Por Ernesto Montero Acuña   

 

Joven en su antigüedad, Londres deviene ciudad monumental por los valores que le aportan la geografía, los pobladores y las riquezas de allende los mares al engrandecimiento de la City, en el centro de sus orígenes.


Su economía y su capacidad financiera centran su protagonismo. A inicios del siglo XIX la ciudad, rodeada de verdes campos, se extendió mediante un poblamiento migratorio atraído por el desarrollo industrial, con innumerables consecuencias.
De las peores fueron la gran peste de 1858, como consecuencia del hedor del Támesis que la surca, y la epidemia de cólera de 1932. En sentido contrario, también se atribuye a su centro, haber sido la región más poblada y rica del país.
Como corresponde a su historia, se considera hoy que un impulso a su expansión se debió a la fundación allí del Banco de Inglaterra, en 1694, aunque el inicio de su evolución se sitúa en la conquista romana.

Desde el siglo I d.n.e hasta el siglo V, cuando se derrumbó el Imperio, Roma mantuvo su dominio sobre el actual London, en inglés, denominado entonces Londinium, que sostenía en el siglo III un importante núcleo poblacional de 50 mil habitantes.
Su origen más remoto se atribuye a tribus celtas, pero se acepta que el conquistador romano Julio César, por los años cincuentas a.d.n.e., la nombró Londinium o “fuerte del lago”, en bretón, mientras observaba el sitio desde el gran puerto, en la ribera norte del Támesis. Existen, sin embargo, otras versiones sobre la denominación.
Amenazados por el norte, los romanos la abandonaron, si bien el comercio mantuvo su prosperidad en los siglos III y IV d.n.e. Más tarde, invasiones nórdicas la destruyeron en parte durante la denominada “Dark Age”.
Un año especial fue el 796, cuando los anglosajones fijaron en Londres la residencia real, una condición favorable para su renacer económico y para el origen de suntuosos monumentos, como la White Tower y otras de su tipo en el siglo XI.
La Torre Blanca, descrita como el palacio más completo de aquel siglo en Europa, es hoy solo una atracción turística que asombra en la oscuridad nocturna y conserva las Joyas de la Corona, armaduras reales y restos de la muralla romana.
Con posterioridad a las victorias de Guillermo I de Inglaterra (1028-1087), Guillermo el Conquistador o Guillermo II, duque de Normandía, la ciudad se convirtió en capital.
En el siglo XI proliferaban las casas nuevas, los monasterios e iglesias de madera, el comercio marítimo y la expansión demográfica de la urbe. Juan sin Tierra le otorgó en el 1215 el derecho de elegir su propio gobierno.
Pese a la peste y a la Guerra de las Dos Rosas en el siglo XIV, continuó su ascenso y surgió el barrio de Westminster. Dos siglos después Enrique VIII creó la Iglesia Anglicana. William Shakespeare alcanzó la cima en su cultura. Y, en lo social, la explosión popular de 1649 condujo a la decapitación de Carlos I en Whitehall.
La peste provocó 100 mil muertes en 1665 y, un año después, el Gran Incendio, que duró cuatro días, destruyó el 80 por ciento de la ciudad. Desapareció prácticamente su origen medieval y surgió una urbe en muchos sentidos joven.            
De las ruinas emergen, bajo la conducción de Christopher Wren, los barrios burgueses de Marylebone, Chelsea, Greenwich y Kensington, la catedral de Saint Paul y los grandes puentes sobre el Támesis, impactantes hoy.
Se iniciaron el disfrute del agua corriente, el alumbrado público a base de gas e importantes medios fluviales de transportación, a través del río omnipresente.
Advino la Revolución Industrial y surgieron, como contrasentido, los barrios pobres de East End. En sus calles el definitivamente desconocido Jack The Ripper -El Destripador- implantó el terror en 1888, tras el asesinato de Mary Ann Nichols, degollada y con el vientre rajado, en la noche.
Como Shakespeare, un hombre nombrado Charles Dickens logra reflejar en sus novelas este Londres gris, cuya imagen ha trascendido en demasía.
Mas, en sentido contrario, la aristocracia y la nobleza del West End consuman la Exposición Universal y crean el metro, un medio de transporte hoy multitudinario, veloz y demográficamente representativo del universo cosmopolita.
La familia real se instala en el Palacio de Buckingham, en el corazón de la ciudad, y se establecen símbolos como la abadía de Westminster, la catedral homónima; y el número 10 de Downing Street, o premierato, con antecedentes de sedes principales de Gobierno en el siglo XIII.
Desde 1750 a 1901 su población pasó de 700 mil a más de cuatro millones 500 mil habitantes, aunque ampliable a seis millones 600 mil, si se incluyen las zonas suburbanas.
Cifras actuales sitúan los del área urbana del Gran Londres en ocho millones 278 mil 251; y los del área metropolitana, la mayor de la Unión Europea, en un estimado de 12 a 14 millones de personas, reveladoras de una extensa periferia.
Mas, sus pobladores comenzaron a disminuir al finalizar la primera guerra mundial, hasta situarse en tres millones 500 mil, hacia 1950. Contrariamente, el área suburbana inició su crecimiento incesante, fenómeno propio de estas urbes. Bombardeada en 1941 por Alemania, perdió cerca de 30 mil vidas.
En este siglo XXI, “Londres parece recuperar su fama de ciudad alegre”, se dice ahora, con la construcción del Millenium Dome, en Greenwich; el London Eye, la Tate Modern, y la creación del Gran Patio del Museo Británico.
Los juegos olímpicos incentivan su dinamización y una imagen distinta de aquella que la reflejaba como una ciudad gris, habitada por humanos flemáticos y rígidos, en general dos estereotipos distantes de los actuales. Es gris y lluviosa en días de invierno, por razones climáticas.
Como los Juegos Olímpicos inaugurados el 13 de julio de 1908, los de ahora pueden dejar una marca “esencial para Inglaterra, que ha sido cuna de tantas modalidades atléticas”, como reclamó en su tiempo Lord Desborough, con el aval de su enorme prestigio por haber cruzado a nado las cataratas del Niágara.
De ahí que entre el 27 de julio y el 12 de agosto, los XXX Juegos Olímpicos se añadan como un boom a la historia de esta ciudad con cultura antigua y aún conquistadora.