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Por Ernesto Montero Acuña*
Fotos: Yamilé Fernández

Doctores Humberto González, director, al fondo; y René Madruga, jefe de radioterapia.

La Habana (Prensa Latina) Como en toda Cuba, el quinquenio de mayores avances en el hospital oncológico María Curie, de Camagüey, será el de 2015 al 2020, tanto en los tratamientos como en las condiciones materiales y técnicas para la prestación de los servicios.
El doctor Humberto González Duarte, director del centro hospitalario que atiende las provincias de Camagüey, Ciego de Ávila y Las Tunas, afirmó a Prensa Latina (PL) que, “por lo que se ha hecho y por lo que tenemos previsto, este será el mejor período en la historia de la institución e incluso en el país”.
Con larga experiencia en la medicina, explicó que, debido al derrumbe del campo socialista europeo, el María Curie se sumió en un estado de obsolescencia técnica durante años sumamente difíciles, pero en el 2020 arribará a su aniversario 65 con una situación inimaginable antes.
Asimismo reconoció que en el 2015 el Estado otorgó el financiamiento posible y logró mantener estas instituciones en los primeros niveles del mundo, con mayor esperanza de vida y de supervivencia, al extremo de que se incursiona en los pasos iniciales de que el cáncer se maneje como una enfermedad crónica más.
El María Curie cuenta con 66 galenos provenientes de diversas especialidades —todos calificados en oncología— y posee 100 camas para ingresos hospitalarios.
Los médicos se distribuyen en las áreas quirúrgica y de urología, ginecología, cirugía esplénica, mastología, proctología, radioterapia, medicina nuclear, un grupo básico de trabajo para tumores periféricos y otros de laboratorio clínico y anatomía patológica, formados como tales en la carrera de medicina o con preparación posterior en oncología.
Médico desde 1987 y especialista en administración de salud desde 1993, González precisó que hoy la cirugía es la principal elección para el tratamiento oncológico, de modo que la aplicación de las radio y quimioterapia se convierten en complementarias.
Sobre el desarrollo del María Curie, a unos 505 kilómetros de La Habana, explicó que se acomete desde el 2015 un proceso de construcción relacionado con su necesaria ampliación, aunque también incluye la instalación de nuevos equipamientos.
Las áreas de consulta externa, que se tomaron para la instalación del tomógrafo hace cerca de dos años, junto con otros equipos, se ampliarán en el futuro próximo, ya que la institución fue siempre muy pequeña y ahora, además, aumentan los pacientes.

