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Por Ernesto Montero Acuña

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Como lo esencial del periodismo es reflejar la trascendencia de cada día, algo que se ha bautizado con el lugar común de “historia cotidiana”, ocurre que la Prosa de prisa (1) de Nicolás Guillén, cual complemento de su obra poética, muestra la vigencia de dos momentos diáfanamente deslindados en la vida y la política nacionales.

Podría percibirse cierta diferencia entre la prosa periodística del poeta antes del triunfo revolucionario del primero de enero de 1959 en Cuba y la posteriormente escrita, quizás porque se encontrara cierto gracejo más frecuente en la primera etapa que en la segunda.

Su veta satírica aparece a la orden del día en su producción anterior al año 1959, tanto en la poética como en la periodística, aunque se debe remarcar, en ambos casos, la publicada en la prensa periódica de la época, sobre todo en el periódico Hoy, donde apareció originalmente su Sátira política, en verso.

Parece fácil distinguir, por lo pronto, que el hombre políticamente comprometido –sobre todo, el intelectual- asume de distintas maneras la realidad que lo circunda según se encuentre desde el poder o en contra de este, como es el caso de Guillén, quien fue opositor militante antes de 1959 y activo participante en la revolución triunfante.

Es bueno distinguir entre lo que varía porque las condiciones adversas fueron trocadas en favorables y lo que se mantiene con una constancia invariable en la obra y en la conducta del intelectual comunista, como lo expresó 34 años antes de que se iniciara la revolución en el poder.

 

 

En su sección Pisto Manchego (2) del miércoles 4 de febrero de 1925, del periódico El Camagüeyano, escribió: “Antes de decir una palabra de nada hoy quiero hacer una advertencia para que no se me tache de irreverente: soy patriota”.

Sobre lo cual añadía: “Ante las cosas de Cuba vibro con sincero entusiasmo y cada vez que oigo hablar bien del machete de Maceo y de la estrella solitaria, me hundo en la más grata de las emociones” (3). Lo escribió cuando aún no había cumplido los 23 años ni ostentaba la militancia comunista, adquirida en la España Republicana, en 1937.

Si bien su obra poética es de enorme valor en la cultura nacional cubana -que ejemplifica en el mundo-, no debe soslayarse el alto mérito de su periodismo, incluso el que pudiera parecer menos comprometido, pues el Guillén revolucionario aparece detrás de cada línea, de cada frase, de cada párrafo estructurado con intensión.

Así lo advierte al reparar un error, el martes 27 de enero del propio año, ante una sección suya que había olvidado entregar previamente: “Hasta hice el propósito, en mi divagación, de escribir el Pisto con tiempo –un día de anticipación- para pulirlo, limarlo y limpiarlo de toda impureza gramatical y hacer que saliera prestigioso y brillante” (4)…

Ello fue también práctica habitual en su obra poética, como parte de un oficio que databa de su formación en los medios familiar y profesional. Le venía de su padre periodista y de su incipiente inicio en la prensa impresa, primero como editor de su revista Lis (5), de existencia efímera, y desde el 24 de marzo de 1924 como parte de la redacción del periódico El Camagüeyano.

Sobremanera interesante resulta lo que el 26 de enero había escrito, en su sección, sobre la manipulación periodística acerca de la Revolución de Octubre: … “ni los cables que llegan de Rusia los creo”, a lo que añadía: “¡Sabe Dios cuántas mentiras se han echado a volar en relación con la revolución roja y como se habrá envenenado la mentalidad del mundo con el fantástico relato de hechos que no han acaecido!”.

Para proseguir: “Cuando murió Lenin (…) yo no lo creí hasta que vi las fotografías del entierro y, sobre todo, de la cámara mortuoria con el cadáver del gran reformador entre sábanas” (6)…, como escribió el lunes 25 de enero de 1925, a poco más de un año del fallecimiento, ocurrido el 21 de enero de 1924, del líder revolucionario ruso.

