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Por Ernesto Montero Acuña

  
Nicolás Guillén y Gabriel García Márquez reclamaron, cada uno en su momento, la descomercialización de una festividad cuyo componente familiar es creciente, con base histórica en el cristianismo, a pesar de la metamorfosis ecléctica que sufre hoy en países del Trópico.

Los días de Nochebuena, previos a la Natividad, estimulan este año en Cuba la intensificación de las celebraciones y, también, inducen a escribir sobre aquella, en un acto de creación que se ha relacionado frecuentemente con el parto.

“Escribir es parir”, solía confesar un viejo profesor de periodismo, con toda razón, aunque el alumbramiento fuera sin dolor. Se pretende, desde luego, cumplir el precepto de “amarás al prójimo como a ti mismo”, y para ello vendrá a socorrernos Nicolás Guillén.

En su crónica Pascuas otra vez… (1), describía el poeta los días finales de 1964: “No es frío diciembre en Cuba, aunque el aire sea más delgado que en el resto del año”. Aunque podía ser más robusto o más endeble el disfrute, según la posibilidad humana de acceso a la Navidad, algo que también reflejó en su poema Nochebuena (2).

Mas, las celebraciones vienen este año en Cuba, en cambio, con pisadas superiores a las de siete leguas y ascienden en una escala tan alta como era aciaga la incertidumbre hace 55 años, por estos mismos días.

Se perciben las festividades, hoy, como impulsadas por estímulos nuevos, aunque con arraigo antiguo, porque a la familia nacional se reintegran quienes faltaban en ella.

Transcurrirán siglos durante los que se recuerde el año del regreso de los Cinco (3) a casa, con el estímulo adicional para Gerardo Hernández de la hija que añadirá una luminosidad mayor a la que ya portaba.


Por ahí viene lo del alumbramiento.

¿Cuántas madres cubanas se lamentaban ante la posibilidad de que Adriana y Gerardo no pudieran tener descendencia debido a las dos cadenas perpetuas más quince años que experimentaba él y a la muy inhuma imposibilidad que sufría ella de poder compartir, aunque fuera solo alguna vez, un amor entre rejas que liberara en Gerardo una nueva vida?

En fin, los acontecimientos en los últimos días del 2014 tornan más frágiles hasta a las rocas menos quebradizas. No es extraño entonces que el corazón, tan sensible, se conmueva. De ahí el auxilio que nos brinda Nicolás Guillén, mediante su poema Nochebuena y su ya citada crónica.

Decía el poeta en Pascuas otra vez…: “Los copos de nieve de la navidad sólo brillan en los escaparates y vitrinas de las tiendas, en un invierno de algodón… El clima suave, dulce, quizás un poco fresco a veces, rechaza abrigos, bufandas, calzoncillos largos y demás envoltorios que afligen por esta época a las gentes de países nórdicos.”

He aquí una diferencia irrefutable con aquellos lares, aunque debe aplaudirse que cada pueblo le imprima su sello a la celebración, no para comerciarla, sino para compartirla entre congéneres convocados a ser solidarios, en un universo mejor compartido.

El poeta también recordaba la celebración de estas festividades en su Camagüey natal, a inicios del siglo XX. ¡Qué asombro! Más de cien años transcurridos.

[…] “el avituallamiento de los lugares comenzaba temprano en el mes, para cuando llegara el 24. Puerco, que se serviría entero, asado y dorado, en la noche de la Navidad; frijoles, indispensablemente negros, para mezclarlos con el arroz, indispensablemente blanco, el turrón de Jijona, el de Mazapán, el de Alicante, el membrillo, el de yema de huevo…”

A lo que añadía una caracterización cáustica: “Todos españoles, es decir, de Ultramar, como se decía. El dinero tampoco era cubano. Teníamos una bandera, un himno, un escudo, naturalmente. Pero carecíamos de una moneda nacional.”

Era como la celebración de la amargura, como festejar la infelicidad; y en el fondo, tal vez refugiarse en el trauma del choteo. Para muchos, además, faltaban aquellas monedas, imprescindibles en virtud de adquirir el “avituallamiento”, siempre necesario. Luego vendrían el Año Nuevo del Calendario Gregoriano (4) y la Epifanía del 6 de enero, que se metamorfosean o, más bien, se atrofian en el Trópico.

