Archive for noviembre, 2011


Fotorreportaje

Por Ernesto Montero Acuña

Fotos: Ismael Francisco-PL y Archivo.

* Con link al Comunicado de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba sobre la visita de Benedicto XVI
Por la Avenida de la Conciliación se arriba a la Plaza de San Pedro y a la monumental Basílica con su impresionante cúpula central, obra del arquitecto, escultor y pintor italiano Miguel Ángel Buonarroti.  Más allá se encuentra el pulso universal de esta Ciudad-Estado.

El espacio interior de la Basílica es el mayor para una iglesia cristiana en el mundo. Presenta 193 metros de longitud, 44,5 de altura y abarca una superficie de 2,3 hectáreas, según datos enciclopédicos. Aunque sus valores culturales trascienden las dimensiones arquitectónicas.

Figura también como la mayor obra de la cristiandad y, según especialistas, modificó radicalmente la arquitectura precedente a Miguel Ángel, quien esculpió para ella La Pietá, su obra predilecta. La Basílica atesora inapreciables valores históricos, arquitectónicos, artísticos y culturales del catolicismo y el cristianismo. 

Con posición dominante en el horizonte romano, fue iniciada sobre la antigua basílica constantiniana el 18 de abril de 1506 y concluida el 18 de noviembre de 1626, en el siete por ciento de las 44 hectáreas vaticanas. El desgaste sobre un pie de la estatua de San Pedro revela el paso cotidiano de la mano de los feligreses sobre la pulida superficie.

A la Plaza impresionante se abre la Avenida de la Conciliación, de unos 500 metros, a partir del Castel Sant’Angelo, en la ribera occidental del Tíber. Su diseño persigue que los diez millones de peregrinos que se estima concurran anualmente al Vaticano, al salir de la oscuridad citadina experimenten la súbita luz de la Plaza, como realmente ocurre.

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El mundo ha ido a peor. Las esperanzas se han desvanecido. Por vez primera desde hace un siglo, en Europa, las nuevas generaciones tendrán un nivel de vida inferior al de sus padres. El proceso globalizador neoliberal brutaliza a los pueblos, humilla a los ciudadanos, despoja de futuro a los jóvenes. Y la crisis financiera, con sus “soluciones” de austeridad contra las clases medias y los humildes, empeora el malestar general. Los Estados democráticos están renegando de sus propios valores. En tales circunstancias, la sumisión y el acatamiento son absurdos. En cambio, las explosiones de indignación y de protesta resultan normales. Y se van a multiplicar. La violencia está subiendo…

Por Ignacio Ramonet*

El mundo será salvado, si puede serlo, sólo por los insumisos.André Gide

Primero fueron los árabes, luego los griegos, a continuación los españoles y los portugueses, seguidos por los chilenos y los israelíes; y el mes pasado, con ruido y furia, los británicos. Una epidemia de indignación está sublevando a los jóvenes del mundo. Semejante a la que, desde California hasta Tokio, pasando por París, Berlín, Madrid y Praga, recorrió el planeta en los años 1967-1968, y cambió los hábitos de las sociedades occidentales. En una era de prosperidad, la juventud pedía paso entonces para ocupar su espacio propio.

Hoy es diferente. El mundo ha ido a peor. Las esperanzas se han desvanecido. Por vez primera desde hace un siglo, en Europa, las nuevas generaciones tendrán un nivel de vida inferior al de sus padres. El proceso globalizador neoliberal brutaliza a los pueblos, humilla a los ciudadanos, despoja de futuro a los jóvenes. Y la crisis financiera, con sus “soluciones” de austeridad contra las clases medias y los humildes, empeora el malestar general. Los Estados democráticos están renegando de sus propios valores. En tales circunstancias, la sumisión y el acatamiento son absurdos. En cambio, las explosiones de indignación y de protesta resultan normales. Y se van a multiplicar. La violencia está subiendo…

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Por Nicolás Guillén 

Imágenes actuales para una magistral y añeja crónica sobre Camagüey.

Plaza de los Trabajadores

Como las mujeres, toda ciudad tiene dos caras. Una para andar por casa, y otra para salir, para pasear. La cara que se le enseña al novio, y la que después conoce el marido, en el “desorden húmedo de la mañana”, cuando se salta del lecho al laboratorio del tocador.

Hay así, el ciudadano que vive engañado por los afeites y pinturas de la ciudad amada, y el que conoce toda la verdad, sin que por ello padezca su amor. El que sólo la quiere para lucirla, y el que la quiere a pesar de verla a toda hora, y quizá por eso mismo.