HITOS EN LA HISTORIA

El doctor Mario Valentín Mendoza del Pino, oncólogo con 50 años de experiencia —ocho de ellos como director del hospital—, explicó a PL que la primera piedra para su construcción se colocó el 24 de febrero de 1953, y que la inauguración se produjo, como dispensario, el 3 de diciembre de 1955, Día de la Medicina Latinoamericana.
El financiamiento, tanto para la Liga Contra el Cáncer en Camagüey en 1943, como para las obras, se obtuvo mediante recaudaciones públicas, como colectas, ferias, exhibiciones de modas y otras, e incluso, luego los médicos y estomatólogos trabajaron gratis, pues no había con qué pagarles.
Añadió que al triunfo de la Revolución en 1959, cuando la situación era ya caótica, el actual segundo secretario del comité central del Partido, José Ramón Machado Ventura, obtuvo en Camagüey un préstamo para la ampliación, mediante el cual se añadió la segunda sala, ycontó a partir de entonces con más de 80 camas.
El nombre de la científica María Curie, nacida en Polonia y naturalizada francesa, se le puso bajo la dirección de Mendoza del Pino en 1977, por ser la descubridora del radio y el polonio y haber dirigido los primeros estudios para el tratamiento de neoplasias con isótopos radiactivos.
Creó el Instituto Curie —apellido de su esposo Pierre— en París y en Varsovia, aún entre los principales centros de investigación médica en el mundo. Fue la primera mujer en recibir el Premio Nobel y también la primera persona en obtenerlo dos veces, en las especialidades de Física, 1903, y Química, 1911.
Sobre el futuro próximo, el doctor González explicó, por su parte, que está prevista la creación de un bloque con los servicios de laboratorio, microbiología, consulta externa, rehabilitación, medicina natural y tradicional, ensayo clínico y farmacia, todos con gran número de pacientes.
Aclaró que otros incluidos en el plan director son los de anatomía patológica, un sostén muy importante, porque aquí todo tiene que ser estudiado y definido histológicamente; y realizar una reparación capital, que incluye la morgue y las áreas socio administrativa y docente.
Existen grandes perspectivas por la atención institucional que recibe el hospital debido a su repercusión en las tres provincias que atiende y, en correspondencia, el Estado mantiene la asignación de equipos y medios técnicos.
También la provincia aplica la correspondiente priorización constructiva desde el 2015, precisó.
Como una de las mayores realizaciones en perspectiva, González incluyó la instalación del acelerador lineal para las radiaciones, una inversión de gran envergadura que requiere dos búnquers y muros muy especializados, en la que se han dado pasos, pero que no se podría concluir antes del 2022.
Esos equipos, los segundos más modernos en el mundo, están instalados en el Instituto de Oncología de La Habana, el hospital Hermanos Ameijeiras y el Cimex.
Añadióque existen avances en computación, pero insuficientes, por lo que se deben incrementar en el presente año con la digitalización de las historias clínicas, los turnos y en otras áreas, lo cual requiere no menos de 40 máquinas más.
Hace tres años nuestras instituciones empezaron a prestar atención a extranjeros y a cubanos residentes en el exterior, para lo cual la oficina de servicios médicos establece normas y precios muy inferiores siempre a los existentes en otros países, explicó.

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Guillén ante imagen de Ignacio Agramonte. (2)

Por Ernesto Montero Acuña

Nicolás Guillén comparó a Ignacio Agramonte con la piedra dura, la roca madre en el mineral conformado por cuarzo, feldespato y mica, como aparece en un soneto del libro Sol de domingo (1982), el último publicado en vida del Poeta Nacional, camagüeyano como el mártir de Jimaguayú.

Sobre los méritos humanos, políticos y militares de una de las más íntegras figuras de las guerras de independencia cubanas, Guillén manifestó en el centenario del nacimiento del patriota: […] “sería imposible escribir seriamente la historia de la Guerra Grande sin ubicarlo en un sitial de honor” […]. (1)

Tampoco se podría ignorar la valoración de José Martí: “Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del corazón” […]. (2)

Quien no ha dejado de ser El Mayor, a pesar de los vaivenes en la historia de Cuba, sintetizó los méritos del patriota íntegro, plenamente democrático, con la imagen del héroe romántico que expuso la vida en defensa de su elevado ideal y sacrificó su claro amor hacia la esposa y el hijo –tuvo dos: Ernesto y Herminia, nacida después de su muerte- por cumplir los requerimientos del país y de la época.

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Gillén 02

Por Ernesto Montero Acuña

Nicolás Guillén marcó un hito en la cultura nacional, más allá del negro o del blanco, con la publicación hace 85 años de Motivos de son, el 20 de abril de 1930, en la página Ideales de una raza del Diario de la Marina.

En este periódico habanero lo había acogido quien dirigía aquella sección del rotativo, el ingeniero Gustavo Urrutia, gracias a la feliz gestión del patriota mulato y luchador independentista Lino Dou, muy admirado por el joven poeta camagüeyano establecido en La Habana en 1926.

Tales son los antecedentes directos sobre el inicio de la nueva poesía que, en su inicio, tiene en el negro el protagonista central, el eje sobre el cual giran los motivos temáticos, pero sobre la base de un lamento y una esperanza, sintetizados en “Hay que tené voluntá”.

En versos que llaman de arte menor, el poeta plasma la exhortación mayor, inicialmente dedicada a los negros, como luego lo sería a todos los cubanos que sufrían la profunda preterición entonces.

Escribía el poeta: “Camina, negra, y no yore,/ be p’ayá;/ camina, y no yore/ negra,/ ben p’acá:/ camina, negra, camina,/ ¡que hay que tené boluntá!”. Muy bien podría interpretarse estos versos como la premonición de lo que tendría que sobrevenir 29 años después.

