Prólogo a manera de epílogo

Escrito por Montero en Artículos

AbcdeCuba

Tomado de Nicolás Guillén: Al son de sus motivos, sitio inaugurado el 7 de septiembre del 2012 por el periódico Trabajadores en la Casa del Alba, La Habana, Cuba.

De Nicolás Guillén conservo recuerdos y valoraciones, algunas muy importantes, incluidas las de sí mismo. Pero lo verdaderamente significativo es que su poesía trascendió, universalizada, a la de mi consumo en la adolescencia, sin ignorar tampoco los valores de su prosa periodística y política.
A esta verdad, se une el criterio más elevado que conocí de fuente directa, sin olvidar otros muy estimables. Me refiero al de Fidel Castro en la clausura del I Congreso del Partido Comunista de Cuba, al momento de resumir, en el teatro Karl Marx, los méritos de los elegidos para el Comité Central.
Iba desgranando los actos más relevantes, hasta el instante de referirse a Nicolás Guillén, presidente de la UNEAC desde la fundación de ésta y Poeta Nacional, y halló la forma sintética de fijar su trascendencia, al precisar que había merecido la condición de miembro del Comité Central por sus versos, es decir, por su obra poética.


Se entiende que donde había tanta historia reunida, aquella valoración sintetizaba la estima en que el líder de la Revolución situaba la poesía de Guillén. Al respecto, puede añadirse la anécdota, más conocida, sobre la solicitud hecha al poeta por Fidel Castro para que leyera su poema Che Comandante, con motivo de la velada solemne con que se le rindió homenaje al guerrillero, el 18 de octubre de 1967, en la Plaza de la Revolución.
Años después, el propio Guillén me refirió el hecho, luego de terminar una extensa entrevista. Entonces me dijo lo que en aquel momento no sabíamos. Que en el instante en que Haydee Santamaría le habló acerca de escribir algo sobre el Che, ya él venía trabajando en aquel poema que todos conocemos.
No quiero omitir en estos recuerdos, hechos y situaciones que forman parte de quien hace numerosos años es realidad y leyenda en la historia literaria, no sólo de Cuba. Quizás por la imprevisible coincidencia de tener el mismo origen geográfico y parecida influencia cultural, aunque yo con años menos y él con numerosos méritos más, me fueron dadas, como compensación, las oportunas coincidencias. Es decir, las ocasiones que tuve de acercarme al poeta, yo en función periodística y él como la personalidad internacional y cultural que desde muchos años antes era.  

Esto me impulsa a brindar textos referidos al poeta, algunos relacionados con acontecimientos que tuvieron vinculación con nuestra ciudad natal. Lo hago por la significación que le atribuyo a los hechos, juicios y actitudes en los que participó él y que, por reiterados o singulares, creo que tienen la trascendencia de ampliar la visión sobre su obra, su trayectoria y sus opiniones.

Tuve la insólita sorpresa de encontrarme con Nicolás Guillén, por primera vez, una mañana en que él, aún rápido en el andar, transitaba por la acera opuesta y en sentido contrario al mío por la calle Maceo de Camagüey, a la altura de lo que ha sido luego la heladería Coppelia y antes el Ten Cent (o almacenes Wolworth), una cadena británica de tiendas para el expendio de baratijas.
A propósito de las experiencias negativas de ambos en nuestra tierra común, recuerdo que en aquel establecimiento, siendo apenas yo un niño no mayor de diez años, fui corrido de la puerta principal, cuando pretendía llenar mis ojos con objetos fuera del alcance de mis manos, por un guardajurado muy hostil. No se imaginó nunca el bochorno que me arrojó encima, sobre todo por su expresión y sus frases contrarias a mi honradez. Pero seguramente pensó en términos de la suya.
Guillén transitaba aquella mañana hacia la esquina de General Gómez y yo en sentido contrario, hacia la Plaza del Gallo, como aún decimos; pero también de la Soledad, por la iglesia allí existente; y daba golpecitos en la pared con su mano izquierda, como si realizara un ejercicio no premeditado o un acto distendente. ¿Por qué recuerdo con nitidez el hecho? Quizás por la importancia que siempre tuvo la poesía para mí -mi padre nos dormía entonando décimas ajenas en interminables canturías nocturnas- o por el impacto que me produjo quien todavía no era el Poeta Nacional, aunque sí mucho más que un poeta nacional. Pero sobre todo, porque prefiero recordar vivos, presentes siempre, a quienes aprecio, admiro o quiero.
Luego tuve la oportunidad de verlo nuevamente -en persona, quiero decir- en la tribuna de la Plaza de la Revolución el 22 de diciembre de 1961, cuando Cuba se declaró territorio libre de analfabetismo, siendo yo aún adolescente. Aquella mañana, fría y nublada, las imágenes de dos de los presentes en la tribuna, vistos desde lejos, se me fijaron en la mente: el Che y Guillén.
Ambos se encontraban hacia un extremo, próximos, recogidos y como concentrados en lo que estaba diciendo Fidel. Los observé sentados, con los brazos cruzados y el torso inclinado hacia adelante. A Guillén, el aire invernal le batía los cabellos lacios y blancos, bastantes más blancos que cuando lo vi personalmente la primera vez. Aquella proximidad espacial e ideológica entre ellos dos, consumada en una tribuna, se consagró en el poema Che comandante, al extremo de que hoy me resultan inseparables.
La otra oportunidad en que coincidimos fue en julio de 1972, la noche anterior a la celebración de su aniversario 70, en los talleres del periódico Adelante, entonces en la modesta calle Goyo Benítez, céntrica y cercana al más antiguo Camagüey, donde yo transitaba por mis primeros años como periodista y había tenido la “audacia” de escribir un extenso artículo acerca de la poesía de Guillén, desde sus primeros poemas reconocidos hasta los más recientes entonces. A ellos se unieron posteriormente sus libros La rueda dentada, El diario que a diario y otros que no es preciso relacionar ahora.
Junto a la “rama” tipográfica donde yacía el texto recién compuesto, el poeta, con pericia de tipógrafo formado precisamente en las proximidades de aquel sitio, comenzó a leer al revés mi texto, como debe hacerse en este tipo de composición. No puso ningún reparo acerca del contenido y asumo, por supuesto, que fue por pura condescendencia. Pero no quiero dejar de mencionar en esta nota que precisamente a una cuadra de allí, en la hoy calle de Hermanos Agüero, entre Cisneros y Príncipe, había venido Guillén al mundo.
Después sostuvimos varios encuentros y entrevistas, todos ellos durante fugaces estancias suyas en Camagüey. Pero las obligaciones de la vida y luego la distancia de la muerte impidieron nuevos tratos y quizás otros trabajos. Con estos textos, unos anteriores y otros actuales, solo presentamos el testimonio de una trayectoria.
Debo significar, sin embargo, que nunca he podido retornar a “nuestra” ciudad -que concibo como él lo hacía- sin sentir aquella misma opresión y sentimiento de placer que supo reflejar magistralmente -lugar común mío, con plenitud de contenido en este caso-, en su Elegía camagüeyana: “Puñal de melancolía/ este que me va a matar/ pues si alcancé a regresar/ me siento desde que vine/ como en la sala de un cine/ viendo mi vida pasar”.

De este modo se siente uno a veces cuando retorna, sólo que él supo decirlo de la forma más inolvidable posible, y yo apenas puedo rememorarlo.
Mas, no me siento disminuido por ello. El también lo hizo por mí, y por los demás y, en fin, por todos y para siempre.
Aunque siempre sea un tiempo infinito.

La Habana, mayo 2012