Por Ernesto Montero Acuña

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Sabás, la muy reconocida Balada de los dos abuelos y El apellido ancestral son ejemplos descollantes, aunque no únicos, de una de las vertientes más reiteradas en la obra poética de Nicolás Guillén, quien practicó la promoción sistemática de la igualdad racial y social en Cuba, lastradas ambas en la historia por la conquista hispana y la esclavitud.
La lucha de clases y la independentista pasaron siempre en Cuba por erradicar el baldón arrojado sobre sus pobladores por la doble discriminación -racial y social- que representó durante casi cuatro siglos la rémora invalidante de que el negro y el blanco, pobres, disfrutaran de la existencia humanamente merecida.
Nicolás Guillén confesaba en Club Atenas: Motivos literarios (1) que, en el alcance de los valores que reflejaran aquel proceso, “Al artista le sucede entonces como a ciertos arqueólogos entregados a la devastación científica de la tierra en busca de ciudades olvidadas: que hallan a muchos metros hacia abajo las raíces frescas de cuanto está brillando arriba”.
Y añadía: “El negro, sin embargo, no quiere que se le recuerde esto, que en nada debiera molestarlo. Y es que nosotros sufrimos una incultura medular, aunque de muy distinto modo piensen los espíritus meticulosos y ordenados, que aman las cifras densas de las estadísticas”.
A estas les reconocía el reflejar cómo se incrementaba […] “el número de nuestros abogados, el de nuestros médicos, el de nuestros farmacéuticos, el de nuestros profesores de instrucción pública. Pero lo que hasta ahora no han podido decir las estadísticas es a cuánto asciende el número de nuestros co-raciales verdaderamente cultos”.
Para él, “la cultura […] representa un proceso muy complejo del espíritu. No depende tanto de la cantidad de libros que devoremos ni de los títulos que poseamos como de un afinamiento especial de la inteligencia, que permita captar ciertos módulos de belleza, determinados complejos morales, toda esa delgadísima malla que nos envuelve como una atmósfera inverosímil” […].
Se esforzaba, así, por sacudir lo que al negro le viene encima por circunstancias históricas, felizmente comenzadas a erradicar con el triunfo revolucionario de 1959, un proceso que se había iniciado en la lucha misma, también para los blancos, pues se combatía por la máxima igualdad de todos, en todos los órdenes.