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Camilo Cienfuegos 02

Por Ernesto Montero Acuña

Cada día es bueno para recordar a Camilo Cienfuegos. En Camagüey, por ejemplo, no se olvida el Primero de Mayo en que les habló a los trabajadores. No se relega tampoco cuando contrarrestó allí la traición. Ni la tarde en que partió de la ciudad, cuando quedó sembrado en la tierra, en el aire, en el mar.
Como lo calificó Nicolás Guillén, Camilo porta un simbolismo, como su nombre, que no duerme, ni descansa en paz, como “dice la mansa/ costumbre de flores, (1) la que olvida/ que un muerto nunca descansa/ cuando es un muerto lleno de vida”.
No se olvida el Primero de Mayo de 1959 en que algún niño marchaba, admirado, junto al comandante legendario, hasta desembocar en la entrada del vetusto puente sobre el Hatibonico, para enrumbar hacia el Casino Campestre, donde el guerrillero histórico repartió sus palabras memorables.
Dijo: “Tenemos que emplear todo el tiempo en unirnos, en apoyar la Revolución, en apoyar las medidas revolucionarias que a diario está dictando nuestro Gobierno revolucionario…” A lo que añadió que aquella manifestación era para “decirle al Gobierno: apoyamos a la Revolución, apoyamos a las medidas revolucionarias que el Gobierno ha hecho para los trabajadores.”
El gran parque camagüeyano adquirió así perpetuidad, porque Camilo le aportó un valor que el vergel citadino no traía de cuando sirvió como recurso público a políticos encumbrados y, a veces, para caminatas pueblerinas que calmaran la impaciencia de los aburridos.

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Por Ernesto Montero Acuña

Ancestros
Por lo que dices, Fabio,
un arcángel tu abuelo fue con sus esclavos.
Mi abuelo, en cambio,
fue un diablo con sus amos.
El tuyo murió de un garrotazo.
Al mío, lo colgaron.
N. Guillén

Un solo verso de la Elegía camagüeyana de Nicolás Guillén sirve para reflejar a Cuba en su tránsito por el tiempo, aunque el poeta se haya inspirado más bien en su Camagüey natal, ciudad a propósito de la cual saltan aquellas cinco palabras enfáticas: “héroes no, fondo de historia”.
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Una de las estatuas ancestrales en  la Plaza de El Carmen, Camagüey, realizadas por Marta Jíménez.

 

 

 

Lo mismo podrían aplicarse a Baracoa, Bayamo, Sancti Spíritus, La Habana, Santiago de Cuba o Remedios que a Trinidad, la villa que compele a rememorar aquella frase, aunque sea más que expresión sintética. Con ella se convoca a no ignorar las raíces de todos.
El fondo de esta meditación responde a las celebraciones de los 500 años de la fundación de las villas más antiguas de Cuba, y lo inspira el verso de Guillén, no solo por Camagüey, que lo merece tanto como la que más pudiera ameritarlo, sino porque le corresponde a todas la poblaciones, incluido cualquier villorrio de Cuba.
Puede parecer que se recuerda también una gran injusticia histórica, porque aquellas fundaciones se basaron en el despojo contra los pobladores oriundos y en un crimen enorme contra uno de los componentes étnicos más significativos en la historia del país y en la cultura nacional.
Si se fuera profundamente fiel al verdadero “fondo de historia” se percibiría que a veces aparece enmascarado el triunfo del extremeño inmundo y asesino que fue Vasco Porcallo de Figueroa, como lo fueron también otros oriundos de Extremadura, como Diego Velázquez y Pánfilo de Narváez, por encima de la débil resistencia autóctona.
El Sermón del Arrepentimiento del Padre las Casas, pronunciado en Sancti Spíritus el 4 de junio de 1514, seguramente, no repara ninguna injustica ni restaña ninguna herida. Ya no era reparable respecto de los indios y nunca lo fue a posteriori en relación con los negros traídos de África, dos tercios de los cuales murieron en el trayecto.
No fueron fundaciones las que se produjeron, sino masacres, como se cometen otras en la historia de hoy, con medios más modernos y objetivos igualmente perversos, pues persiste su naturaleza esencial.
Sobre esto se puede reflexionar con los versos de Nicolás Guillén, el poeta que murió ignorando al menos uno de sus apellidos ancestrales, como ocurre ahora con todos los negros de Cuba y en todos los países donde existió aquel cautiverio que robó su apellido verdadero a tantos millones de esclavos.
Meditar sobre esto, cuando se transita por las redondas y a veces incómodas piedras de las calles trinitarias, conduce a rememorar los más de 500 años del surgimiento de la villa simbiótica, muestrario del pasado y del presente, quizás la única que ha elegido una forma flexible de conmemorar –el segundo domingo de enero- aquella fecha impuesta por las circunstancias de la Historia.

