Sin parecerme a Secades, tengo recuerdos.

Ahora que tanto se sueña con el globalizado  extranjero, para el campesino cubano y los citadinos de los años cincuentas y anteriores, el mundo comprendía  su terruño y el pueblito o el villorrio cercanos, con calles de tierra y polvo cotidiano.  Los más  afortunados quizás hubieran llegado alguna vez a la capital de provincia, cuando solo eran seis, y se habrían cobijado en  la casa de algún emergido de la precariedad rural.

Tampoco era fácil trascender la muy modesta vivienda provinciana, porque el mundo siempre ha tenido sus límites y la osadía también.

Las visitas a la “urbe” solían ser para consultas médicas, por dolencias inaplazables, o para solucionar, cédula mediante,  algún problema judicial. Con frecuencia por no se sabía qué derechos violados en algún conflicto de tierras, desalojo, trifulca de faldas o de madre ofendida.  Desde luego, había otros casos. Sigue leyendo