Sus nociones políticas, aún sin una militancia formal, estaban sostenidas por una sólida convicción personal.

La sección del propio día 26 comienza de la siguiente forma: “Pues, señor, no ha muerto Sun Yan Sen”. Y proseguía: “El cable, que muchas veces es más mentiroso que un aspirante a la Presidencia de la República, propagó por todo el orbe la muerte del gran republicano asiático, y ahora son sus mismos compatriotas, residentes en Cuba, los que se encargan de desmentir el infundio” (7)…

Por lo demás no ceja en denunciar, como se aprecia en el párrafo anterior, la corrupción política en Cuba.

Contra el alcalde de Camagüey, Domingo de Para Raffo, arremete con burla vitriólica: “Para otro temperamento que no tuviera la acometividad de nuestro Mayor, la obra gigantesca que este ha realizado fuera suficiente para agotarlo o por lo menos para hacerlo pensar seriamente en el descanso”.

Lo que remata con la hipérbole bíblica magistral: “El mismo Dios, cuya labor en la construcción del mundo fue a todas luces menos intensa que la del Dr. De Para en su reconstrucción de Camagüey, tuvo a bien tomar su descansito bobo” (8), algo que culmina con la burla sobre los bomberos destinados por el burgomaestre a la limpieza de calles.

“La labor de nuestros admirables y sufridos bomberos”, escribía, “se reduce a ´trasladar´ el fango y muchas veces a repartirlo con verdadera justicia”. De modo que “Antier, por ejemplo, todo el lodo de la calle de San Ignacio fue distribuido entre las calles adyacentes a la de San Ignacio, Príncipe entre ellas. ¿Qué razón había, en efecto, para que fuera la primera vía la única que tuviera la ´exclusiva´ del fango, habiendo otras calles tan dignas como ella?” (9).

Cualquier tema de la cotidianidad local, nacional o internacional, podía caer bajo su lupa de Interino, como se hacía llamar, y quedar en solfa, aunque con el alcalde De Para fue admirablemente cruel. Así que su preocupación ciudadana solo mutó con el advenimiento de la revolución. Pero no desapareció.

En “Hablemos de la calidad” (10), artículo publicado en Granma, el 24 de febrero 1967, escribió: “A veces el creador es inagotable e incontenible. Produce a chorros, y de su numen salen cantidades masivas de productos. Pero son —a veces también— productos semielaborados. Si existiera un control de ellos como existe en el campo de la producción industrial, pocos fueran puestos a la venta. No están «acabados» porque les faltó el toque final, esa última operación que los hará perfectos hasta donde es posible la perfección en la obra humana.”

Una anécdota graciosa consta en su crónica “¿Y si Trujillo me condecora?” (11) sobre el diálogo con un emisario portador de una invitación a viajar a República Dominicana, cuando él se encontraba de visita en Haití:

“Yo lo miraba sonriente, aguardando que aquella catarata cesara.

“Al fin le pregunté:

“-¿Está usted seguro de que nada desagradable debo temer en su patria?

“-Segurísimo. Ya le he dicho que hay órdenes expresas de respetarlo.

“-Muy bien, querido amigo. ¿Y qué hago si Trujillo me condecora? Porque no sé dónde iba yo a meter la cara después que su presidente me pusiera en el pecho la cruz de Juan Pablo Duarte, por ejemplo, y me diera un abrazo y me soltara como perro con lata a corretear por el mundo…” Su publicación data del 8 de agosto de 1966 en Granma.

También resulta ejemplar el inicio de “En este 26 de Julio” (12), una brevísima lección de historia: “Cuando el 20 de mayo de 1902 lanzóse a la calle el pueblo cubano para festejar el nacimiento (así pensaba él) de una nueva república -la última de las antiguas posesiones españolas en desgajarse del viejo tronco colonial-, no estaba festejando en realidad un «cambio de poderes» entre España y Cuba, sino un cambio de amos”. Así lo reflejó el 25 de julio de 1965 en el periódico Hoy.

