Por Ernesto Montero Acuña

La anécdota resulta tan ejemplarmente agramontina, que esa condición, unida a las circunstancias, le otorgan la veracidad requerida para certificarle la categoría de indudable.

Camagüeyanos de antaño contaban que cierto joven caballeresco desafió a duelo a un insolente oficial español por haber pisado, como chanza de mal gusto, la cola del largo vestido que cubría a una joven criolla asistente a cierta celebración festiva, en la que parece haber sido la Sociedad Filarmónica de Santa Cecilia. Esta se había fundado el 20 de noviembre de 1864, apenas cuatro años antes de la entrada de El Camagüey en la Guerra del 68.

Con antecedentes en 1853, como Sociedad Popular de Instrucción y Recreo, la Santa Cecilia renovó su carácter en la fecha referida del 1864, a la que se unió dos días más tarde el teatro El Fénix, ubicado en el entonces Callejón de Las Mercedes, contexto urbano que hoy podría considerarse a dos cuadras cortas de donde nació Ignacio Agramonte el 23 de diciembre de 1841.

Quienes acopiaban hechos propios del anecdotario heroico, dignos de preservarse, narraban como cierto que quien luego fue El Mayor llegó a batirse con el ofensor de la joven, trance del cual salió bien librado, a pesar de haber ocurrido cuando el dominio colonial de España se encontraba en gran plenitud, aunque el independentismo cubano también era pleno.

Lo indudable es que la acción resulta propia de quien unía ética, valor y patriotismo entrelazados, diríase que no solo al modo caballeroso, sino también al caballeresco. Así que a ciento setenta y tres años de distancia, Ignacio Agramonte se sostiene, perpetuo, en la memoria, en la historia y hasta en un anecdotario que trasciende su ámbito camagüeyano.

El asunto viene muy a propósito hoy por el nacimiento del ejemplar patriota en una casona de dos plantas, frente a la iglesia de Las Mercedes y a la entonces plaza homónima, “en la esquina de las calles de Soledad y Candelaria, para decirlo con los nombres que llevaban en el siglo XIX y a comienzos de éste”, como escribió Nicolás Guillén en una crónica (1) que publicó en el periódico Hoy, el 11de mayo de 1963, a noventa años de la muerte del patriota en Jimaguayú.

Apenas una década después, Silvio Rodríguez estrenó en la camagüeyana Plaza de San Juan de Dios su canción –más bien de todos- dedicada a El Mayor, “el mártir cuyo cadáver fue quemado por los voluntarios” [en ese mismo lugar] «con la leña que dio Mujica», después de paseársele como un dramático fardo a lomo de caballo por las calles de la ciudad”. Se le sepultó luego, apenas chamuscado, en una fosa común del cementerio de la entonces Santa María del Puerto del Príncipe.

Hace apenas cincuenta y un años, el Poeta Nacional de Cuba practicaba una crítica evaluación acerca de cómo se recordaba a quien abandonó muy joven su destacada condición de abogado exitoso para asumir los avatares propios de la guerra. Escribía Guillén:

“Sin embargo, el ejercicio de su profesión no duró mucho tiempo, y bien pronto viose envuelto en el torbellino de la Guerra de los Diez Años, iniciada por Céspedes en Yara y seguida luego por los camagüeyanos. En ella murió cinco años más tarde, cuando era ya uno de los jefes más distinguidos de aquella contienda y había dado repetidas demostraciones de valor, preparación militar, sentido de organización y elevada concepción democrática.

“Con todo, creo que el pueblo de Cuba conoce mal a Ignacio Agramonte. Quitémosle la inteligente veneración de Camagüey, su patria chica, y el mártir de Jimaguayú se quedará en ese respeto silencioso que tanto se parece al olvido. ¿Por qué? No es el momento de buscar razones que acaso estén muy lejos. Al fin y al cabo, la historia está hecha por los hombres. Un poco de luz o un poco de sombra hábilmente dispuestos por quien maneja el reflector da para muchos años una perspectiva más o menos cargada de gloria, o si se quiere de fama, que no es lo mismo. Ocurre como con las exposiciones: a veces la mala colocación de un cuadro frustra el primer premio, sin que ello quiera decir que la buena haya de darlo.”

Muy justo es el alegato del poeta, sobre todo cuando apenas habían transcurrido cinco años del triunfo revolucionario del Primero de Enero y aún no se había producido el ejemplar panegírico de Fidel Castro pronunciado en la misma Plaza de San Juan de Dios donde Silvio canto El Mayor, en virtud de todo lo cual el pueblo cubano pudo percibir que, con tamaña justicia, se reparaba un daño contra la Patria.

Equiparaba Fidel lo que había que hacer entonces a lo practicado por la caballería camagüeyana en el rescate de Manuel Sanguily, integrada por apenas treinta hombres en aquella acción y encabezada por Ignacio Agramonte. Mas el hecho no fluye ahora hacia la memoria por la efeméride oportuna del 23 de diciembre, sino porque Ramón Labañino, uno de los Cinco Héroes, comparó la recuperación de él y sus compañeros, para el pueblo de Cuba, con aquel acto heroico del hombre que sin haber cumplido los 32 años cayó en Jimaguayú.

Con ejemplar justeza escribía Guillén en su crónica: […] “si grande fue Agramonte como jefe militar (un jefe que tuvo que improvisarse sobre el campo de batalla), mayor estatura alcanzó en su voluntariosa gestión de acercar al pueblo la revolución patricia de Yara. Éste es su mérito en verdad extraordinario, el que lo levanta sobre muchos de sus ilustres contemporáneos.”

Al abandonar su celda de prisionero en Estados Unidos, René González lo hizo entonando El Mayor, esa canción de Silvio que luego se cantó multitudinariamente en el recital dedicado por el poeta a los Cinco Héroes, un hecho con el cual los cubanos ratifican que, a un siglo de distancia, avanza, en nuestra canción, El Mayor con su herida, el mismo que había defendido a una joven criolla como si hubiera sido la Patria toda.

Como lo era.

(1) Nicolás Guillén: Agramonte, periódico Hoy, 11-V-1963, esta y todas las citas de A siglos de distancia, El Mayor

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