Por Ernesto Montero Acuña

Cuando me veo y toco

 yo, Juan sin Nada no más ayer,

y hoy Juan con Todo,

y hoy con todo,

vuelvo los ojos, miro,

me veo y toco

y me pregunto cómo ha podido ser.

                               N. Guillén, Tengo,1964.

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A la puerta de los 500 años, como quien dice a unos días de los orígenes, uno se pregunta cómo podrían rebrotar la mala hierba del olvido, la ignorancia de la historia, la enajenación.

Al releer el poema Tengo, de Nicolás Guillén, Juan sin nada no más ayer persiste en preguntarse cómo podría ser.

El 10 de julio de 1902, apenas 388 años y 158 días después de que el Teniente a Guerra Diego de Ovando fundara en Punta de Guincho, cacicazgo de Mayanabo, el antecedente de la que es hoy Camagüey, vino al mundo el autor de aquellos versos en una vivienda de la calle de San Ignacio.

“De creer a mi abuela tanto como al registro civil”, escribió en Mis queridas calles camagüeyanas, “yo vine al mundo en una casa que era accesoria de la del número 2 1/2, en la calle de San Ignacio, ahora de los Hermanos Agüero, en la muy antigua y (entonces) muy «reaccionaria» ciudad de Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey.”

¿Qué distinguía a la añeja villa? ¿Sólo la condición de muy reaccionaria “entonces”? Tal vez dependiera esto de la historia, de los procesos, de quienes entendían el progreso como el suyo nada más.

Màs acertado es considerar que buena parte de aquella historia se encuentra en el origen del Camagüey trashumante. Del deambular de aquella villa fundada en tres sitios de su geografía, como ocurrió en otras de Cuba.

No fue así en la de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, según la nombró el Adelantado Diego Velázquez el 15 de agosto de 1511; ni en la de San Salvador de Bayamo, actual Monumento Nacional y Cuna de la Nacionalidad Cubana, fundada por él mismo el 5 de noviembre de 1513; ni parece que sucediera igual en la de la Santísima Trinidad a inicios de 1514.

Sobre Santiago de Cuba, relacionada como la séptima villa en la cronología, no se argumenta nada en cuanto a su asentamiento original y queda reconocido que surgió donde se encuentra, en el año de 1515, y que, además, Hernán Cortés fue su primer alcalde y que en ella radicó la capital del país desde esa fecha hasta 1589, cuando aquella función pasó a La Habana.

La de Sancti Spíritus la asentó el mismo fundador, en junio de 1514, en un paraje alejado del Río Yayabo, a donde se la trasladó en 1522, en la búsqueda de mejor economía. Y sobre San Cristóbal de La Habana se cuenta que su primera fundación corrió por cuenta de Pánfilo de Narváez –un hombre de Velázquez- en el año de 1515, al sur de la localización actual. Aunque en 1519 encontró su justo sitio al norte de la región occidental.

Acerca de fechas y circunstancias habría mucho que investigar y precisar. Mas, en fin, aceptemos lo pautado. Como en el caso de Camagüey, cuya ceremonia de fundación se admite que ocurrió en el sitio donde el Almirante Cristóbal Colón había plantado una cruz el 18 de noviembre de 1492, a unos 20 días de su primer encontronazo con lo que luego se ha llamado Nuevo Mundo, aunque existiera nada menos que desde varios millones de años atrás.

Se asegura que aquel 2 de febrero “el heraldo de Diego de Ovando leyó el pregón de Diego de Velázquez que declaraba instalado un ayuntamiento formado por un alcalde, dos regidores, un escribano y un aguacil”. Además de que se creó la parroquia, cuyos funcionarios reales eran un tesorero, un contador, un factor y un veedor.

A los indios siboneyes que habitaban el cacicazgo se les obligó a construir bohíos de yagua y guano que servirían de ayuntamiento, iglesia y viviendas para los 55 españoles solteros que constituían los primeros habitantes hispanos, “la mayoría aventureros que terminarían buscando fortuna en otras partes”, advierte la enciclopedia cubana EcuRed.

Aquella etapa, por cierto, tuvo su reflejo en el “siboneyismo”, como otras tuvieron sus análogos cantores. Nicolás Guillén con respecto a la negritud y a la condición social, como José María Heredia o José Martí, por ejemplo, en relación con la cubanía, son otros casos.

Se conoce que el 13 de mayo de 1516, dos carabelas, la Osado y la Ave María, arribaron a la villa. La primera traía como colonizadores a 66 hombres, mujeres y niños. Y ambas transportaban también armas, ropa, útiles de labranza, semillas, aceite, velas, jabón, harina, ganado vacuno y caballar, y otros artículos para comerciar.