No es exagerado decir, pues, que para muchos camagüeyanos, su pueblo natal, la antigua y venerable Santa María de Puerto Príncipe, está surgiendo ahora, pimpante como una jovenzuela que asoma por primera vez sus narices en sociedad. ¡Qué queréis! Son sus novios; espíritus “modernistas” que abominan de todo cuanto les recuerde el “buen tiempo viejo”, que ya pasó.

Según ellos, Camagüey empieza por donde acaba: el cemento y el adoquín. Lo otro… ¡Bah! Lo otro es paisaje; supervivencia vergonzosa, que es necesario ocultar, hasta que lo tumbe la consabida piqueta del progreso, manejada por los feroces “comités de vecinos”.

Yo recuerdo que durante una reciente y prolongada estancia mía en la “patria chica”, tuve que convertirme más de una vez en cicerone de algún viajero fugaz e instruido que, de paso por el pueblo, quería conocerle, como es natural, en sus detalles más interesantes. Si acertaba a formularme su ruego en presencia de un “novio”, de un camagüeyano modernista, éste echábase a temblar, y en lo que tenía ocasión tomábame del brazo, a fin de suplicarme con voz de anticipado reproche:

–¡Ve si lo vai’ a meter en esoj andurrialej que a vo’ o’ gutan, porque el hombre se va a figurar que to’ el pueblo e’ así!

Yo reía, naturalmente. ¡Y me iba por los andurriales! Es decir, me iba al Camagüey verdadero; llevábame al visitante a conocer lo único que puede y debe verse allí; lo que le da perfil y sello propio a la ciudad; lo que no hay en otro sitio. ¿Un tranvía? ¿Un café a la moda, en la Plaza de la Soledad o en el Parque Agramonte? ¿Una fuente melancólica y seca? ¡Pero hombre! ¡Si eso puede verse en todas partes, y mucho mejor! Es, por lo demás, algo parecido a lo que ocurre con los turistas que vienen a la capital. Están desesperados por bailar una rumba, por saber lo que es un “vacunao”, por acercarse a una fiesta ñáñiga. ¿Qué se les da? El mismo fox, el mismo swing, el mismo cocktail que los ha aburrido a través de los años en Miami o Chicago. No en balde se van pensando que el alcalde de La Habana es un funcionario a las órdenes… del gobernador de Nueva York.

El prestigio de Camagüey no está, pues, en la ciudad nueva (¡tan poco moderna!) sino en la vieja ciudad, tan antigua, tan íntima y serena. Calles torcidas, plazas abandonadas, quicios eminentes, aleros y guardapolvos seculares, gentes del pueblo, en fin, lentas y grises, que parecen brotar de la misma tierra de las calles.

Parque Ignacio Agramonte

Yo no puedo ir a Camagüey sin repasarlo, como una remota lección que no quiero olvidar. Lo primero: la Plaza de San Juan de Dios, con su gran convento abandonado, donde estuvo expuesto el cuerpo inerte de Agramonte, quemado después “con la leña que dio Mujica”. Al atardecer, la plaza se llena de crepúsculo, y de entre las sombras en lucha victoriosa con los últimos lampos del día moribundo, emergen las grandes ventanotas de madera labrada, las puertas de enormes clavos, la arquitectura caprichosa de alguna exhausta y melancólica azotea. Presidiéndolo todo, como un búho, la silueta del convento, negro de tiempo, de lluvia y de polvo. Ni una voz, porque el pequeño hombre aplastado por un gran sombrero que pasa con un niño de la mano, hasta perderse por la calle de San Rafael, rumbo a las Cinco Esquinas, va en silencio, como un condenado a muerte, y las familias que viven en las casonas de la plaza están “por allá adentro”, cosiendo o planchando, o terminando de hacer la comida.

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Domingo, 06 de Noviembre de 2011

Por  Joseph E. Stiglitz    

El movimiento de protesta que nació en enero en Túnez, para luego extenderse a Egipto y de allí a España, ya es global: la marea de protestas llegó a Wall Street y a diversas ciudades de Estados Unidos.
La globalización y la tecnología moderna ahora permiten a los movimientos sociales trascender las fronteras tan velozmente como las ideas. Y la protesta social halló en todas partes terreno fértil: hay una sensación de que el “sistema” fracasó, sumada a la convicción de que, incluso en una democracia, el proceso electoral no resuelve las cosas, o por lo menos, no las resuelve si no hay de por medio una fuerte presión en las calles. En mayo visité el escenario de las protestas tunecinas; en julio, hablé con los indignados españoles; de allí partí para reunirme con los jóvenes revolucionarios egipcios en la plaza de Tahrir de El Cairo; y hace unas pocas semanas, conversé en Nueva York con los manifestantes del movimiento Ocupar Wall Street (OWS). Hay una misma idea que se repite en todos los casos, y que el movimiento OWS expresa en una frase muy sencilla: “Somos el 99%”.

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