Por Ernesto Montero Acuña

 

Ernest Hemingway fue un hombre empeñado en la búsqueda del asidero propio, un persecutor del sentido de la vida, o de algo que tal vez no haya encontrado en Cuba, pero cuya ausencia domeñó aquí por más de tres décadas.

Su percepción personal tuvo mucho que ver con la constancia, la persistencia, como en el viejo Santiago, de Cojímar; por lo que se recuerda, a cincuenta años de su muerte el 2 de julio, la sentencia definitoria en El viejo y el mar: “Un hombre puede ser destruido pero no vencido”.

Al respecto, sus exegetas no han olvidado casi nada. Pero, “solo” casi nada. ¿Se conoce suficientemente su percepción de Cuba, no obstante la híper repetida frase de que un hombre debe vivir allí donde se siente bien, en el sentido de poder escribir en paz, etcétera?

¿No se asocia demasiado esa afirmación al carácter acogedor del país, independientemente de su situación histórica y de las condiciones en las que moraban sus habitantes? Parece que sí.

Mas,  Hemingway se ha encargado de dejar testimonio sobre cómo percibía a la Cuba donde residió por tres décadas. Valoración nada voluptuosa, por cierto. Al margen de la pesca de la aguja o los daiquirís  dobles, sin azúcar, en El Floridita, su visión era mucho más dramática que la frecuentemente reflejada por sus estudiosos y biógrafos.

DE SAN FRANCISCO A SAN ISIDRO

Una mañana, posiblemente de febrero de 1943, Thomas Hudson, álter ego literario de Hemingway, descendía en su Cadillac desde un sitio que podría ser Finca Vigía, en San Francisco de Paula, hacia las proximidades del barrio de San Isidro, cercano al Puerto de La Habana.

Durante el trayecto, el protagonista comienza a reflejar su impresión sobre el entorno social, como quedó descrito en su novela póstuma Islas en el Golfo.

Sobre una parte de la ciudad, que él identifica como la barriada del Cerro, pero que hoy corresponde al municipio 10 de Octubre, dice: … “era Toledo, sin duda: solo por un momento. Luego la colina se terminó y Cuba volvió a rodearlos (a Hudson y al chofer) por ambos lados”.

Para proseguir: “Esa era la parte que no le gustaba del camino a la ciudad. Esa era en realidad la parte para la cual llevaba la bebida”, refiriéndose al vaso de ginebra Gordon que portaba.

E inmediatamente se torna rotundo: “Bebo para defenderme de la pobreza, la suciedad, el polvo de cuatrocientos años, los mocos de las narices de las criaturas, las frondas de palmeras resquebrajadas, los techos de latones aplanados, el arrastrar de pies”… Y prosigue con una prolija enumeración de penurias.

Al descender por aquellos sitios que en la actualidad están comprendidos en los municipios de San Miguel del Padrón, 10 de Octubre, Centro Habana, La Habana Vieja… admite que, con la bebida, se escapa: “Debería mirar todo esto de cerca y hacer algo. En cambio tienes tu bebida, del mismo modo que antaño llevaban sales aromáticas”.

A esta realidad no era indiferente y reclamaba cambios.

Más adelante se produce una asociación histórica, no literaria: … “estaba la colina del castillo de Atarés, donde fusilaron al coronel Crittenden y a los otros cuando fracasó aquella expedición, allá en Bahía Honda, cuarenta años antes de que él naciera (Hudson-Hemingway, en 1899); contra aquella colina habían fusilado a ciento veintidós voluntarios norteamericanos”.

Luego de una referencia a Hudson como persecutor de submarinos alemanes en la Costa Norte de Cuba, las Bahamas y sus alrededores, al servicio de Estados Unidos, describe a “una vieja barca, lo bastante grande para que un submarino se ocupara de ella y le disparara un cañonazo”.

“Estaba cargada de madera y venía a buscar un cargamento de azúcar. Thomas Hudson podía distinguir todavía el lugar donde había sido tocada y recordó a los chinos vivos y a los chinos muertos sobre cubierta”.

Se reflejaba a sí mismo en aquella misión, cumplida en su yate El Pilar, artillado, durante la Segunda Guerra Mundial.

