Por Ernesto Montero Acuña

 

Contaba Nicolás Guillén que cierto joven poeta se le acercó al ver la primera edición de El Gran Zoo y le espetó: Usted nos ha quitado una posición que nosotros teníamos. Ese libro debió escribirlo uno de nosotros.

Tal vez con no poca ironía y mucha razón, el poeta, consagrado por una obra universalmente reconocida, le respondió: No lo dudo. Pero ese joven, para hacerlo, tendría que haber pasado muchos años adquiriendo el dominio de la técnica que se necesita.

El Gran Zoo (1967) lo integran, en el doble sentido, una bibliografía que editorialmente comienza con Motivos de son (1930) y continúa con Sóngoro cosongo (1931), West Indies, Ltd. (1934); Cantos para soldados y sones para turistas (1937), España, poema en cuatro angustias y una esperanza (1937), El son entero (1947), su monumental Elegía a Jesús Menéndez (1951), La paloma de vuelo popular (1958), Tengo (1964), Poemas de amor (finalmente una recopilación, entre 1933 y 1971) y sus siempre inolvidables Elegías.

A los referidos títulos se añadían numerosas reediciones, recopilaciones, antologías y publicaciones de sus obras, entre las cuales figuran destacadamente el lanzamiento, con una tirada de 150 mil ejemplares, de sus poemas traducidos al ruso (15 de julio de 1955), la edición francesa, por Seghers, de sus Elégies antillaises, en el propio año, y las numerosas versiones que existen en inglés de sus poemas, entre otros numerosos idiomas.

En fin, como Guillén le respondió luego a un joven periodista, aquellos poemas de El Gran Zoo, como los de La rueda dentada (1972), el Diario que a diario (1972), Por el mar de las Antillas anda un barco de papel (1977) constituyen notas siempre nuevas, en una obra que el autor se proponía renovar, pero sosteniendo la continuidad de sus inquietudes de siempre.

Todo lo anterior pretende ser, cuando más, una aproximación al muestrario que ilustra la respuesta del poeta al joven del reproche, de alguna forma profesional, pues El Gran Zoo es síntesis innovadora, tanto en las temáticas como en las formas estróficas y métricas que había desarrollado Guillén hasta entonces. Pero a través de su consistente conducta creadora.

Deambulan la ironía, la sutileza, la antífrasis y hasta la ingenuidad de apariencia infantil por el poemario, desde el Aviso de El Director (que incluye “un mono catedrático y otro cotiledón”), pasando por El Caribe (“En el acuario, esta inscripción: «Cuidado: muerde.»”), Los usureros (que “cuentan y recuentan sus plumas/ y se las prestan a interés”), Lynch (“de Alabama./ Rabo en forma de látigo/ y pezuñas terciarias) y terminando, ¿para qué más?, con La Estrella Polar, que “Se descongela sin remedio” […] / y dentro de cuatro siglos a lo sumo/ los navegantes tendrán/ que andar a tientas por el mar.”

En fin, aquí les queda El Gran Zoo, cuyo joven autor, ahora con más de ciento doce años, convoca a tratarlo con cuidado y, sobre todo, a comprender su juventud natural y cultural.

Como muestra de EL GRAN ZOO

EL CARIBE

En el acuario del Gran Zoo,
nada el Caribe.
Este animal
marítimo y enigmático
tiene una blanca cresta de cristal,
el lomo azul, la cola verde,
vientre de compacto coral,
grises aletas de ciclón.
En el acuario, esta inscripción:
«Cuidado: muerde.»

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