En verdad, se descubre a veces que “no solo el negro pseudo culto tenía horror espectacular al pasado”, por lo cual marchaba –o prefería hacerlo- recogiendo “las migajas intelectuales” del blanco, o más bien de su cultura, también ancestral, “y aprovechando cuanto sobra del festín”, decía Guillén en su conferencia.
De ahí que Motivos de son representara para él “una simple contribución a la poesía popular en Cuba”, porque tuvo la suerte de que tal pronunciamiento lírico lo llevara muy pronto a hablar desde el periódico. Sobre lo que precisaba: “No me importa tener que repetirlo. Más que deshonrosamente negros, como se pretende por algunos, son específicamente cubanos” […].
Y remataba estupendamente: “Nuestra patria -y esto también lo dije desde La Semana- es una población negra de mayoría blanca. Aun cuando fuera posible admitir -que ni lo quiero ni lo pienso- que el negro desapareciera como entidad física de nuestro pintoresco agregado social, perduraría eternamente por su inefable contribución al folklore y a la estupenda fuerza de su espíritu”.
Lo medular era que “En los Motivos de son no pinto yo nuestros defectos, babeando de placer. No presento tampoco ciertos rasgos resaltándolos como virtudes. Me limito a fijar determinadas características […] Yo no he inventado un solo rasgo. Me he limitado a recogerlos y a expresarlos después. Si a algunos les disgusta, que recuerden el consejo del clásico: arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué.”
Así llega finalmente a lo social: “Entre la prosodia de un negro de la clase baja y la de un blanco de la misma condición no existe diferencia. Tienen, además, idéntica visión de la vida; poco más o menos los mismos problemas de orden sociológico, frente a los mismos estímulos reaccionan de la misma manera”.
Aquellas palabras pronunciadas en el habanero Club Atenas, en 1930, desembocarían en las de su Presencia en el Lyceum (2) en 1932: “Aquí todos somos algo mulatos en lo íntimo, y no está distante el día en que también lo seamos a flor de piel. Una mirada hacia atrás, nos convence de que la marcha no ha sido lenta. Aún viven hombres en cuyas espaldas está el cauce seco que dejó el látigo”.
Su conclusión era ejemplarizante: “El prejuicio contra el negro es vergonzante. Aquellos en quienes late, han de ocultarlo. Y a veces lo niegan, aunque mientan. Algún día no tendrán que negarlo, porque habrán dejado de sentirlo…”
De este modo transitaba hacia Sóngoro cosongo (1931), cuyo origen precisa buscar en los Motivos de son, publicados en 1930. “Estos pequeños poemas recogen los menudos conflictos de la masa, y cada uno trata de ser un cuadro breve, enérgico y veraz del alma negra, enraizada profundamente en el alma de Cuba”, como expresó en el Lyceum.
Al tema retornaría en 1945, durante la segunda conferencia en esta sociedad femenina, cuando diría a los circunstantes: “soy mulato, hijo de mulatos, nieto de mulatos. Uno de mis bisabuelos fue blanco, y yo, por comodidad en la composición, lo pongo siempre en mis versos como abuelo para enfrentarlo —es decir para unirlo— con un bisabuelo negro que también tuve”, (3) origen de su Balada de los dos abuelos.
Una disertación en la cual agregaba: […] “Cuba es un agregado social en que lo negro mezclado con lo blanco resulta el precipitado de cubanidad más genuino y universal: la mulatez, que va desde la piel hasta el espíritu, a través de un proceso histórico de cuatro siglos, dramático en grado sumo, y en el que han acabado por fundirse los dos núcleos humanos fundamentales en la composición social del país”.
Para completar de la siguiente manera: “Nada más falso, por eso, que el término «afrocubano» para designar cierto arte, cierta música o cierta poesía: lo cubano, así sea en el negro como en el blanco, es lo español más lo afro, el amo más el esclavo.”
Entonces retornaba a lo recóndito: “Acerca de la expresión lírica de lo social cubano, esta poesía avanza en dos direcciones: una polémica, que descubre y señala el conflicto de sangres sofocado pero latente, y otra de inconformidad económica, que reacciona contra un medio deformado por la injusticia y el privilegio. Ambas revolucionarias.”
Al retornar a la sociedad habanera hacía un apretado recuento de su obra, hasta entonces constituida por los dos títulos antes citados más West Indies, Ltd. (1934), Cantos para soldados y sones para turistas (1937); España, poema en cuatro angustias y una esperanza (1937) y en gestación El son entero (1947), lo más completo de la época.
Mas, ¿qué se observa en este transitar? Todo lo dijo Guillén: “Embriagado el poeta con el ritmo recién descubierto, [lanza sus poemas] al aire como monedas, por el placer de verlos brillar heridos por el sol. Sólo cuando creciera en altura interior, sólo cuando su cuerpo chocara ásperamente con la vida, sólo cuando sufriera y llorara, y viera sufrir y llorar alrededor suyo, podría echarse mar afuera en su bajel” […].
De modo que “La ocasión vino tres años después, en 1934, con la aparición de West Indies, Ltd., que ya expresa brutalmente el conflicto entre el poeta y el medio en que trabaja y vive. El poema que da nombre al volumen es una larga sátira que nada perdona:
“¡West Indies! Nueces de coco, tabaco y aguardiente./ Éste es un oscuro pueblo sonriente,/ conservador y liberal,/ ganadero y azucarero,/ donde a veces corre mucho dinero,/ pero donde siempre se vive muy mal.”
Alcanza así plenitud su obra que, a partir de entonces, se desarrollaría entre lo elegíaco de El apellido y lo conquistado en Tengo, para él síntesis de cuanto habían luchado por lograr numerosas generaciones de cubanos, incluidos aquellos ancestros que, en cifras millonarias, fueron desarraigados y traídos a una tierra que no era la suya y sometidos a una cultura ajena en absoluto.
Guillén logra la síntesis, sin embargo, y los que eran históricamente dos, comienzan a ser uno, como él mismo explicaba: “Cuando se hurga en la poesía popular anónima vemos que sus primeras señales de vida ofrecen un vigor, una pureza fehaciente de su legítimo nacimiento: comienza por el canto, punto de arrancada de lo poético. Y es en ese concierto de voces primitivas donde resuena ya la clara voz del negro, adherido a la tierra por el trabajo y por el sufrimiento, y cuyo mensaje representa un enérgico caudal de atormentada sensibilidad.”
Como expresó en su segunda charla en el Lyceum-Lawn Tennis: “Nada hay en este bajo mundo -ni aun la poesía- que esté libre de las circunstancias en que se produce. ¿Es que acaso un poeta «puro» deja de reflejar en su obra (que él cree evadida y lejana) la formación de su naturaleza […] ¿Cómo sostener que es la del poeta una órbita libre, incontaminada, y que su destino supera el de los demás hombres que pisan la tierra?”
Parecería verdad de Perogrullo asegurar que lo más difícil era lograr la síntesis conseguida por Nicolás Guillén para reflejar el tránsito cubano desde la primera década de la conquista hispana, cuando se introdujeron los primeros negros africanos, hasta 1886, cuando se abolió legalmente en Cuba la esclavitud, hace 130 años, aunque el lastre sea muy perdurable, como consecuencia de las sociedades divididas en clases, en el mundo.
La que no es verdad de Perogrullo.

(1) Nicolás Guillén: Motivos literarios, palabras en el Club Atenas de La Habana, domingo 24 de agosto de 1930, digital.
(2) Nicolás Guillén: Presencia en el Lyceum, conferencia en esa sociedad femenina, de La Habana, el 20 de febrero de 1932 y publicada en Cuba: En el ala de nuestro tiempo, ed. Letras Cubanas, 1995, p. 18.
(3) Nicolás Guillén: Charla en el Lyceum, en noviembre de 1945, aparecida en Cuba: En el ala de nuestro tiempo, ed. Letras Cubanas, 1995, pp. 83-105.