Por Ernesto Montero Acuña

…lo ocurrido en la zona del Canal es un terrible ejemplo —uno más— para los pueblos de nuestro continente…

Nicolás Guillén

Panamá invasionr1

No será fácil para los estudiantes de Historia, en los años venideros, comprender lo acontecido durante los siglos XIX, XX y XXI en las relaciones de Estados Unidos con las naciones de Latinoamérica y el Caribe, entre cuyos actos se encuentra la acción militar codificada como Causa justa, mediante la cual la Unión Americana invadió a Panamá al costo de varios miles de vidas de sus pobladores, en 1989.
Antes había ocurrido otra agresión, en 1964: “Mientras los yanquis están armando la de Dios es Cristo por quítame allá esas guaguas, he aquí que sus bárbaras tropas desembarcan en Panamá y ametrallan a la población indefensa. Resultado: veinte muertos y trescientos heridos” (1), como denunció el poeta Nicolás Guillén en el periódico Hoy, el 11 de enero, veinticinco años antes de que aconteciera Causa Justa. Ambas han sido agresiones militares de gran envergadura, contra panameños indefensos.
Una amplificada información sobre la falsa agresión panameña a un marine del Norte fue el preludio de lo que acontecería en la Operation Just Cause Rangers, en 1989, muy difundida a través de cadenas de televisión estadounidenses para crear una cortina de humo de cuya falsedad cualquier conocedor de tales prácticas, con respecto a los pueblos latinoamericanos y caribeños, hubiera podido darse cuenta.
En fin, la noticia de que un oficial de Estados Unidos y su novia habían sido víctimas de fuerzas panameñas justificaba que el presidente George H. W. Bush diera la orden, la noche del 19 al 20 de diciembre de 1989, de que 26 mil soldados, con toda su capacidad en medios militares, la emprendieran contra el país istmeño y provocaran la muerte de hasta tres mil 500 civiles, según estadísticas internacionales, que podrían ser insuficientes.
Fuentes estadounidenses, por su parte, han mentido aduciendo datos inferiores, tal vez por suponer que la diferencia se debe a la disparidad en la forma de contabilizar las víctimas, aunque estaría muy bien que alguien, perspicaz, se preguntara si el pretexto de un marine agredido debía costar tantas vidas no involucradas en ningún acto violatorio de principio alguno que motivara la saña homicida de la fuerza imperial.
Panamá invasion41  Se detuvo al General Manuel Antonio Noriega, que años antes no había sido ajeno ni enemigo de Estados Unidos, y lo exhibieron conducido por estadounidenses con brazaletes de la Agencia Antidrogas de aquel país, como para que los inocentes estudiantes de Historia que existan dentro de algunos siglos –o tal vez milenios- se encuentren en la confusa situación de interpretar cómo una nación de dos millones 434 mil 964 habitantes entonces, la mitad mujeres, podría provocar la Cólera –es decir: la Causa- injusta de una potencia con 246 millones 819 mil pobladores.

Si bien el ajuste de cuentas tenía como justificación al General Noriega, que en algún sentido se apoyaba en sectores populares y militares luego de haber sido formado en Estados Unidos, lo cierto es que aquella guerra fue emprendida contra El Chorrillo, el barrio donde se concentraba la población más pobre de la capital, que era la que con mayor fuerza reclamaba justicia y satisfacción para sus carencias. Mas, con la invasión, se aupó a los aliados internos del imperio y se pretendió destruir y someter a quienes defendían sus bienes y algo que debiera ser muy reconocido, la soberanía, en el caso de cualquier nación.
No obstante, existen fuentes que, por ejemplo, han publicado: “Se conoce como Invasión de Panamá al operativo militar realizado por el ejército de los Estados Unidos de América el miércoles 20 de diciembre de 1989 con el propósito de capturar al general Manuel Antonio Noriega, Gobernante de facto de Panamá, quien era requerido por la justicia estadounidense acusado del delito de narcotráfico, así como neutralizar las Fuerzas de Defensa de Panamá, milicia bajo las órdenes de Noriega.”
Hoy se procede igual contra todos los gobernantes latinoamericanos, caribeños y del mundo que les resultan adversos a las prácticas imperiales por el hecho de representar la independencia de sus pueblos y la preservación de las riquezas, naturales, económicas y financieras de sus países, para que sirvan en justa medida a los sectores más carentes de sus sociedades, en un mundo en el cual lo que se expande es la desigualdad creciente en vez de la justicia y el desarrollo necesarios.
Sobre aquella invasión suelen difundirse en los medios numerosos detalles que, en vez de aclarar, tornan más incomprensible entre los jóvenes la invasión contra el pequeño país del istmo, sin capacidad militar alguna para hacer frente a un operativo de tal magnitud. Desde luego, con lo que aquí se escribe no se defiende a Noriega. Se ataca el crimen. Como han ocurrido y ocurren otros. Es en este punto donde se debe recordar la denuncia de Nicolás Guillén acerca de los asesinatos cometidos en la Zona del Canal, veinticinco años antes.