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Por Ernesto Montero Acuña

La anécdota resulta tan ejemplarmente agramontina, que esa condición, unida a las circunstancias, le otorgan la veracidad requerida para certificarle la categoría de indudable.

Camagüeyanos de antaño contaban que cierto joven caballeresco desafió a duelo a un insolente oficial español por haber pisado, como chanza de mal gusto, la cola del largo vestido que cubría a una joven criolla asistente a cierta celebración festiva, en la que parece haber sido la Sociedad Filarmónica de Santa Cecilia. Esta se había fundado el 20 de noviembre de 1864, apenas cuatro años antes de la entrada de El Camagüey en la Guerra del 68.

Con antecedentes en 1853, como Sociedad Popular de Instrucción y Recreo, la Santa Cecilia renovó su carácter en la fecha referida del 1864, a la que se unió dos días más tarde el teatro El Fénix, ubicado en el entonces Callejón de Las Mercedes, contexto urbano que hoy podría considerarse a dos cuadras cortas de donde nació Ignacio Agramonte el 23 de diciembre de 1841.

Quienes acopiaban hechos propios del anecdotario heroico, dignos de preservarse, narraban como cierto que quien luego fue El Mayor llegó a batirse con el ofensor de la joven, trance del cual salió bien librado, a pesar de haber ocurrido cuando el dominio colonial de España se encontraba en gran plenitud, aunque el independentismo cubano también era pleno.

Lo indudable es que la acción resulta propia de quien unía ética, valor y patriotismo entrelazados, diríase que no solo al modo caballeroso, sino también al caballeresco. Así que a ciento setenta y tres años de distancia, Ignacio Agramonte se sostiene, perpetuo, en la memoria, en la historia y hasta en un anecdotario que trasciende su ámbito camagüeyano.

El asunto viene muy a propósito hoy por el nacimiento del ejemplar patriota en una casona de dos plantas, frente a la iglesia de Las Mercedes y a la entonces plaza homónima, “en la esquina de las calles de Soledad y Candelaria, para decirlo con los nombres que llevaban en el siglo XIX y a comienzos de éste”, como escribió Nicolás Guillén en una crónica (1) que publicó en el periódico Hoy, el 11de mayo de 1963, a noventa años de la muerte del patriota en Jimaguayú.

Apenas una década después, Silvio Rodríguez estrenó en la camagüeyana Plaza de San Juan de Dios su canción –más bien de todos- dedicada a El Mayor, “el mártir cuyo cadáver fue quemado por los voluntarios” [en ese mismo lugar] «con la leña que dio Mujica», después de paseársele como un dramático fardo a lomo de caballo por las calles de la ciudad”. Se le sepultó luego, apenas chamuscado, en una fosa común del cementerio de la entonces Santa María del Puerto del Príncipe.

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Por Ernesto Montero Acuña

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Juan con Todo se enfrenta en el 2014 al hecho irrepetible de transitar por su cincuentenario en una de las obras de Nicolás Guillén más imposible de olvidar, al menos no sin que los cubanos parezcan parricidas.

Han sido divulgados los ochenta años de West Indies, Ltd. (1934) y, sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con los cincuenta de Tengo (1964), poemario no menos trascendente que aquel título, anterior en treinta años.

En virtud de sus valores culturales, literarios, históricos y políticos, cada uno de los poemas de Guillén merece muy alto reconocimiento en Cuba -e, incluso, más allá, por los siglos de los siglos-, a pesar de la desmemoria en que se pueda incurrir.

