Por AbcdeCuba

Primera de tres partes

El Morro de La Habana

Los objetivos estadounidenses, gubernamentales o legislativos, continúan dirigiéndose contra Cuba,  que ofrece relaciones de  fuerte solidaridad a quienes corren sus mismos riesgos, a 186 años de enunciada la teoría de la fruta madura y en momentos en que continúan los cambios progresistas en la región.

La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) se profundiza frente a objetivos estadounidenses de neutralizar los procesos políticos latinoamericanos –nacionales y populares–, con las miras puestas en combustibles, biodiversidad, agua, hombres.

La actualidad de la región no dista tampoco, respecto de Estados Unidos, de otra doctrina identificada por el nombre de su promotor, James Monroe, quien bajo el “principio” de América para los americanos, excluía de la región a las viejas metrópolis europeas.

Casi como hoy se pretende excluir a Repsol de la explotación petrolífera en la zona económica marítima del norte de Cuba, una pretensión potencialmente aplicable a otras firmas, por el hecho de que la legislación estadounidense sobre el bloqueo impide a empresas petroleras norteamericanas invertir en esa porción del Golfo de México.

La lucha de este país caribeño va más allá de los programas puramente nacionales y adquiere, en muchos casos, carácter solidario y humanista, como respuesta a las necesidades colectivas latinoamericanas, caribeñas y tercer mundistas.

El 10 de diciembre de 2007, la cancillería cubana anunció que 37 mil colaboradores de la salud de su país, entre ellos 18 mil médicos, prestaban servicios entonces en 79 países y unos 30 mil jóvenes de 121 naciones estudiaban en universidades de la isla.

También explicó que en los próximos días se llegaría a un millón de pacientes, de 32 países, operados gratuitamente durante la Operación Milagro, una iniciativa impulsada por Cuba y Venezuela para devolverles la visión a numerosos seres humanos.

Todas estas cifras se han multiplicado y se han extendido a otros países en el 2011, con un papel humanitario descollante en la República de Haití, tan dañada por un terremoto y una epidemia de cólera.

Esto ocurre frente a un proceso de dominio global estadounidense que alcanza casi 111 años con respecto a Cuba, afincado en sus ya poderosos medios de difusión y con mayor apoyo ahora de publicaciones identificadas como locales o disidentes.

A finales del siglo XIX, William Randolph Hearst, propietario de la cadena mediática más poderosa en Estados Unidos, enunció con respecto a Cuba: “Yo pongo la guerra”.

Si la expresión no fuera cierta, la verdad es que el papel desempeñado por sus más de 50 publicaciones fue muy influyente en la canalización de la opinión pública de su país.

Para la intervención norteamericana en la Guerra de Independencia de 1895 en Cuba contra España, Hearst alimentó una escalada “con el único objetivo”, según algunos, “de vender más periódicos”.

Luego de la explosión del buque estadounidense Maine en el puerto de La Habana, el magnate señaló a España como culpable de un sabotaje, e instó al presidente William McKinley a iniciar una contienda que significaría el fin definitivo del poderío colonial español.

Acorazado Maine 1898

Hoy se admite la posibilidad de que el hundimiento se haya debido a un accidente.

Así, aunque sobre la explosión existan dudas, sí es indudable que fue utilizada para la intervención de Estados Unidos en el conflicto, ya virtualmente decidido a favor de la independencia perseguida por los cubanos.

De ello se derivó el Tratado de París entre Estados Unidos y España, mediante el cual Cuba pasaría al dominio estadounidense, y la metrópoli peninsular perdería, además, sus posesiones de Puerto Rico y Filipinas, en la calificada como primera guerra imperialista del capitalismo monopolista.

Basados en esto, cuatro hechos deben tenerse especialmente en cuenta:

1.- El declive definitivo de la vieja metrópoli española.

2.- El surgimiento de la potencia imperial estadounidense como sucesora.

3.- La conformación de un diseño colonial y neocolonial en el que Estados Unidos tendría un protagonismo creciente.

4.- El inicio de una independencia tutelada en Cuba, que en gran medida se mantuvo gracias a poderosos medios de prensa.

Mas el propósito estadounidense de obtener la isla de Cuba databa de mucho antes.

En 1823, el secretario de Estado y presidente de aquella nación entre 1825 y 1829, John Quincy Adams, anunció la conocida teoría de la fruta madura: “Hay leyes que rigen la política como las hay de gravitación universal”, dijo, “y si una manzana desprendida del árbol por un vendaval tiene forzosamente que caer al suelo, Cuba separada de España e incapaz de subsistir por sí sola sólo puede dirigirse hacia la Unión Norteamericana, que por la misma ley natural no puede expulsarla de su seno”.

La formulación no es accidental. El 2 de diciembre de aquel mismo año el entonces presidente, James Monroe, expuso en el informe anual ante el Congreso la referida doctrina, base de la política de Estados Unidos hacia Latinoamérica y justificación para numerosas intervenciones en la región.

Muy ilustrativa resulta la aspiración expresada en 1902 por el general Leonardo Wood, interventor norteamericano en Cuba,  acerca de “… edificar una república anglosajona en un país latino donde aproximadamente el 70 por ciento de la población era analfabeta”.

No lo lograron en Cuba, pero lo vienen intentando desde entonces en Puerto Rico.

Wood reafirmó, en resumen, el propósito de “establecer en poco más de tres años, en una colonia militar latina, una república calcada exactamente de nuestra gran república”.

No parece, en consecuencia, que el objetivo de William Randolph Hearst fuera simplemente vender más periódicos.

También resulta de interés exponer algunas apreciaciones sobre la enmienda aprobada el 25 de febrero de 1901 en el Comité de Asuntos Cubanos del senado norteamericano, insertada a la Ley de Gastos del Ejército, cuyo texto era inaceptable para los cubanos que habían luchado durante 30 años por obtener la independencia.

La conocida como Enmienda Platt, por el senador del mismo apellido que la propuso, recibió el apoyo del legislativo estadounidense y el de la presidencia, tras lo cual el gobernador Wood impuso el documento a la Convención Constituyente cubana, donde no fue inicialmente aceptada.

Pero, sin ella, no habría “independencia”.

(Mantenga su atención sobre las partes segunda y tercera)