Por Raúl I. García Álvarez*  

Villa colonial de Trinidad en Cuba

Peregrinar por La Trinidad, al centro sur de Cuba, es viajar en el tiempo y conocer una de las villas mejor conservadas de América, declarada por la UNESCO en 1988 Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Próxima a cumplir 500 años de fundada por el Adelantado Diego Velázquez en 1514, mantiene esa belleza arquitectónica que la distingue, con un pasado de leyendas y realidades inigualables.

Como dice el poeta, entre piedra y piedra, entre mansiones y palacetes se conservan muchas historias, algunas poco conocidas y otras aún por develar. Desde su Plaza Mayor el sabio alemán Alejandro de Humboldt (1769-1859) observó en marzo de 1801 cómo transcurría apaciblemente la vida trinitaria.

Francisco Marín Villafuerte dejó constancia en su libro Historia de Trinidad (1944), de como el naturalista alemán caracterizó su visión de la villa. Decía sobre su Plaza que se goza allí, como en la mayor parte de las calles, de una vista magnífica al océano.

Desde cuando se conformó el primer núcleo urbano, La Plaza Mayor fue el centro del esplendor de las clases más pudientes. La rodean majestuosos palacetes iluminados con lámparas de aceite de oliva.

Su designación estuvo marcada por las distintas épocas. Así, se denominó Plaza de Fernando VII, Plaza de la Constitución y en los años 1856-57 Plaza Serrano y Plaza de Martí.

Especialistas la consideran la segunda en importancia en el país, después de la Plaza de la Catedral, en la capital cubana.

Su aspecto actual viene desde 1857, diseñado por el ingeniero Julio Sagebién, cuando se le pusieron verjas exteriores e interiores, y dos lustros después se le colocaron dos aljibes.

En este sitio el expedicionario Hernán Cortés y su tropa acamparon para reparar sus fuerzas antes de partir hacia la conquista de México, en la cual enrolaron a decenas de trinitarios.

A su alrededor se alzan varias construcciones de gran valor arquitectónico: la Iglesia Parroquial Mayor Santísima Trinidad y el Palacio del Conde Brunet (Museo Romántico), con valiosas historias que contar.

José Giroud, de procedencia francesa, quien creó una familia en esta ciudad, forjó en el siglo XIX las campanas para el Convento San Francisco de Asís.

Muchas de estas mansiones ofrecen el esplendor de una época, en que la riqueza de unos pocos, basada en la industria azucarera, estuvo sustentada por la más infame ignominia contra el ser humano: la esclavitud.

Artísticas verjas, mamparas, vitrales, puertas y ventanas de madera preciosa; el empedrado de sus calles y sus techos de tejas de barro rojo caracterizan la villa.

Trinidad conservó sus atributos de antaño, supo manejar bien los engaños de la modernidad y se mantuvo firme en su decisión de conservar un legado que cada vez más se aproxima a sus 500 años.

Versatilidad de sus habitantes para las artes manuales, plásticas y para la artesanía en general; calles estrechas y patios centrales de la mano de la jardinería son atributos locales.

Una ciudad llena de luz, donde se conjugan el sol, las montañas y una infraestructura hotelera que, después de conocerla, lo hará desear volver.

Pero Trinidad no existiría sin el Valle de los Ingenios, declarado conjuntamente con la ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Asentamiento de una de las mayores riquezas cubanas de los siglos XVIII y XIX.

Un patrimonio surgido del sudor, el látigo y la mano esclava, llevaron a vivir en la opulencia a los dueños de esos ingenios azucareros.

ARMONIA VIGENTE

La opulenta arquitectura converge, junto con los techos de tejas rojas que se integran a la influencia árabe, en especial en sus patios coloniales.

Los historiadores plantean que la casa de mampostería y tejas más antigua de la villa es la de la calle Real del Jigüe número 51, que perteneció a la familia Martín de Olivera y Vargas-Machuca, la cual data de 1723.