Por las adversidades del medio geográfico, en marzo de 1516 los pobladores del embrionario Camagüey se trasladaron al cacicazgo de Caonao, sin abandonar totalmente el asiento anterior. La comitiva estuvo conformada por 51 hombres, 23 mujeres, 16 niños y siete niñas. La integraban 15 parejas casadas, con hijos.

En el nuevo sitio, los colonizadores se apoderaron de los mejores bohíos y, por la fuerza, Diego de Ovando distribuyó los indios entre los “nuevos vecinos”, mediante lo que históricamente se conoció como “encomiendas”. Se le otorgaba al encomendero, a cambio de convertir a los indios al catolicismo, el control absoluto sobre la vida de aquellos.

Así, unos tres mil siboneyes fueron distribuidos, a razón de entre 100 y 300 por vecino, de acuerdo con el linaje y la posición del encomendero. Se les obligaba a plantar yuca, maíz, tubérculos y otros frutos. De este modo, los españoles construyeron sus corrales para el ganado y buscaron, inútilmente, oro en los arroyos y ríos cercanos. Sin embargo, lograron construir, “en menos de un año”, el ayuntamiento, la iglesia, la tenencia y otras viviendas.

Muchos indios asumieron una actitud insumisa y rebelde. Se escapaban a los montes, aunque los encomenderos los persiguieran con crueles perros de presa. En enero de 1538, terminaron sublevándose los primeros, que atacaron a los encomenderos en la hacienda Saramaguacán y mataron a siete de aquellos. Pero uno de los colonizadores logró escapar y llevó la noticia a Caonao.

Desde allí, el Teniente Gobernador Ovando se trasladó a la hacienda con 20 hombres, pero la encontró destruida y a los españoles muertos. Nuevamente, el 5 de enero, los siboneyes atacaron la villa, mas fueron repelidos por los españoles, mejor armados y apostados. Cientos de indios murieron en la acción. Mas, finalmente quemaron la villa, y los vecinos se vieron forzados a abandonar Caonao. Huyeron a un cacicazgo próximo al Río Tínima, a donde llegaron al mediodía del 6 de enero, luego de una larga marcha nocturna.

Su cacique, Camagüebax, los recibió sin hostilidad, les ofreció tierra para construir viviendas al este del cacicazgo y se estableció así, al fin, la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, cuyo centro se definió trazando una línea recta entre los ríos Tínima y Hatibonico. A mitad de aquella se situó una gran cruz, traída de Caonao con la campana de la iglesia. Pronto se terminaron los edificios oficiales, incluido el ayuntamiento con una palizada y un foso para la  protección.

Con razón se asegura que el español más odiado y temido por los siboneyes fue Vasco Porcallo de Figueroa, entre los fundadores de villas como Camagüey, Trinidad, Sancti Spíritus y Sabaneque –denominación de donde surgió posteriormente Sagua la Grande. Era casado con Tínima, hija de un cacique. Deambulaba por sus extensos territorios y asaltaba, con sus cuadrillas y perros, los poblados siboneyes para esclavizar a sus habitantes.

Debido a la escasez de indios, los españoles comenzaron el tráfico de esclavos africanos. De modo que, en 1530, Vasco Porcallo de Figueroa trasladó de Bayamo a su hacienda en Camagüey los primeros esclavos negros, consistentes en ocho hombres, 12 mujeres y 12 niños. En 1534 habitaban en Camagüey 100 españoles y existían numerosas uniones de estos con indias, de mestizos e indios con negras y de negros esclavos entre sí.

Es oportuno recordar al abuelo negro de Nicolás Guillén, rememorar El apellido –su poema de la incertidumbre- y tener en cuenta la contradictoria condición de los dos abuelos. De ahí vienen los Ancestros: “Por lo que dices, Fabio, / un arcángel tu abuelo fue con sus esclavos. / Mi abuelo en cambio, fue un diablo con sus amos. / El tuyo murió de un garrotazo. / Al mío, lo colgaron.” (*)

En 1599 se estableció el convento de San Francisco en la hermita de Santa Ana, cerca del parque mayor; y dos años después, en 1601, se inauguró la Iglesia de La Merced. Desde entonces se empezaron a llevar libros especiales para anotar los bautizos, matrimonios y muertes de los indios, “muchos de los cuales eran yucatecos”. Numerosa documentación de aquella desapareció en 1616, cuando la villa fue destruida por un fuego que iniciaron indios fugitivos y esclavos cimarrones, originalmente sublevados en Sancti Spíritus y Trinidad.