Mas los citados no son los únicos poemarios o acontecimientos que requieren recordación en el 2014. También se han cumplido noventa años del inicio de su sección Pisto Manchego en el periódico El Camagüeyano y los cincuenta de la aparición del primer cuaderno de sus Poemas de amor, escasamente reflejados en la crítica literaria.

Tal vez las flechas de Cupido no hayan estado tan orientadas hacia el autor de Motivos de son (1930), pero, más seguramente, esta vertiente cedió ante la magnitud del resto de su obra con acentos sociales, populares, raciales y, en fin, con los de una poesía que enriquece los valores cívicos en la literatura cubana.

Cierto refrán muy citado refiere que “recordar es volver a vivir”, algo que no parece tan cierto como se afirma, pero sí puede serlo la formulación inversa: “Volver a vivir es recordar”, aunque la reformulación no se refiera al renacer, sino a retomar algún hecho vital en un nuevo estadio temporal, algo que no se asume como factible. Pero lo es.

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Por Ernesto Montero Acuña

Si tuviera que resumir mi tránsito por el periódico Adelante diría que fue principio y fin, no porque suponga que aquí concluiré, sino porque aquí comencé a cumplir mi propósito de transitar por la profesión que elegí, tal vez desde mi infancia.

A esta publicación me acerqué por primera vez una tarde de junio del año 1970, con la esperanza de que una nota de presentación dirigida al entonces jefe de información, Aurelio Artega -o Yeyo, como se le nombraba-, tuviera su efecto y contribuyera a que lograra yo mi objetivo.

El abnegado promotor de futuros periodistas, mediante cursos masivos y gratuitos para la formación de corresponsales voluntarios, Ricardo Cardet, me recomendaba mediante un ejemplar acopio de síntesis: “Al compañero le interesa el periodismo”, decía.

Sin haberme visto jamás, había ido una noche a encontrarse conmigo, por sugerencia de un amigo mutuo, al hotel Sevilla, donde me encontraba convaleciente. Luego de las primeras palabras, me invitó a participar en uno de sus cursos. Menos de 72 horas después recibía sus clases en el Ministerio de Educación, frente al hotel Ambos Mundos, en La Habana.

¿Qué sabía yo del periodismo? Nada, excepto que leía la prensa. Pero ignoraba cómo hacerla. ¿Cuáles podrían ser mis motivaciones más remotas? Tal vez se debieran a la impresión que me causó observar, cuando era muy pequeño, a una persona mayor leer las enormes páginas del periódico El Camagüeyano en un quicio de la calle Padre Valencia, cerca de donde habitaba mi tía Mercedes.

¿Cuál otro estímulo previo podría haber existido? Quizás el interés que mostraba mi hermano José, doce años mayor que yo y con cierta formación escolar que a mí me faltaba, por la revista Bohemia, inalcanzable en el campo remoto donde vivíamos. Pero que mi padre le compraba en sus escasos viajes al pueblo de Vertientes, apenas un central entonces con un batey en frente.

Me pareció necesario referirme a los antecedentes. Pero prometo “ir ya al grano”. Yeyo me invito a su oficina en los altos del edificio en la calle Goyo Benítez, y me explicó que él, por sí solo, no podía decidir nada al respecto. Aunque me propuso retornar en la noche para que tratara el asunto con el director, Rolando Ramírez, quien estaría allí sobre las ocho.

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Por Ernesto Montero Acuña

Cuando me veo y toco

 yo, Juan sin Nada no más ayer,

y hoy Juan con Todo,

y hoy con todo,

vuelvo los ojos, miro,

me veo y toco

y me pregunto cómo ha podido ser.

                               N. Guillén, Tengo,1964.

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A la puerta de los 500 años, como quien dice a unos días de los orígenes, uno se pregunta cómo podrían rebrotar la mala hierba del olvido, la ignorancia de la historia, la enajenación.

Al releer el poema Tengo, de Nicolás Guillén, Juan sin nada no más ayer persiste en preguntarse cómo podría ser.

