Por Ernesto Montero Acuña

 

Si aun dentro de una misma sociedad existen agudas luchas entre contrarios, cuál podrá ser entonces su dimensión global, cuando se agudiza la confrontación entre dominantes y dominados, desarrollados y subdesarrollados, ricos y pobres, victimarios y victimas.

Es falso que la humanidad se homogenice, como promueven los difusores de una globalización dispar, no inclusiva, sino hegemonista y excluyente, hasta cuando la racionalidad disponga lo contrario.

Los controladores del poder en las potencias globales con sus instrumentos de dominación -armas, capital y organizaciones internacionales en las cuales mantienen la supremacía-, la ejercen nacionalmente y contra países, clases, culturas y políticas que consideren adversas.

La cultura en el mundo atraviesa una profunda crisis debida al predominio del interés mercantil, generalmente, sobre la transmisión de valores éticos, una conducta que a la larga será determinante para la sobrevivencia de pueblos, países, costumbres, políticas; y en fin, del hombre. La pronosticada “extinción” del planeta podría ser dentro de cinco mil millones de años, según cálculos científicos. Pero mejor valiera no apresurar este resultado.

Potencias globales, con elevadísimo desarrollo científico-técnico y presumiblemente cultural, arremeten contra naciones y culturas que asumen como contrarias, aunque la verdadera esencia del problema radique en el interés económico. Por consiguiente, acerca del dominio político y la expansión basada en medios militares, comienza uno a preguntarse si no se estará impulsando una hecatombe a mucho más corto plazo.

De ahí que se imponga precisar qué entendemos por cultura, concepto que el Diccionario de la lengua española define como “Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos” y, en una segunda acepción, como “Conjunto de modos de vida y costumbres de una época o grupo social”. No se alude, sin embargo, a la política en relación con aquella, siendo esta la que rige la organización que adopta el hombre para su convivencia.

Según la Convención del 2003, el Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI), para la Unesco,  “es el crisol de nuestra diversidad cultural y su conservación, una garantía de creatividad permanente”. Esto se manifiesta en particular en los ámbitos siguientes:

“Tradiciones y expresiones orales, incluido el idioma como vehículo del patrimonio cultural inmaterial; artes del espectáculo (como la música tradicional, la danza y el teatro); usos sociales, rituales y actos festivos; conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo; y técnicas artesanales tradicionales”.

La Convención  que venimos citando define el PCI  más concretamente como los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades, los grupos y, en algunos casos los individuos, reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural.

Es interesante destacar que  incluye también en su definición de instrumentos del PCI de la Humanidad los objetos, artefactos y espacios culturales relacionados con las manifestaciones del patrimonio, estableciendo así la posibilidad de una cooperación efectiva con otros instrumentos normativos internacionales.

La definición de la Convención de 2003 señala igualmente que el PCI, cuya salvaguardia pretende:

“Se transmite de generación en generación; es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia; infunde a las comunidades y los grupos un sentimiento de identidad y de continuidad; promueve el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana; es compatible con los instrumentos internacionales de derechos humanos existentes; y cumple los imperativos de respeto mutuo entre comunidades, grupos e individuos y el desarrollo sostenible.”

Pero, ¿realmente infunde a las comunidades y los grupos un sentimiento de identidad y de continuidad; promueve el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana; es compatible con los instrumentos internacionales de derechos humanos existentes; y se cumplen los imperativos de respeto mutuo entre comunidades, grupos e individuos y el desarrollo sostenible?

Nada de ello es absolutamente cierto. Prevalece la política de la fuerza sobre la cultura de la razón. 

La Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural, del 2 de noviembre de 2001, establece en su Artículo 3: “La diversidad cultural, factor de desarrollo, amplía las posibilidades de elección que se brindan a todos; (y) es una de las fuentes del desarrollo, entendido no solamente en términos de crecimiento económico, sino también como medio de acceso a una existencia intelectual, afectiva, moral y espiritual satisfactoria”.

¿Se cumplen acaso tales principios cuando naciones poderosísimas practican gastos militares que rebasan con mucho lo requerido por la humanidad toda para su sobrevivencia pacífica, en muchas mejores condiciones que las actuales? ¿Puede admitirse que medios bélicos de modernísima tecnología arremetan contra personas e infraestructuras con niveles de desarrollo inferiores y distintos fundamentos básicos en sus culturas?

¿Evidencia esto acaso una diferencia esencial entre desarrollo y cultura? O dicho de otro modo: ¿entre ciertas políticas y su cultura, siendo aquellas políticas, como son, una expresión de la cultura? Sin dudas estamos frente a una contradicción fundamental, de la cual parece que se derivarán grandes desastres para la humanidad, bélicos y naturales, provocados por los intereses económicos de las potencias dominantes.