Asimismo, fueron quemados los archivos del ayuntamiento, los de la parroquia y la colección de arte indio y colonial que Silvestre Balboa Troya y Quesada (1563- c.1647), autor de Espejo de Paciencia, la primera obra literaria en Cuba, tenía destinada al museo de El Escorial en España. Como dato adicional, debe incluirse que su obra se basa en el  secuestro del obispo de Cuba, Juan de las Cabezas Altamirano, por el corsario francés Gilberto Girón, en 1604, en el puerto de Manzanillo; su rescate por habitantes de la villa y la muerte del pirata a manos del esclavo Salvador Golomón.

A inicios de 1617 se reconstruyó la villa y se trazó una línea recta desde la antigua plaza de armas hasta el Río Hatibonico, en medio de la cual, exactamente donde hoy se encuentra la Plazuela de Maceo, se plantó la cruz. Referencias históricas confirman que el edificio más antiguo de la ciudad es el que fue Hospital e Iglesia de San Juan de Dios –hoy Monumento Nacional-, donado en 1728 por el Capitán Gaspar Alonso de Betancourt y Cisneros y su esposa Ángela Hidalgo y Agramonte.

Las construcciones más notables de Puerto Príncipe, cuyo centro no contó con las típicas casas con portales al frente, son la Iglesia Mayor y Catedral, con sus tres grandes naves y la alta torre, contigua al Parque Agramonte; la de la Soledad, en cuya cripta se encuentran sepultados distinguidos camagüeyanos; la de las Mercedes, con sus tres naves, sus altares y el sepulcro de plata; y la referida de San Juan de Dios. Mediante Real Decreto, Fernando VII le otorgó, el 12 de noviembre de 1817, el título de ciudad a la Villa de Puerto del Príncipe, la cual comenzó a nombrarse Camagüey a partir de 1903.

Sobre esta ciudad histórica y colonial puede apuntarse adicionalmente que fue la tercera villa en Cuba. Que a su centro histórico, el mayor del país, con 330 hectáreas, se le distinguió en el 2008 con la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad. Que su nombre lo debe al cacique Camagüebax. Que es cuna de figuras ilustres como Joaquín de Agüero e Ignacio Agramonte, conocido como El Mayor. Y que su provincia, la más extensa y llana, propicia que también sea la más ganadera del país.

Sus museos y templos conservan tesoros del arte funerario de los Siglo XVII, XVIII y XIX y son parte de un paisaje urbano difícil de igualar. Como se ha referido, en esta ciudad nació el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén, quien le dedicó su esperanzada Elegía camagüeyana, versión poética de los orígenes, del suyo y del de los demás. La calificó como la ciudad de las iglesias torrenciales.

En ciertas ocasión confesó: “Yo soy raigalmente camagüeyano y, a pesar de que he andado por muchos lugares del mundo, siempre me he mantenido en contacto con mi país, luego con mi provincia y, por último, con mi ciudad.”

¿A qué viene todo lo anterior?, se preguntarán, y la respuesta es solo una: a la desmemoria, a que se puede olvidar que “Juan sin Nada no más ayer” es ”Juan con Todo” y puede no percibirlo. Se puede olvidar de esta revolución que le da dientes (**) físicos, reales, requeridos para masticar el pan de cada día.

¿Se acuerda usted del poema Burgueses (***), de Nicolás Guillén? Aquel que dice:

No me dan pena los burgueses

vencidos. Y cuando pienso que van a darme pena,

aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.

Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.

Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.

Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.

Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.

Pienso en mis largos días.

…………………………………………………….

En fin, que todo lo recuerdo.

Y como todo lo recuerdo,

¿qué carajo me pide usted que haga?

Pero además, pregúnteles.

Estoy seguro

de que también recuerdan ellos

Es una historia muy corta y muy próxima para olvidarla, cuando dos grandes clases se enfrentan aún más directamente, desde el tiempo en que “el descubrimiento de América y la circunnavegación de África ofrecieron a la burguesía en ascenso un nuevo campo de actividad” (****). No se puede ignorar la historia de poco más de medio siglo, ni la de cinco siglos tampoco. No sin enajenación.

(*) Ancestros, La rueda dentada, pag. 224, Obra poética, Tomo II, Ed. Letras Cubanas.

(**) Paráfrasis de Rolando Escardó, poeta camagüeyano trágicamente fallecido.

(***) Burgueses, La rueda dentada, pág. 227, Obra poética, Tomo II, Ed. Letras Cubanas.

(****) C. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Obras Escogidas, un volumen, pag. 33, Edit. Progreso, Moscú.