Ejemplares y muy sentidas son igualmente sus crónicas sobre Rubén Darío (13), “quien sería el poeta más importante de toda la literatura española contemporánea”; Langston Hughes (14), en quien “el ardor, la sinceridad y constancia con que ayudó al progreso y liberación de los negros norteamericanos merece el más profundo respeto”; y acerca de Antonio Machado (15), quien “tiene la voz joven” y “guarda el acento de protesta y promesa que la distinguió a lo largo de una vida, y que hoy distinguen y saludan los jóvenes en pie en el mismo sitio que él llenó con su cuerpo, con su espíritu, con su serena y profunda poesía”.

Las tres últimas crónicas, como se consigna en las fuentes, datan de la misma época, lo que también ocurre con “Nación y mestizaje” (Casa de las Américas, V-VIII-1966) y “Racismo y Revolución” (Granma, 18-XII-1966), que reflejan con su acostumbrado equilibrio la cuestión racial en Cuba. Así concluye el segundo texto, como si fuera el justo final para ambos análisis:

“La ausencia de ´la línea de color´ alcanzada por la Revolución es indispensable para el fortalecimiento de la unidad nacional. El pueblo cubano es hijo de la estrecha convivencia histórica de dos núcleos fundamentales, el descendiente del esclavo y el del amo, sin la fusión de los cuales carecería nuestro país de carácter y perfil.” (16)

Ello se corresponde con el Guillén que declaraba noblemente amar la literatura, sobre cuyo ánimo actuaban decisivamente un buen poema, una novela trascendente, un cuento vibrante y quien, “en los ratos libres del diario bregar”, se refugiaba en Rubén Darío o buscaba a Henri Barbusse o se hundía “en la gracia suave y picante del divino Anatole” France (17).

Es el Guillén que escribía un burlesco Pisto sobre la realidad circundante, un justo análisis sobre la realidad nacional o un elogio sobre las conquistas revolucionarias posteriores al año 1959, aún vigentes.

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(1) Nicolás Guillén: Prosa de prisa, Ediciones Unión, cuatro tomos, La Habana, 1972-2007.

(2) Nicolás Guillén: Pisto Manchego, 4 de febrero, 1925, pag. 72, Tomo 3, ed. Letras Cubanas, La Habana, 2013.

(3) Nicolás Guillén: Ídem.

(4) Nicolás Guillén: Ibídem, p. 55.

(5) Nicolás Guillén: Revista Lis, 19 números, Camagüey, 18 números desde el 10 de enero de 1923.

(6) Nicolás Guillén: Pisto Manchego, 26 de enero, 1925, pag. 54, Tomo 3, ed. Letras Cubanas, La Habana, 2013.

(7) Nicolás Guillén, Ibídem, pag. 53.

(8) Nicolás Guillén: Ibídem, pag. 25.

(9) Nicolás Guillén: Ibídem: pag. 27.

(10) Nicolás Guillén: “Hablemos de la calidad”, Granma, 24-II-1967.

(11) Nicolás Guillén: “¿Y si Trujillo me condecora?”, Granma, 8-VIII-1966. Rafael Leónidas Trujillo, alias Chapitas, 24 de octubre de 1891-30 de mayo de 1961, cruel dictador de la República Dominicana.

(12) Nicolás Guillén: “En este 26 de Julio”, Hoy, 25-VII-1965.

(13) Nicolás Guillén: Rubén Darío, versión digital.

(14) Nicolás Guillén: Recuerdo de Langston Hughes, Revista de Granma, 3-VI-1967.

(15) Nicolás Guillén: Don Antonio, Granma, 22-II-1966

(16) Nicolás Guillén: “Racismo y mestizaje”, Granma, 18-XII-1966.

(17) Nicolás Guillén: Pisto Manchego, 6 de febrero, 1925, pag. 75, Tomo 3, ed. Letras Cubanas, La Habana, 2013.

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