Sin parecerme a Secades, tengo recuerdos.

Ahora que tanto se sueña con el globalizado  extranjero, para el campesino cubano y los citadinos de los años cincuentas y anteriores, el mundo comprendía  su terruño y el pueblito o el villorrio cercanos, con calles de tierra y polvo cotidiano.  Los más  afortunados quizás hubieran llegado alguna vez a la capital de provincia, cuando solo eran seis, y se habrían cobijado en  la casa de algún emergido de la precariedad rural.

Tampoco era fácil trascender la muy modesta vivienda provinciana, porque el mundo siempre ha tenido sus límites y la osadía también.

Las visitas a la “urbe” solían ser para consultas médicas, por dolencias inaplazables, o para solucionar, cédula mediante,  algún problema judicial. Con frecuencia por no se sabía qué derechos violados en algún conflicto de tierras, desalojo, trifulca de faldas o de madre ofendida.  Desde luego, había otros casos.

Fuera de la geografía local, solo los elegidos entre los selectos, del ingenio americano, los negocios  o las haciendas ganaderas o cañeras, carrera política incluida, habían viajado a Miami, Filadelfia, tal vez Chicago y excepcionalmente a Nueva York. Ser político era garantía para ascender por la pirámide social hasta la Cámara, el Senado, algún ministerio y quién sabe si hasta la presidencia de la República.

En cuanto a los viajes, aún recuerdo a mi anciana profesora de segundo grado Elvia Navarro, en la escuelita escorada -cayéndose-, de madera pintada con lechada blanca y con piso de cemento en varios sitios roto. Tres aulas: por la mañana kindergarten, primero y segundo grados. Por la tarde, tercero y cuarto mixtos, en el aula principal. Entre mis compañeros de cuarto grado, cuando yo estaba en tercero, había algunos capaces de competir en complexión física con el Teófilo Stevenson olímpico. Tal era la subescolarización. Decía mi profesora Elvia, impedida visual por cataratas y martiana consumada, que había viajado a Miami alguna vez, donde no le habían resuelto su “problema de la vista”. Por ella conocimos a Martí, cuya copia del retrato, con paisaje al fondo, presidía el aula precaria.

Tal vez por aquello de “con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”.

Lo de ascender por la pirámide lo digo porque, para  casi todos, hubiera sido más fácil escalar la de Gizeh, en Egipto, que subir las escalinatas del Capitolio Nacional en Prado o del Palacio Presidencial en la Avenida de las Misiones. No sé por qué Avenida, ni por qué Misiones. Algunos “pillos” de la época lo habían logrado. Uno de ellos, el mulato de Banes, de apellido Batista -nombrado General, con carrera de sargento y amplia cultura de mecanógrafo. Agarró la presidencia en dos ocasiones, incluidas trapisondas y golpes de Estado, bajo patrocinio. Otro descollante fue un “preclaro”  analfabeto, que sedujo a la muchacha rica, dicen que impedida física, y obtuvo un matrimonio con puertas al futuro y al Parlamento.

Importó a La Habana tropical hasta la nieve para inaugurar el monumental teatro, bautizado con el nombre de la esposa. Los albos copos resultaban imprescindibles, porque ella  no podría viajar a conocerlos directamente y debía sentirse como en el Norte. Propietario del más populoso negocio mercantil de la capital y de un club especialmente concebido por él para sí mismo, porque le estaban impedidos los otros, dicen que los sábados lanzaba moneditas a los niños frente a la iglesia de Reyna, donde las necesidades los concentraban. La limitación social de Alfredo Hornedo, que así se nombraba,  era la progenie africana, aún evidente. Poseyó incontables negocios y una mansión de descanso en el mayor paraíso natural del país, Topes de Collantes. Allí las temperaturas oscilan entre 16 y 25 grados todo el año, aunque en el llano puedan ser diez grados superiores.

Dirigía también publicaciones que algún articulista avezado consideraba fuera de su alcance intelectual.

Cuando a cierto redactor irreverente le espetaban: “Dice el director que le mande el editorial para revisarlo”, el otro le respondía al mensajero: “Será para leerlo”. Seguramente pensaba que el propietario pudiera mancillar  lo que hubiera escrito sobre las que fueron impolutas hojas. Casi cincuenta años después de 1959, su residencia campestre, inaugurada a mediados de los  cuarentas del siglo pasado, acoge un museo de arte capaz de competir con algunos del mundo por el renombre de los artistas y por la calidad de las obras. Jamás  pudo suponerlo. No estaba entre sus posibilidades.

Sobre viajar más allá de las fronteras, ya sabemos, quedan  naciones por mencionar. Una, por supuesto, es la Madre Patria, de la cual procedían los progenitores, al menos aquellos de los que se hablaba en sociedad. Porque de los otros ni qué contar. Permanecían frecuentemente innombrables. Se tornó muy popular la interrogante: “¿Y tu abuelo dónde está?”, para los de origen que llamaban sospechoso entonces, muy extendido. La zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a las divisas, como en la canción de Serrat. En fin, al Liceo o a la logia, unos, y a las sociedades Maceo o Victoria, otros. Todavía quedaba la Popular, para los que no cupieran en las anteriores.

Sobre la España de castañuelas y pandereta se sabía lo que habían contado los abuelos o lo que algún pariente o amigo migrante, hombre de negocios con suerte, relataba al regreso de alguna estancia allí. Los demás no sabían de la Puerta del Sol, La Alambra y otros portentos ibéricos, ni los habían visto siquiera en fotografía. En música, abundaba la cultura de los pasodobles, como Currito de la Cruz. Pero no hablemos del Concierto de Aranjuez. Aquel era para elegidos, los del gusto chic. Muchas veces mirados con no buenos ojos. Lo popular era lo óptimo, es decir, Los Chavales de España, que actuaban en La Habana por entonces y se escuchaban por la radio. Y Juan Legido, por las mismas razones, y porque era algo así como el Rafael de la época, aunque de otro género.

Sitio excepcional también era París, aquella maravilla al alcance de audaces intelectuales, capaces de atravesar el inmenso Atlántico, con tal de disfrutar y permearse con los restos del “iluminismo”, venido a menos. Lo reanimaban  muchas veces los emigrantes universales: el español Pablo Picasso, los estadounidenses Hemingway y Fitzgerald –el de talento “tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa”-, y los cubanos Lam, Guillén, Carpetier y muchos más. Algunos pertenecían a la bohemia obligada y padecían las carencias ineludibles. Entre ellas, habitar en una buhardilla sin calefacción o en algún “cuchitril” de Montparnasse o Saint Germain, expuestos a ser expulsados, como también ocurrió.

Había ejemplares superiores. Por ejemplo, padres que llevaban a la niña a pasar sus vacaciones o los Quinces en Miami, Nueva York, Madrid o París, para que así se abriera al mundo, cual flor. Con fortuna, contante y sonante y espiritual, tal vez pudiera encontrar algún prometedor mancebo, solían pensar, que garantizara su futuro luego de algunos años de noviazgo… o con la prontitud que las circunstancias lo requirieran más adelante. Solía ser la meta, el súper objetivo vital, aún en  casos en que no abundaran virtudes y belleza. Con plata se podía, sobre todo si la aportaban los braceros de los progenitores.

Para los que la sudaban, París era el más allá.

Por Ernesto Montero Acuña