalla, pero sí un importante paso de avance.

En su afirmación se reflejaban tres ingredientes fundamentales: el equilibrio y mesura que prodigaba a los demás, la certeza de sus apreciaciones en el contexto de cada escenario político y la ineludible firmeza con que sostenía la confrontación ideológica con el imperialismo, como muestra en su discurso del 17 de agosto de 1995 en Puerto España.

Luego de citar el pensamiento de José Martí ‘En el fiel de América están las Antillas’, se refirió a su creencia en la idea de un Caribe unido, basado en la certeza de que juntos podremos vencer nuestras dificultades actuales.

Al respecto añadió: Para la Cuba bloqueada y para Haití y la República Dominicana, la Asociación de Estados del Caribe representa la posibilidad de inserción en la economía y en los procesos de integración regionales.

Sobre el entorno ecológico, reclamó: El mar Caribe debe ser protegido de la contaminación negligente y la sobrexplotación de sus recursos. La vulnerabilidad de nuestros ecosistemas, vitales para nuestra subsistencia económica, debe ser motivo de seria consideración en los programas económicos regionales.

No es posible esperar -prosiguió-, pues mañana podría ser demasiado tarde. Nuestras decisiones de hoy no pueden convertirse en letra muerta; han de tener un seguimiento concreto y resultar en la creación de efectivos instrumentos de trabajo conjunto.

En cuanto a los tres temas sobre los cuales trataba aquel foro, fue muy preciso:

Nuestro comercio mutuo es escaso.

El transporte en la región es inadecuado.

Como resumen: … ello se convierte en un obstáculo para el desarrollo del turismo y la integración en el Caribe.

Optimista, sin embargo, proclamó su motivo de mayor confianza: contamos con un recurso de valor excepcional: contamos con nuestros pueblos, forjadores de culturas originales, obligadas al ingenio y la creatividad por la necesaria adaptación a un medio muy frágil y variable.

He ahí, en ese recurso insustituible que son nuestros pueblos, nuestra riqueza principal y nuestra mejor carta de triunfo en la lucha por el desarrollo y por ocupar un lugar digno en el mundo del mañana.

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Fotorreportaje

Por Ernesto Montero Acuña

Fotos: Ismael Francisco-PL y Archivo.

* Con link al Comunicado de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba sobre la visita de Benedicto XVI
Por la Avenida de la Conciliación se arriba a la Plaza de San Pedro y a la monumental Basílica con su impresionante cúpula central, obra del arquitecto, escultor y pintor italiano Miguel Ángel Buonarroti.  Más allá se encuentra el pulso universal de esta Ciudad-Estado.

El espacio interior de la Basílica es el mayor para una iglesia cristiana en el mundo. Presenta 193 metros de longitud, 44,5 de altura y abarca una superficie de 2,3 hectáreas, según datos enciclopédicos. Aunque sus valores culturales trascienden las dimensiones arquitectónicas.

Figura también como la mayor obra de la cristiandad y, según especialistas, modificó radicalmente la arquitectura precedente a Miguel Ángel, quien esculpió para ella La Pietá, su obra predilecta. La Basílica atesora inapreciables valores históricos, arquitectónicos, artísticos y culturales del catolicismo y el cristianismo. 

Con posición dominante en el horizonte romano, fue iniciada sobre la antigua basílica constantiniana el 18 de abril de 1506 y concluida el 18 de noviembre de 1626, en el siete por ciento de las 44 hectáreas vaticanas. El desgaste sobre un pie de la estatua de San Pedro revela el paso cotidiano de la mano de los feligreses sobre la pulida superficie.

A la Plaza impresionante se abre la Avenida de la Conciliación, de unos 500 metros, a partir del Castel Sant’Angelo, en la ribera occidental del Tíber. Su diseño persigue que los diez millones de peregrinos que se estima concurran anualmente al Vaticano, al salir de la oscuridad citadina experimenten la súbita luz de la Plaza, como realmente ocurre.

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