Guillén ante imagen de Ignacio Agramonte. (2)

Por Ernesto Montero Acuña

Nicolás Guillén comparó a Ignacio Agramonte con la piedra dura, la roca madre en el mineral conformado por cuarzo, feldespato y mica, como aparece en un soneto del libro Sol de domingo (1982), el último publicado en vida del Poeta Nacional, camagüeyano como el mártir de Jimaguayú.

Sobre los méritos humanos, políticos y militares de una de las más íntegras figuras de las guerras de independencia cubanas, Guillén manifestó en el centenario del nacimiento del patriota: […] “sería imposible escribir seriamente la historia de la Guerra Grande sin ubicarlo en un sitial de honor” […]. (1)

Tampoco se podría ignorar la valoración de José Martí: “Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del corazón” […]. (2)

Quien no ha dejado de ser El Mayor, a pesar de los vaivenes en la historia de Cuba, sintetizó los méritos del patriota íntegro, plenamente democrático, con la imagen del héroe romántico que expuso la vida en defensa de su elevado ideal y sacrificó su claro amor hacia la esposa y el hijo –tuvo dos: Ernesto y Herminia, nacida después de su muerte- por cumplir los requerimientos del país y de la época.

Quizás en este momento no fuera preciso insistir, como se ha hecho en demasía y con desaciertos, sobre las diferencias de criterios entre él y Carlos Manuel de Céspedes. Pero aquella circunstancia en vez de disminuirlos, los eleva, al extremo de que llegaron a zanjar sus disparidades en virtud de la obra mayor. Dos citas breves de Guillén ilustran acerca de los porqués:

“Céspedes representa el espíritu centralizador, que busca un gobierno unitario, regido por una sola mano, la de él. Pensaba el Mártir de San Lorenzo que en momentos como aquéllos era indispensable la autoridad del mando personal, a fin de que la Revolución pudiera moverse con rapidez.” (3)

Esta es la primera, no desdeñable en ningún sentido. Pero tampoco lo es la segunda:

“Agramonte, por lo contrario, es un fanático de la descentralización gubernativa. Ama profundamente los principios más avanzados de la Revolución Francesa, cuyos ideólogos son sus ídolos. Liberal sin medias tintas, busca desde que se lanza al campo insurrecto un sitio preeminente para el pueblo, para la masa” […]. (4)

De quien sería El Mayor es la frase conminatoria pronunciada el 26 de noviembre de 1868 en la reunión del paradero de Las Minas: “Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por la fuerza de las armas.” (5)

Debido a sus discrepancias con Céspedes acerca de cómo conducir la guerra renunció a la jefatura militar de Puerto Príncipe (Camagüey) en abril de 1870, mas, aun sin mando, participó en los combates de Ingenio Grande, Jimirú, Socorro… y mantuvo su grado militar de Mayor General, tempranamente adquirido.

Meses después, a inicios de 1871, el Padre de la Patria le ofreció nuevamente aquel mando militar, y Agramonte lo reasumió sin dilación el 17 de enero, en circunstancias críticas para los insurrectos, una situación que el mayor estratega de la caballería cubana, organizada como guerrilla, logró remontar en muy escaso tiempo.

Mas, aquel innegable ídolo en la Guerra de 1868-1878 cayó el 11 de mayo de 1873 en los potreros de Jimaguayú, al suroeste de la actual ciudad de Camagüey, en circunstancias aún confusas. Se le exhibió en la iglesia de San Juan de Dios y luego se le quemó y se depositaron o esparcieron –más lo segundo que lo primero- sus cenizas en el actual cementerio camagüeyano.

Así, aquel Poder Ejecutivo que estableció la Constitución, calificado como muy poco fuerte y con estructura gubernamental considerada extremadamente utópica para las condiciones de la guerra, propició circunstancias para que la Cámara limitara los poderes de Céspedes y posteriormente lo destituyera, entre otros eventos desafortunados a la luz de la Historia.

Pero no es dudable que ambos inmaculados próceres, coherentes, marchaban hacia posiciones en extremo más coincidentes y necesarias, de modo que el Presidente había extendido a Las Villas la jurisdicción militar de El Mayor y se asegura, no sin fundamento, que estaba en camino de designarlo Generalísimo del Ejército Libertador, precisamente cuando el camagüeyano cayó en Jimaguayú.

No debe olvidarse nunca, en cuanto a Agramonte, su severa admonición contra quien se refirió negativamente a Céspedes: “Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de La República.” Con ello anteponía el honor, en respaldo de la máxima autoridad, con la suya.

Como luego con la caída de José Martí y de Antonio Maceo en la Guerra de 1895, las muertes de Agramonte y de Céspedes tal vez hayan prolongado en demasía el infortunio de Cuba en aquellas dos contiendas y durante la república colonizada, porque habrían sido otras las posibilidades estratégicas del país, ciudadanas y políticas, frente a las potencias imperiales.

Mas, el alumbramiento ocurrido aquel 23 de diciembre de 1841, justo a un costado de la iglesia de Las Mercedes, tuvo que ser un día muy feliz en la mansión señorial de Soledad entre Candelaria y Mayor, hoy Ignacio Agramonte entre Independencia y Cisneros, vistosa vivienda del Regidor Ignacio Agramonte Sánchez, abogado, y de María Filomena Loynaz y Caballero, los padres de quien a los 32 años se tornó imperecedero.

Como escribió Guillén en su soneto: “Se alza Agramonte de granito puro,/ oh llanura materna, tierra mía,/ ancho cuero de toro, seco y duro:// Alto sobre su tensa geografía/ un monte se alza de granito puro,/ que es un ojo sin sueño, tierra mía”. (6) Ese ojo precursor del que en Jimaguayú se eternizó como El Mayor, en ejemplar sinonimia, supo ver en aquel presente como debía ser la Patria del futuro.

(1) Nicolás Guillén: El centenario de Agramonte, Hoy, 20-XII-1941. Prosa de prisa, tomo I, ed. Unión, La Habana, 2002, digital.

(2) José Martí: Céspedes y Agramonte, Letras fieras, ed. Letras Cubanas, La Habana, 1981, p. 50.

(3) Nicolás Guillén: Op. cit.

(4) Nicolás Guillén: Op. cit.

(5) Ignacio Agramonte: Palabras pronunciadas en oposición a la actitud conciliadora de Napoleón Arango y otros con España.

(6) Nicolás Guillén: Agramonte, Sol de domingo, Obra poética, ed. Letras Cubanas, La Habana, 2011, p. 392.

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