HEMINGWAY COMO CRONISTA DE INDIAS

Por el ambiente de ficción en esta parte de la novela, plagada de referencias a hechos, situaciones y reminiscencias autobiográficas, desfilan la realidad cubana y el contexto histórico más general de la conflagración; pero, sobre todo, se muestra este colosal hombre y narrador del Siglo XX, de cuyos hechos más trascendentes no solo fue relator, sino también protagonista directo.

Como en su tiempo los cronistas de Indias, contaba, combatía y vivía… o viceversa.

Pasada la barca, prosigue la referencia a la “casucha de tablas y hojas de palmeras (de guano, se diría entre cubanos), próxima a un “lote de terreno donde la Compañía de Electricidad almacenaba carbón que descargaban en el puerto”.

Y a continuación la estampa misérrima:  “La casucha estaba construida en un ángulo empinado y apenas había sitio para que dos personas se acostaran en ella. La pareja que vivía allí estaba sentada a la entrada, haciendo café en un jarro. Eran negros mugrientos, cubiertos de escamocidades por la edad y la suciedad, vestidos con ropas hechas con viejos sacos de azúcar.”

Después, recordando una conversación anterior con la que fue su esposa, el protagonista rememora su diálogo con ella, que también escribía, y a quien le dice: “¿Por qué siempre dices que las cosas son tan terribles y escribes también sobre lo terribles que son y nunca haces nada por remediarlas?”.

Es decir, para él, tales situaciones no son para sufrirlas, sino para cambiarlas… o tal vez pretexto para escaparse mediante la bebida.

Islas en el Golfo, editada por su esposa (Mary Welsh) casi diez años después del suicidio del autor, está asociada a El viejo y el mar, que lo consagró con el Nóbel de Literatura en 1954, y a París era una fiesta, libro autobiográfico también editado póstumamente, que es como una galería de la intelectualidad norteamericana radicada en la capital francesa de su época.

En Islas en el Golfo está casi todo Hemingway y, en fin, su más sentida y realista visión de Cuba: “No me puedo imaginar en absoluto por qué nunca habría de haber hambre en este país, no, nunca”.

Un antecedente muy asociado a la respuesta que le dio a un periodista en el aeropuerto de Rancho Boyeros, sobre el acoso de Estados Unidos contra la Revolución. Entonces dijo: “Esta guerra se la vamos a ganar”, y dicen que besó la tierra.

A pesar de ambivalencias aludidas, Hemingway reiteraba su opción por el cambio. A fin de cuentas, hasta el 2 de julio de 1961, día de su suicidio en Ketchum, Idaho, fue un hombre vigilado por el Buró Federal de Investigaciones, posiblemente por esa actitud inconforme de quien ansía también un asidero para los demás.

En Islas en el Golfo, uno de los compañeros del protagonista, que había sido gravemente herido, le pregunta: “¿Quieres un poco de agua en la boca, Tommy? Di que sí con la cabeza.”

“Pero Thomas Hudson la movió en sentido negativo y luego miró el lago que se formaba en el paraje interior. Unas pequeñas olas blancas se rizaban en él. Olas pequeñas de una excelente brisa marinera y más allá de ellas podía ver las sierras azules de Turiguanó.”

Es este paraje al norte de Morón el elegido por el autor para dejar “inconclusa” la novela mientras su héroe lucha por una vida que uno nunca podrá saber si lo abandonará entonces, no porque la obra quedara sin terminar, sino porque quizás este fue el final que Hemingway prefirió, similar al de otras novelas y cuentos suyos.

En Por quién doblan las campanas, Robert Jordan, con la cadera rota y sintiéndose desfallecer, permanecía “de bruces detrás de un árbol, esforzándose porque sus manos no le temblaran. Esperó a que el oficial (enemigo) llegara al lugar alumbrado por el sol, en que los primeros pinos del bosque llegaban a la ladera cubierta de hierba. Podía sentir los latidos de su corazón golpeando contra el suelo, cubierto de agujas de pino”.

Así espera la muerte, con un arma entre las manos.

La circunstancia trágica de Hudson se desarrolla en una situación parecida a la de Jordan, durante la República Española, si bien en el caso de Hudson sucede ante una bella y muy aíslada, entonces, porción de tierra cubana.

Así, una vez más, un hombre podía “ser destruido pero no vencido”.

 

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