Sin escepticismo, antes que presuponer avances en la civilización del hombre, más bien habría que hablar del desarrollo de la barbarización de clases dominantes que imponen su hegemonía, como por millones de milenios ha sido.

El hombre que dominó el hierro fue superior, en términos hegemónicos, al que dependía de medios inferiores, por más ¿atrasado? en su desarrollo. Ahora el control nuclear y las tecnologías bélicas más modernas dictan la superioridad. ¿Podrá la Humanidad creciente ser absolutamente dominada por países o fuerzas minoritarias cuantitativamente, pero con mayor desarrollo  destinado, no a la conviviencia civilizada, sino al control global?   

¿Se vivirá al margen de una felicidad  racional dictada por la civilización y la cultura? ¿Rebasará el Hombre su más decisivo reto de hoy, el  que determina los demás? No son pocos los que han intentado la supremacía absoluta en la Historia, con demenciales consecuencias. El objetivo fundamental debe consistir en lograr la armonía, antes que en imponer la supremacía.

La citada Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural, contiene un articulado cuya sola enumeración nos resulta tentadora y adormecedora también:

Artículo 1 – La diversidad cultural, patrimonio común de la humanidad

Artículo 2 – De la diversidad cultural al pluralismo cultural

Artículo 3 – La diversidad cultural, factor de desarrollo

Artículo 4 – Los derechos humanos, garantes de la diversidad cultural

Artículo 5 – Los derechos culturales, marco propicio para la diversidad cultural

Artículo 6 – Hacia una diversidad cultural accesible a todos

( “Al tiempo que se garantiza la libre circulación de las ideas mediante la palabra y la imagen, hay que velar por que todas las culturas puedan expresarse y darse a conocer. La libertad de expresión, el pluralismo de los medios de comunicación, el plurilingüismo, la igualdad de acceso a las expresiones artísticas, al saber científico y tecnológico -comprendida su presentación en forma electrónica- y la posibilidad, para todas las culturas, de estar presentes en los medios de expresión y de difusión, son los garantes de la diversidad cultural.” Pero bajo el poder global no se cumple.)

Los grandes medios de difusión no son pluralistas ni existen como “garantes de la diversidad cultural”, sino como empresas editoriales en función del beneficio privado de la clase dominante, que los utiliza sistemáticamente en contra del pluralismo, tanto cultural como político.

Artículo 7 – El patrimonio cultural, fuente de la creatividad

Artículo 8 – Los bienes y servicios culturales, mercancías distintas de las demás

Artículo 9 – Las políticas culturales, catalizadoras de la creatividad

(No es más que otra loable aspiración el enunciado de que “Las políticas culturales, en tanto que garantizan la libre circulación de las ideas y las obras, deben crear condiciones propicias para la producción y difusión de bienes y servicios culturales diversificados, gracias a industrias culturales que dispongan de medios para desarrollarse en los planos local y mundial. Al tiempo que respeta sus obligaciones internacionales, cada Estado debe definir su política cultural y aplicarla utilizando para ello los medios de acción que juzgue más adecuados, ya se trate de modalidades prácticas de apoyo o de marcos reglamentarios apropiados.”)

Los estados que definen las políticas culturales, globalizadas, son los dominantes, que imponen su hegemonía a los llamados de la periferia, en todos los órdenes, aún en el caso de países que impulsan políticas propias, pero que no logran rebasar el proceso de homogenización impulsado por las nuevas geometrópolis, por llamarles de una forma  que no parezca tan lesiva.

Artículo 10 – Reforzar las capacidades de creación y de difusión a escala mundial

Artículo 11 – Forjar relaciones de colaboración entre el sector público, el sector privado y la sociedad civil.

Más bien se referirá en este caso a relaciones de subordinación del sector público y la sociedad civil al sector privado, que es lo que realmente ocurre.

Auxiliémonos nuevamente de la UNESCO, para la cual: ”Todos los seres humanos tienen la necesidad y la capacidad de crear. Desde el tejido hasta la creación de sitios web, cada quien busca la manera de expresarse artísticamente y de participar en la vida de su comunidad”, a lo que añade su concepto de Desarrollo y Cultura:

“El hombre es el medio y el fin del desarrollo; no es la idea abstracta y unidimensional del Homo economicus, sino una realidad viviente, una persona humana, en la infinita variedad de sus necesidades, sus posibilidades y sus aspiraciones…Por consiguiente, el centro de gravedad del concepto de desarrollo se ha desplazado de lo económico a lo social, y hemos llegado a un punto en que esta mutación empieza a abordar lo cultural.”