Panamá tiene una superficie de 76 906 kilómetros cuadrados (un poco más del doble de la provincia de Oriente) (2) y su población es de 1 200 000 habitantes. En cambio los Estados Unidos tienen una superficie de 9 369 391 kilómetros cuadrados, con 162 000 000 de habitantes. ¿No es una vergüenza? ¿No es un abuso? ¿No es realmente un crimen?
La zona del Canal, en que así se ha derramado sangre hermana de la nuestra, es suelo panameño y, sin embargo, hállase bajo el control del ejército y las autoridades norteamericanas. Algo semejante, por cierto, a lo que ocurre en la base naval de Caimanera, donde no pasa día sin que las tropas cubanas sean provocadas por las que se hallan de guarnición en ese pedazo de patria todavía en manos extranjeras.
Los yanquis, que cuidan con tanto celo la integridad de su territorio y el honor de su bandera, ¿qué podrán aducir que sea no ya justo, sino verosímil y lógico para explicar la intromisión armada en un país que sobre ser débil tiene derecho como el más fuerte a ser libre?
Resultaría interesante e instructivo oír y ver la reacción norteamericana si las cosas ocurrieran al revés y un contingente de tropas panameñas desembarcara a sangre y fuego en el suelo de la Unión. ¡Qué editoriales encendidos los del New York Times! ¡Qué discursos los de tipos como Goldwater y Wallace! Lo cierto es que tendrían razón para defenderse y rechazar un ataque panameño, cosa que no les costaría trabajo alguno a causa de la enorme desproporción entre las dos repúblicas en cuanto a poderío ofensivo y defensivo. ¿Pero tendrían moral para hacerlo? Sería inadmisible que los Estados Unidos se entremetieran en los asuntos de otro país, como hacen por todas partes, y en cambio se negaran a que otro país se entremetiera en los asuntos de ellos.
A nuestro modo de ver las cosas, la solución consiste en que cada cual caliente en su casa su propio ajiaco, sin llevar cuenta de si se le quema la olla al vecino. Esto no excluye la simpatía recíproca, el intercambio de experiencias, la ayuda mutua, las visitas en son de amistad, la coexistencia, en fin, que es símbolo del progreso humano, aunque Washington (la capital, no el general) sea de distinto aviso.
A todo lo anterior habrá que añadir, como cuando se le cuentan los antecedentes penales al acusado de un nuevo crimen, que junto con asaltar y ametrallar pueblos desapercibidos, aquel país mantiene en lo interno un régimen odioso de persecución racista, de que son víctimas los negros, nacidos, criados y residentes en territorio norteamericano, al cual consideran legítimamente su patria.
Trátase de un hecho tan conocido como vigente, en el que insistimos sólo para preguntar al mundo civilizado si los Estados Unidos, lejos de contar con la necesaria capacidad para ejercer el liderazgo universal a que aspiran, no constituyen un peligro para la paz mundial, un obstáculo para el desarrollo y seguridad de los pueblos de América y un yugo ominoso para veinte millones de seres humanos cuyo delito consiste en no haber nacido con la piel blanca.
Por lo demás, lo ocurrido en la zona del Canal es un terrible ejemplo —uno más— para los pueblos de nuestro continente, que tienen ocasión de ver con sus propios ojos y sin que nadie vaya a contárselo, lo que es el imperialismo en una de sus más brutales y características manifestaciones. El enemigo está ahí, al norte de nuestras cabezas. Mirémoslo bien y no bajemos la guardia, porque el zarpazo de que ha hecho víctima a Panamá pudiera repetirse en otros sitios, y debemos hallarnos prestos para rechazarlo.

Así concluía el poeta su rechazo del crimen cometido en la Zona del Canal, que luego dignificó Omar Torrijos con los Tratados Canaleros (2) suscritos en 1977 con el presidente estadounidense Jimmy Carter, finalmente una excepción en aquellas prácticas y, en todo caso, comprometido con la verdadera Causa justa, que consiste en respetar la independencia y la soberanía de los pueblos, sean grandes o pequeños.
Más persiste la interrogante de Guillén: […] “¿qué podrán aducir que sea no ya justo, sino verosímil y lógico para explicar la intromisión armada en un país que sobre ser débil tiene derecho como el más fuerte a ser libre?”.
Inquietud válida -no se sabe hasta cuándo- para toda América Latina, mientras que el imperio, como tal, no haya fenecido.
La guerra contra El Chorrillo fue también contra América Latina y el Caribe, la región del Panamá invasion2-1030x655mundo que por más razones debe recordar la célebre frase de Cicerón: “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.”
O como aseveró Salvador Allende con diáfana precisión: “Los hombres y pueblos sin memoria, de nada sirven; ya que ellos no saben rendir culto a los hechos del pasado que tienen trascendencia y significación; por esto son incapaces de combatir y crear nada grande para el futuro.”
Esto es válido para todos, con la diferencia de que los imperios sucumben por dentro de sí mismos.

 

(1) Nicolás Guillén: Panamá, Hoy, 11-I-1964, en Prosa de prisa, ed. Unión, La Habana, 2002, pp. 189-190.

(2) Se refiere al territorio que ocupan las actuales cinco provincias orientales de Cuba.

(3) Se les conoce como Tratados del Canal de Panamá o Tratados Torrijos-Carter, por los cuales Estados Unidos aceptó y aplicó posteriormente la devolución del enclave.