Guillén recordaba, justificadamente irónico, que “Con el producto de una colecta entre sus amistades, la señora X había organizado, confirmando una vez más la blandura de su corazón, un reparto de juguetes a los niños pobres, para el día de los santos reyes, o de Santa Claus (Clos, pronunciación inglesa) como las altas damas preferían decir”.

Describía también el poeta el ambiente festivo de hace cincuenta años, es decir, cuando ya habían transcurrido sesenta y dos desde la primera frustración, el 20 de mayo de 1902.

Contaba cómo veía “ese flujo humano, esa inmensa ola de habaneros preparándose para la poética ficción del cambio de año”, y pensaba “en los que habiendo nacido aquí, prefieren morir en tierra extraña […] Nosotros tenemos por delante el futuro de una revolución triunfante cada día. Lo nuevo no será un año, que es bien poco. Lo nuevo es toda una época, toda una edad…”

Una edad distinta a la de aquel poema suyo, que tituló Nochebuena: “El vasto templo está lleno, / en los altares se canta/ la aparición de la santa/ figura del Nazareno.” [Mientras que] “Vibra el bronce musical/ del templo en el portal/ desamparado y sombrío,// se apiñan, en negro enjambre,/ niños que mueren de hambre,/ viejos que mueren de frío…” (5)

Muy irónico resultaba también Gabriel García Márquez (6) acerca de los contrastes en festividades que se globalizan: “Lo más grave de todo”, escribía, “es el desastre cultural que estas navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando solo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigio de imaginación familiar. El Niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la Virgen, y nadie se fijaba en anacronismos […]”.

Contaba cómo habían sobrevenido desastrosos desarraigos, y ya los juguetes no los traían los Reyes Magos –para quienes los tuvieran, digo yo-, ni tampoco más tarde el Niño Dios, y finalmente se perdió la inocencia al saber que “tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París”, mutaciones a las que se sucedieron transformaciones atroces.

“Todo aquello cambió en los últimos 30 años”, criticaba, “mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El Niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado.”

Añadía que “Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen San Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina.”

Así que la intención parece clara. Sea feliz cada pueblo con su Navidad propia, para celebrarla con sus héroes. En Cuba el pueblo ya los tiene libres y renovados, para que nunca se retorne a las dos monedas extranjeras que contaba Guillén, si se menoscabe la condición propia.

Un dato curioso es que “en Belén, ciudad de nacimiento de Jesucristo según los Evangelios canónicos, la Navidad se celebra dos veces, pues la Basílica de la Natividad es administrada conjuntamente por la Iglesia católica, que celebra la Navidad el 25 de diciembre, y la Iglesia ortodoxa de Jerusalén que la celebra el 6 de enero.” (7)

Con barbas diferentes a las de Santa Claus, Cuba celebra una Nochebuena que es también Nochenueva, sostiene su Primero de Enero histórico y festeja a los Cinco Héroes retornados.

(1) Nicolás Guillén: Pascuas otra vez…, periódico Hoy, 24-XII-1964. Prosa de prisa, tomo IV, Ediciones Unión, 2007, pp. 254-257.

(2) Nicolás Guillén: Nochebuena, Obra poética, tomo II, ed. Letras Cubanas, 2011, pp. 447-449.

(3) Los Cinco: Gerardo Hernández, Antonio Guerrero y Ramón Labañino, retornados a Cuba el 17 de diciembre, donde ya se encontraban René y Fernando González. Todos cumplían prisión en Estados Unidos por sus acciones antiterroristas.

(4) Calendario Gregoriano: Ordenado en 1582 por el Papa Gregorio XIII a Luis Lilio y al jesuita alemán Christopher Clavius, quienes perfeccionaron el Juliano –debido a Julio César en el año 45 a.n.e-, y es el más utilizado.

(5) Nicolás Guillén: Ídem, p. 449.

(6) Gabriel García Márquez: Estas navidades siniestras, El Espectador, Bogotá, 21 de diciembre de 1980.

(7) Wikipedia: Navidad.

Más en…

http://espacios.trabajadores.cu/nicolasguillen/2014/12/nochenueva/