En la cuarta década del Siglo XVIII se manifiesta una variación en la estructura y distribución de las viviendas, y en particular de los patios, como un espacio para la ambientación y la ventilación interior, donde se unen amplias puertas, ventanales y el cuidado jardín.

Los patios trinitarios son por lo general embaldosados y en ellos se diseminan las vasijas de barro o macetas donde crecen diversas plantas ornamentales.

Con el auge económico azucarero de la villa comienzaron a transformarse las primeras viviendas, que eran de embarro, guano y madera, en sólidas viviendas con patio central, sin que falte el aljibe, para el agua de lluvia.

El Palacio Brunet es representativo de la época de más esplendor de la burguesía local de 1850. La casa de los Sánchez posee un notable valor arquitectónico. Su patio rectangular está cubierto por macetas y cuenta con preciosas pinturas murales en sus paredes, al igual que otras mansiones de la localidad.

No se puede obviar la belleza de las puertas exteriores o interiores (mamparas), ni tampoco de las verjas, que forman parte de la arquitectura colonial trinitaria, estas últimas decoradas al estilo neoclásico, con símbolos o iniciales de las familias e incluso con un, por estos lugares, inusual instrumento musical: la lira.

PLÁCIDO EN TRINIDAD

Más cerca en el tiempo, en la primavera de 1836, en la casona del medico trinitario Don Justo Germán Cantero se reunía un grupo de amantes de las artes y de las ciencias; allí se encontraba el joven poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, hijo de La Habana y radicado en Matanzas.

En la tertulia donde se disfruta de excelente música, se declaman poemas, el piano lanza sus notas y el Stradivarius acompaña a un solista se habla de cultura y realidad.

El sociólogo español Ramón de la Sagra participante en la sita afirmó que era uno de aquellos hombres amables, ilustrados y cultos que merecen ser ricos por el uso que saben hacer de los bienes de fortuna. A decir de cronistas era un mulato de expresión simpática y juvenil, de rasgos entre audaces y melancólicos, con una voz argentina y palabra elocuente e incisiva, que soltaba versos como una musa viviente.

Los que allí se encontraban reían, lloraban, y aplaudían. Don Justo, atraído por la inteligencia y modestia del poeta; su amor a la naturaleza, al arte, a la belleza y sus ideas independentistas, lo alojó en su palacio, en una de las habitaciones de la torre, donde se divisaba una hermosa ciudad, motivo suficiente para escribir poesía.

Según el historiador Manuel Lagunilla, durante la estancia de Plácido en el palacio Cantero, escribió:

Si enemigos inconstantes te hacen a ti padecer

Confórmate con saber que otros padecieron antes.

Cada vez que te levantes, y que estos versos te leas,

Siempre que inocente estés,

Compadece la malicia, que si hoy llora la injusticia,

Otros llorarán después.

En 1843 regresa el poeta a Trinidad, debido a que había decaído en Matanzas y La Habana el uso de las peinetas y otros adornos de carey, labor a la que se dedicaba para el sustento, y también en busca de gallos finos.

Sus amigos lo acogieron y se hospedó en una humilde casa hecha de embarro, ubicada en el llamado Callejón del Coco de Trinidad.

Allí montó su taller, donde fabricaba hebillas de carey, pendientes de semillitas y joyería de plata y oro. Muchachas de la aristocracia trinitaria usaron las maravillas salidas de las manos del bardo, quien también dedicó tiempo a escribir poesías para bautizos y bodas.

Las ideas independentistas de Plácido se mostraban en sus poemas y, cada vez más, las tertulias eran utilizadas para la causa patriótica y revolucionaria.

Fue detenido en Trinidad, donde permaneció dos meses encerrado (1). Fue liberado, gracias también a la influencia de sus amigos trinitarios, entre ellos la de Don Justo Germán Cantero.

(1) Acusado por el dominio español de participar, junto con otros cubanos, en la Conspiración de la Escalera, fue fusilado el 28 de junio de 1844 en Matanzas.

* Corresponsal de Prensa Latina en la provincia de Sancti Spíritus.