El 10 de julio de 1902, apenas 388 años y 158 días después de que el Teniente a Guerra Diego de Ovando fundara en Punta de Guincho, cacicazgo de Mayanabo, el antecedente de la que es hoy Camagüey, vino al mundo el autor de aquellos versos en una vivienda de la calle de San Ignacio.

“De creer a mi abuela tanto como al registro civil”, escribió en Mis queridas calles camagüeyanas, “yo vine al mundo en una casa que era accesoria de la del número 2 1/2, en la calle de San Ignacio, ahora de los Hermanos Agüero, en la muy antigua y (entonces) muy «reaccionaria» ciudad de Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey.”

¿Qué distinguía a la añeja villa? ¿Sólo la condición de muy reaccionaria “entonces”? Tal vez dependiera esto de la historia, de los procesos, de quienes entendían el progreso como el suyo nada más.

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Por Ernesto Montero Acuña

La flor de lis se reconoce en heráldica como una de las cuatro figuras más populares, junto con la cruz, el águila y el león. Pero en la provincia cubana de Camagüey fue símbolo de un importante acontecimiento periodístico-literario en la vida de Nicolás Guillén, entonces joven director, periodista y poeta con una obra significativa ya.

La revista Lis, sostenida por su editor y cercanos colaboradores entre el 10 de enero de 1923 y el mes de junio de aquel año –por lo que solo contó con dieciocho números-, alcanza su aniversario noventa en este 2013, cuando se conmemoran los 55 de su libro La paloma de vuelo popular, lanzado por la Editorial Losada el 28 de diciembre de 1958, y coincide también con los 60 del asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba y virtualmente con el triunfo de la Revolución cubana el primero de enero de 1959, compartido por Guillén.

Cuando se indaga acerca de la flor que dio nombre a la revista, se descubre que suele representársela, en heráldica, en color amarillo sobre un fondo azul, a lo que se añade que tradicionalmente se la visualiza en un campo y dispuesta de forma ordenada. Se la considera, desde la Edad Media, “emblème des rois de France”.

Más que la masculinidad, puede sugerir la belleza de la feminidad por su

configuración, la esbeltez de su figura, las sugerencias de sus líneas uniformes y su variable coloración. Motivo poético en el modernismo, se considera que uno de sus primeros usos simbólicos “parece darse en la decoración de la Puerta de Istar en Mesopotamia, construida por Nabucodonosor II” en el 575 a.n.e. y también se la relaciona con “determinados símbolos de la antigua Teotihuacán”, entre otras representaciones universalizadas.

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Prólogo a manera de epílogo

Escrito por Montero en Artículos

AbcdeCuba

Tomado de Nicolás Guillén: Al son de sus motivos, sitio inaugurado el 7 de septiembre del 2012 por el periódico Trabajadores en la Casa del Alba, La Habana, Cuba.

De Nicolás Guillén conservo recuerdos y valoraciones, algunas muy importantes, incluidas las de sí mismo. Pero lo verdaderamente significativo es que su poesía trascendió, universalizada, a la de mi consumo en la adolescencia, sin ignorar tampoco los valores de su prosa periodística y política.
A esta verdad, se une el criterio más elevado que conocí de fuente directa, sin olvidar otros muy estimables. Me refiero al de Fidel Castro en la clausura del I Congreso del Partido Comunista de Cuba, al momento de resumir, en el teatro Karl Marx, los méritos de los elegidos para el Comité Central.
Iba desgranando los actos más relevantes, hasta el instante de referirse a Nicolás Guillén, presidente de la UNEAC desde la fundación de ésta y Poeta Nacional, y halló la forma sintética de fijar su trascendencia, al precisar que había merecido la condición de miembro del Comité Central por sus versos, es decir, por su obra poética.
Se entiende que donde había tanta historia reunida, aquella valoración sintetizaba la estima en que el líder de la Revolución situaba la poesía de Guillén. Al respecto, puede añadirse la anécdota, más conocida, sobre la solicitud hecha al poeta por Fidel Castro para que leyera su poema Che Comandante, con motivo de la velada solemne con que se le rindió homenaje al guerrillero, el 18 de octubre de 1967, en la Plaza de la Revolución.
Años después, el propio Guillén me refirió el hecho, luego de terminar una extensa entrevista. Entonces me dijo lo que en aquel momento no sabíamos. Que en el instante en que Haydee Santamaría le habló acerca de escribir algo sobre el Che, ya él venía trabajando en aquel poema que todos conocemos.
No quiero omitir en estos recuerdos, hechos y situaciones que forman parte de quien hace numerosos años es realidad y leyenda en la historia literaria, no sólo de Cuba. Quizás por la imprevisible coincidencia de tener el mismo origen geográfico y parecida influencia cultural, aunque yo con años menos y él con numerosos méritos más, me fueron dadas, como compensación, las oportunas coincidencias. Es decir, las ocasiones que tuve de acercarme al poeta, yo en función periodística y él como la personalidad internacional y cultural que desde muchos años antes era.  