Conceptos sin dudas esencialmente compartibles. Pero universalmente incumplibles.

Desde el siglo XVIII, llamado de “las luces”, en que el sentido figurado del término cultura adquirió el significado de “cultivo del espíritu”, este concepto se impone en amplios campos académicos. De ahí que al paso del tiempo, como cultura se entendiera la formación de la mente. Es decir, se convierte nuevamente en una palabra que designa un estado, aunque en esta ocasión es el estado de la mente humana, y no el estado de las parcelas destinadas  al cultivo, a las cuales originalmente se refería.

Para la UNESCO, “la cultura es el conjunto de todas las formas, los modelos o los patrones, explícitos o implícitos, a través de los cuales una sociedad se manifiesta. Como tal incluye lenguaje, costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas de la manera de ser, vestimenta, religión, rituales, normas de comportamiento y sistemas de creencias. Desde otro punto de vista se puede decir que la cultura es toda la información y habilidades que posee el ser humano. El concepto de cultura es fundamental para las disciplinas que se encargan del estudio de la sociedad, en especial para la psicología, la antropología y la sociología”.

Sobre esto, la Declaración de México de 1982 fijó que “la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden”.

Según el iluminista Jean Jacques Rousseau, la cultura es un fenómeno distintivo de los seres humanos, que los coloca en una posición diferente a la del resto de los animales.

En sentido semejante, en la Ilustración se involucra a la cultura como sinónimo de civilización, un término relacionado con la idea del progreso. Pero la civilización no es un proceso terminado; es constante e implica el perfeccionamiento progresivo de las leyes, las formas de gobierno, el conocimiento.

Por otro lado, en Alemania el término Kultur en sentido figurado aparece hacia el siglo XVII, con esencias propias.

Es Carlos Marx, sin embargo, quien sostiene que las relaciones sociales de producción (la organización que adoptan los seres humanos para el trabajo y la distribución social de sus frutos) son la base de la superestructura jurídico-política e ideológica, pero en ningún caso un aspecto secundario de la sociedad. No es concebible una relación social de producción sin reglas de conducta, sin discursos de legitimación, sin prácticas de poder, sin costumbres y hábitos permanentes de comportamiento, sin objetos valorados tanto por la clase dominante como por la clase dominada.

Más bien las clases.

Se destaca en tal sentido el desvelo de las obras juveniles de Marx, tanto en el caso de La ideología alemana (1845-1846) como en el de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Según la propuesta teórica de Marx, el dominio de lo cultural (constituido sobre todo por la ideología) es un reflejo de las relaciones sociales de producción, es decir, de la organización que adoptan los seres humanos frente a la actividad económica.

Continuadores de estos valores ideológicos fueron Antonio Gramsci, quien se refiere a la hegemonía, un proceso por medio del cual, un grupo dominante se legitima ante los dominados, y estos terminan por ver como natural y asumir como deseable la dominación. Y también Louis Althusser, quien propuso que el ámbito de la ideología (el principal componente de la cultura) es un reflejo de los intereses de la élite, que a través de los aparatos ideológicos del Estado se reproducen en el tiempo.

Se cita asimismo a Michel Foucault –en el conocido debate de noviembre de 1971 en Holanda con Noam Chomsky–, al responder  que la sociedad capitalista no es democrática. Para él, una sociedad democrática se basa en el efectivo ejercicio del poder por una población que no esté dividida u ordenada jerárquicamente en clases.

También sostuvo que, de manera general, todos los sistemas de enseñanza –los cuales aparecen simplemente como transmisores de conocimientos aparentemente neutrales–, están hechos para mantener a cierta clase social en el poder y excluir de los instrumentos de poder a otras clases sociales.

Para resumir, citemos el Artículo 12 de la Declaración Universal de la UNESCO, que otorga a esta organización del sistema de Naciones Unidas la función de  “promover la integración de los principios” enunciados en las “estrategias de desarrollo elaboradas en las diversas entidades intergubernamentales”, entre otros acápites, sobre los cuales debe admitirse que la función y las intenciones son loables. Pero también debe reconocerse que, en otro sentido, se encuentran lastradas por la barbarie.

No puede aceptarse hoy, al menos aquí no lo hacemos, que pueda asumirse como expresión de cultura y civilización, en sentido estricto, la política que otorga primacía a los gastos y a las agresiones bélicas contra la Humanidad, alegando defender valores y derechos humanos mediante procedimientos bárbaros.

John Donne, Londres (1572-1631), escribió:

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.