A los ciento diez años, no es inferior el reconocimiento que merece como el poeta que integra a los cubanos y a lo cubano en un todo orgánico, antes inalcanzado

 

Ernesto Montero Acuña

Cuando Nicolás Guillén cumplió los 70 años se invocaba los próximos 70 que cumpliría, como si fuera broma o tal vez como deseo de que la hiperbolización se realizara, para satisfacción de cada admirador de su obra.

Mas, a los ciento diez años, no es inferior el reconocimiento que merece como el poeta que integra a los cubanos y a lo cubano en un todo orgánico, antes inalcanzado.

Continuador de la identidad nacional y de la dimensión patriótica, es equiparable en ello a José María Heredia y a José Martí, aunque con su forma contemporánea de reflejar lo más avanzado de las ideas políticas.

En él se consolidan lo más integrado de la cubanía y lo más creativo de la poesía en las esencias y en los aportes formales. Sobre todo ello habrá que profundizar en los siglos por venir.

La generación del modernismo y los vanguardismos, entonces recién salida históricamente del romanticismo, integra todos estos alientos.

Lo más avanzado de ella se incorpora a las ideas políticas triunfantes en la Revolución de Octubre en Rusia y las esgrime en las agudas confrontaciones de aquel siglo definitorio.

Los aportes de Carlos Marx y Federico Engels en las ciencias sociales de las últimas seis décadas del siglo XIX, las concreta en su praxis el ruso Vladimir Ilich Lenin en la conducción del acontecimiento histórico que fue la Revolución de Octubre de 1917.

También, con aquel cambio fundamental se actualiza en la práctica una teoría desarrollada con energía, aunque en la época llamada postmoderna algunos teóricos vergonzantes la asuman como demodé.

En este contexto alumbró Nicolás Guillén su obra inicial, en el Camagüey que algunos acusaban de conservador, pero que en sus esencias estaba permeado por las ideas revolucionarias que le habían venido del antecedente más inmediato, la Guerra del 95.

Se sabe que estas a su vez estuvieron antecedidas por las de 1868 como evento preparatorio, en el cual Ignacio Agramonte representó un ejemplo descollante asimilado luego por Guillén.

El poeta advino al mundo el 10 de julio de 1902, a poco más de un mes de la proclamación de la independencia tutelada, y creció y se desarrolló en el ambiente de la institucionalidad republicana.

Su obra también refleja la frustración nacional por el fracaso que aquel estatus representaba.

Se dolían Cuba y su intelectualidad revolucionaria por las intervenciones directas o indirectas de Estados Unidos en la vida y la política nacionales, como también por la profunda discriminación racial del negro, el mulato y el blanco, o de los nacionales por los extranjeros dominantes y de los pobres por los ricos.

Al choteo ante el fracaso, Guillén opuso en los años iniciales de su evolución —puede decirse que desarrollada desde Pisto Manchego en el periódico El Camagüeyano—, la más fina ironía de su prosa periodística y de su poesía en estrofas y métricas clásicas.

Asesinado su padre, Nicolás Guillén Urra, el poeta debió trabajar para el sostenimiento de la familia, a la vez que avanzaba en su creación poética, que alcanza el momento culmen en Motivos de son (1930), poemas breves que reivindican la raza, la nacionalidad y la preterición social ¿solo del negro?

De ahí que sobre José Ramón Cantaliso, en Canto para soldados y sones para turistas (1937), el poeta diga:
Él sabe que no hay trabajo,/ que el pobre se pudre abajo,/ y que tras tanto luchar,/ el que no perdió el resuello,/ o tiene en la frente un sello,/ o está con el agua al cuello,/ sin poderlo remediar.

Este es el Guillén vivo y actuante, más allá de épocas y de pequeñas fronteras, cuando se abre el amplísimo horizonte de América Latina a nuevas condiciones culturales, políticas y sociales, a las cuales él contribuyó y aporta aún.

La trascendencia no concluye.

Ahí están para confirmarlo los poemas iniciales y Motivos de son, Sóngoro cosongo, Cantos para soldados y sones para turistas, West Indies Ltd., El son entero, La paloma de vuelo popular, hasta poemas como Che Comandante y numerosísimos más.

Su importancia era tanta entonces, como hoy ante la avalancha que se manifiesta en diversos órdenes, en muchos casos con el propósito de convertir a los receptores en seres impensantes a través de medios de comunicación “globales”.

Es una práctica que debe ser contrarrestada con las producciones propias más auténticas, entre las cuales la de Guillén es de las más descollantes.

Si bien del espíritu hacia la piel vendría antes el color definitivo, ahora de lo nacional hacia la conciencia se forjará el escudo necesario frente al lado negativo de la globalización inevitable.

En ello, Guillén es un arma que ahora cumple ciento diez años y que se debe multiplicar.

* Tomado del periódico cubano Trabajadores.