Esto me impulsa a brindar textos referidos al poeta, algunos relacionados con acontecimientos que tuvieron vinculación con nuestra ciudad natal. Lo hago por la significación que le atribuyo a los hechos, juicios y actitudes en los que participó él y que, por reiterados o singulares, creo que tienen la trascendencia de ampliar la visión sobre su obra, su trayectoria y sus opiniones.
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A los ciento diez años, no es inferior el reconocimiento que merece como el poeta que integra a los cubanos y a lo cubano en un todo orgánico, antes inalcanzado

 

Ernesto Montero Acuña

Cuando Nicolás Guillén cumplió los 70 años se invocaba los próximos 70 que cumpliría, como si fuera broma o tal vez como deseo de que la hiperbolización se realizara, para satisfacción de cada admirador de su obra.

Mas, a los ciento diez años, no es inferior el reconocimiento que merece como el poeta que integra a los cubanos y a lo cubano en un todo orgánico, antes inalcanzado.

Continuador de la identidad nacional y de la dimensión patriótica, es equiparable en ello a José María Heredia y a José Martí, aunque con su forma contemporánea de reflejar lo más avanzado de las ideas políticas.

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Por Nicolás Guillén 

Imágenes actuales para una magistral y añeja crónica sobre Camagüey.

Plaza de los Trabajadores

Como las mujeres, toda ciudad tiene dos caras. Una para andar por casa, y otra para salir, para pasear. La cara que se le enseña al novio, y la que después conoce el marido, en el “desorden húmedo de la mañana”, cuando se salta del lecho al laboratorio del tocador.

Hay así, el ciudadano que vive engañado por los afeites y pinturas de la ciudad amada, y el que conoce toda la verdad, sin que por ello padezca su amor. El que sólo la quiere para lucirla, y el que la quiere a pesar de verla a toda hora, y quizá por eso mismo.

No es exagerado decir, pues, que para muchos camagüeyanos, su pueblo natal, la antigua y venerable Santa María de Puerto Príncipe, está surgiendo ahora, pimpante como una jovenzuela que asoma por primera vez sus narices en sociedad. ¡Qué queréis! Son sus novios; espíritus “modernistas” que abominan de todo cuanto les recuerde el “buen tiempo viejo”, que ya pasó.

Según ellos, Camagüey empieza por donde acaba: el cemento y el adoquín. Lo otro… ¡Bah! Lo otro es paisaje; supervivencia vergonzosa, que es necesario ocultar, hasta que lo tumbe la consabida piqueta del progreso, manejada por los feroces “comités de vecinos”.

Yo recuerdo que durante una reciente y prolongada estancia mía en la “patria chica”, tuve que convertirme más de una vez en cicerone de algún viajero fugaz e instruido que, de paso por el pueblo, quería conocerle, como es natural, en sus detalles más interesantes. Si acertaba a formularme su ruego en presencia de un “novio”, de un camagüeyano modernista, éste echábase a temblar, y en lo que tenía ocasión tomábame del brazo, a fin de suplicarme con voz de anticipado reproche:

–¡Ve si lo vai’ a meter en esoj andurrialej que a vo’ o’ gutan, porque el hombre se va a figurar que to’ el pueblo e’ así!

