Según Guillén y Matamoros…

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Por Ernesto Montero Acuña

A pesar de ser una de las mujeres más nombradas en Cuba, al menos desde el primer cuarto del siglo XX, nadie ha podido satisfacer la viva curiosidad que despierta aquella que, si bien ignota, originó una de las canciones más conocidas en su época y un poema de los que Nicolás Guillén solía identificar como folclóricos.

De la mujer de Antonio no se sabe ni siquiera el nombre –de la culturalmente conocida, pues existe otra de mucho interés-, debido a que la de la canción se identifica solo mediante el patronímico del esposo. Se sabe que caminaba así por la madrugada, tal vez porque aquel era el horario durante el cual iba a la plaza, entiéndase del mercado. Pero, ¿podría alguien describir cómo era o decir a qué nombre propio respondía?

Gracias a la curiosidad de la vecinita de enfrente y a la perspicacia trovadoresca de Miguel Matamoros, el músico y compositor santiaguero (1894-1971) realizó una enorme contribución al enriquecimiento y a la expansión sonera en Cuba y mucho más allá, pues trasladó su ritmo y estructura desde el oriente del país al occidente del mundo.

Si bien se sabe poco de aquella mujer de Antonio, sí puede aseverarse que, en 1925, el músico creó en su natal Santiago de Cuba, junto con Ciro Rodríguez y Rafael Cueto, el renombrado trío de música popular que llevaba como nombre su apellido (Matamoros), agrupación que realizó su primera grabación discográfica en 1928, una de las indudables razones por las cuales aquella criolla a la que se cantaba, posiblemente salsosa, mas no salsera, logró alcanzar anonimato mundial, aunque parezca paradójico.

Se asegura que el de Matamoros es uno de los tríos de mayor renombre y originalidad en la música latinoamericana, junto con el mejicano nombrado Los Panchos, en sus respectivos estilos, y se le califica como una referencia obligada en la historia de la interpretación y la composición afrocubana, por la magistral combinación que consiguió del bolero y el son, por su modo de entonarlos.

Sus títulos más destacados, tanto en actuaciones públicas como en los incipientes medios electrónicos, en sus inicios, fueron el ya referido La mujer de Antonio (1929), y otros como El que siembra su maíz (1928),Veneración (1929), Lágrimas negras (1930), El trío y el ciclón (1930), a los que se añaden Promesa, Dulce embeleso, Elíxir de la vida y, en fin, el sumamente antológico Son de la loma, aquel de “Mamá, yo quiero saber/ de dónde son los cantantes,/ que los encuentro galantes/ y los quiero conocer”.

Llegado a este punto, parecería que se ha desviado la atención de la mujer de Antonio, que es el asunto. Pero aquí es donde entra en acción Nicolás Guillén (1902-1989), quien confesaba que la mayor influencia en su obra literaria provenía del Trío Matamoros y el Sexteto Nacional, ambos orientales, aunque él fuera camagüeyano. Mas no solo los unían los motivos culturales y raciales, sin duda, sino también la difusión que ya recibían estas manifestaciones de la cultura nacional a través de los medios electrónicos, tanto radiales como discográficos, sobre todo en La Habana.

De modo que surge entonces en Sóngoro cosongo (1931), el guilleneano Secuestro de la mujer de Antonio, otro de sus poemas de motivos folclóricos, aunque solo con leves alusiones al texto de Matamoros: “Te voy a beber de un trago,/ como una copa de ron;/ te voy a echar en la copa/ de un son,/ prieta, quemada en ti misma,/ cintura de mi canción.” Versaba Guillén, para más adelante introducir la referencia al caminar, de modo que se puede intuir cuál era la influencia original:

“Mulata, mora, morena./que ni el más toro se mueva,/ porque el que más toro sea/ saldrá caminando así;/ el mismo Antonio, si llega,/ saldrá caminando así:/ todo el que no esté conforme./ saldrá caminando así…/Repique, repique, pique,/ repique, repique, po: / ¡prieta, quemada en ti misma,/ cintura de mi canción!”. Sin embargo, aquí el autor de esta crónica sobre remembranzas prefiere introducir una breve digresión acerca de otra mujer, real y de imagen persistente.

Su físico no era a lo Guillén, pues resulta numeroso el gran mosaico racial y femenino que puebla y, sobre todo, poblaba los humildísimos barrios de Cuba. La mujer de esta anécdota era de piel más clara que la del poema, de estatura por encima del promedio en las cubanas, de cintura fina y andar suave. Sus atractivos que más deslumbraban eran la estampa inmutable, como de quien personifica la más rotunda certeza de su encanto; la absoluta seguridad de su firmeza y su fidelidad y, más que todo, la consistencia de unas piernas que sostenían, inquebrantables, el resto de su consistente andamiaje físico.

Residía ella en una paupérrima morada de madera ruinosa, con piso de tierra, ante una calle pedregosa y polvorienta. No sorprendía tanto que apenas sonriera alguna vez, como tampoco lo hacía el esposo con quien habitaba. Era flaco, desgarbado y poseía un rostro a lo Jean Paul Belmondo. Pero sin la anatomía de este. De pronto, apareció él algún día con la cara amoratada, herida y con otros deterioros propios de alguna golpiza. No hubo rumores, sino más bien asombro ante el mutismo de la pareja. Lo cierto es que a poco desapareció él, y transcurrió largo tiempo sin que pudiera encontrársele por el barrio.

Tal vez por todo esto haya sorprendido tanto verlo el Primero de Enero vestido de verde olivo y con una barba copiosa, que cubría sus heridas de antaño. Lo más sorprendente de todo fue escuchar, sin embargo, que ella lo llamara Antonio. Puede parecer una coincidencia forzada. Pero así fue.

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