Yo reía, naturalmente. ¡Y me iba por los andurriales! Es decir, me iba al Camagüey verdadero; llevábame al visitante a conocer lo único que puede y debe verse allí; lo que le da perfil y sello propio a la ciudad; lo que no hay en otro sitio. ¿Un tranvía? ¿Un café a la moda, en la Plaza de la Soledad o en el Parque Agramonte? ¿Una fuente melancólica y seca? ¡Pero hombre! ¡Si eso puede verse en todas partes, y mucho mejor! Es, por lo demás, algo parecido a lo que ocurre con los turistas que vienen a la capital. Están desesperados por bailar una rumba, por saber lo que es un “vacunao”, por acercarse a una fiesta ñáñiga. ¿Qué se les da? El mismo fox, el mismo swing, el mismo cocktail que los ha aburrido a través de los años en Miami o Chicago. No en balde se van pensando que el alcalde de La Habana es un funcionario a las órdenes… del gobernador de Nueva York.

El prestigio de Camagüey no está, pues, en la ciudad nueva (¡tan poco moderna!) sino en la vieja ciudad, tan antigua, tan íntima y serena. Calles torcidas, plazas abandonadas, quicios eminentes, aleros y guardapolvos seculares, gentes del pueblo, en fin, lentas y grises, que parecen brotar de la misma tierra de las calles.

Parque Ignacio Agramonte

Yo no puedo ir a Camagüey sin repasarlo, como una remota lección que no quiero olvidar. Lo primero: la Plaza de San Juan de Dios, con su gran convento abandonado, donde estuvo expuesto el cuerpo inerte de Agramonte, quemado después “con la leña que dio Mujica”. Al atardecer, la plaza se llena de crepúsculo, y de entre las sombras en lucha victoriosa con los últimos lampos del día moribundo, emergen las grandes ventanotas de madera labrada, las puertas de enormes clavos, la arquitectura caprichosa de alguna exhausta y melancólica azotea. Presidiéndolo todo, como un búho, la silueta del convento, negro de tiempo, de lluvia y de polvo. Ni una voz, porque el pequeño hombre aplastado por un gran sombrero que pasa con un niño de la mano, hasta perderse por la calle de San Rafael, rumbo a las Cinco Esquinas, va en silencio, como un condenado a muerte, y las familias que viven en las casonas de la plaza están “por allá adentro”, cosiendo o planchando, o terminando de hacer la comida.

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Por  AbcdeCuba

En declaraciones a la corresponsalía de Telesur en Cuba, el cantautor Silvio Rodríguez dijo estar muy feliz por la liberación de René Gonzalez, y también, porque la primera canción que él escuchó y cantó en libertad fuera El Mayor

Esta obra musical de su autoría fue estrenada por Silvio el 11 de mayo de 1973 en la Plaza de San  Juan de Dios, de Camagüey, con motivo de l centenario de la caídad en combate  de Ignacio Agramonte, El Mayor, contra fuerzas colonialistas españolas en los campos de Jimaguayú, al suroeste de la ciudad .

La esposa de René, Olga Salanueva, había contado a Cubadebate que esa canción de Silvio, dedicada al patriota cubano Ignacio Agramonte, la cantó el antiterrorista en el carro que lo llevó de la cárcel de Marianna (Florida) hacia el lugar donde se reuniría con su familia, después de 13 años preso.

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Por Ernesto Montero Acuña

Pensar en la nacionalización de la globalización puede parecer una paradoja, enteramente posible si en cada país se preservan valores nacionales frente a la devaluada, culturalmente, industria del “entretenimiento” y la “cultura” globales.

Sólo es preciso utilizar, a la vez, Internet en función de lo nacional y auténtico y no dejarse seducir, hacia adentro, por antivalores de la “cultura global”. Dicho así, parece fácil. Pero se torna colosal.

Hasta aquí la moraleja. Ahora viene el cuento. Para sorpresa mía descubrí, no hace tanto, que la obra de Guillén tiene una amplia presencia en Internet, aunque mayormente –si bien con algunas excepciones– la más “inocua” políticamente hablando. No hay tanto antiimperialismo como debiera. Sigue leyendo

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