Por Ernesto Montero Acuña

Con finura, sin transgredir los peligrosos límites hacia lo chabacano, Eladio Secades dejó tal vez el más amplio reflejo de la sicología, la conducta, las formas y las esencias en el actuar de aquella parte de la población cubana empeñada en parecer lo que no era o en ser lo que no quería mostrar.

Como Enrique Núñez Rodríguez y Héctor Zumbadoen otro sentido, Secades refleja al cubano de la república frustrada, de los cuales él mismo formaba parte, y lo hacía con el bisturí más afilado de su época, aunque, si se observa bien, en sus estampas no se ataca o denuncia al sistema político. Se le refleja tal cual… y basta. ¿Para qué más, en la mayoría de los casos?

Eladio Secades

Ejemplares resultan por precisas y contextualizadas, la información y las valoraciones de Laidi Fernández de Juan, publicadas el 19 de abril de 2011, a propósito de la reimpresión de Estampas (1941-1958) de Eladio Secades, que ella antologa y acerca de las cuales aclara que “Ediciones Unión (las) publicó por primera vez en el año 2004, y afortunadamente de nuevo en el 2010”. Su precisión es admirable: “En ellas, aparecen las sesenta y tres estampas que consideré más representativas no solo del estilo secadiano, sino de la época, asi como los cinco cuentos salidos de la osadía narrativa de su autor. En las publicaciones ¡Alerta! y Bohemia, y entre los años 1941 y 1958 vieron la luz los más de ciento treinta artículos originales que hicieron de Eladio Secades el costumbrista más popular de su momento, y el mayor estampero de su tiempo.

Precedidas por un conjunto de reflexiones que intentó acercarse al ambiente de La Habana, Estampas de San Cristóbal, del año 1926, escrito por Jorge Mañach e ilustrado por Rafael Blanco, las de Secades tuvieron el impacto de ser reconocidas de inmediato como crónicas cotidianas, y ello explica el inmenso éxito que tuvieron. Las de Mañach reflejaban con mayor ahínco el entorno arquitectónico de la ciudad: las columnas, los parques, las calles, las arboledas, mientras que Secades se empeñó en dejar constancia de nuestra manera de comportarnos; las pasiones, nuestras herencias española, africana y china, nuestro desmedido afán por expresar lo que sentimos, aunque lo hiciera (más bien porque lo hizo) a través de la burla, del choteo, del descarnado desnudo que mostraba a los habitantes de la ciudad tal y como éramos y no como quisiéramos que nos vieran los demás.

“De entre las estampas que pertenecen al primer tomo, del año 1941, sobresalen «La tristeza cubana», «Nochebuena cubana», «El nuevo rico» y «El periodista». En ellas, se retrata al cubano y a la cubana de la época, con todas las tribulaciones, angustias y también las alegrías de entonces. Dos años más tarde se recopilaron, en un nuevo volumen, cincuenta estampas y cinco cuentos de Secades. Estos dos primeros libros recogen los trabajos aparecidos en ¡Alerta!, mientras que el tercer y último tomo con cuarenta y una estampas del año 1958, corresponde a las publicaciones de Bohemia.
“A pesar del indiscutible tono humorístico que caracteriza la prosa de Secades, aflora un trasfondo trágico cuando habla de la circunstancia histórica: “….con Martí, los cubanos estamos cometiendo el pequeñísimo error de recordarlo en lugar de imitarlo…” [Los caretudos, 1943], asi como al referirse a las penurias económicas del obrero (El diario de un empleado cubano, 1958).

“El choteo es el recurso al cual más acude Secades en sus estampas, y entre esta burla y su raigal cubanía, logró la rápida identificación con la población habanera del momento, aunque debido a la amplia circulación de las publicaciones donde aparecían sus trabajos, cabe suponer que su popularidad no estuviera limitada al marco geográfico de la capital del país.

”Comentario aparte merecen sus reflexiones acerca de la vida norteamericana, y de la postura adoptada por ciertos cubanos y cubanas al visitar ese cercano país. Es evidente que Secades estuvo en reiteradas ocasiones en el llamado “Norte”, y que se detuvo a observar no solo las costumbres (desde el tránsito y los rascacielos hasta el hábito culinario) sino el modo en que reaccionaban algunos paisanos y paisanas cuando regresaban a la isla. En estas estampas («La cubana que estuvo en el norte», «El criollo en Miami», «Las cafeterías», «El nuevo rico») despliega quizás lo mejor de su comicidad literaria y lo más agudo de su talento costumbrista. Nunca podremos agradecerle a este autor tan peculiar el legado de humor que nos dejó.”

Hasta aquí sus precisiones. Veamos, por ejemplo, fragmentos de la estampa titulada La tristeza cubana:“Fuera de Cuba he oído decir muchas veces: “el cubano es alegre”. Como a los andaluces, a nosotros nos han echado fama de gente divertida. Lo que en realidad hacemos es “tirar las penas a relajo”, pero para “tirar las penas a relajo” tienen que existir las penas. Yo creo que en el fondo lo más triste que hay en el mundo después de un andaluz, es un criollo más triste todavía que un almuerzo Rotario y que el primer año de violín.

“En el campo cubano emana un pesar inmenso la acuarela del bohío peinado al medio, la palma, el río sin agua y la bandurria del sitiero que produce unas melodías gástricas. Todo ese conjunto al caer la tarde, empequeñece el espíritu y agiganta los síntomas de la neurastenia. Un punto guajiro es un largo hilo de angustia suspendido en el pentagrama del alma. Es la alegría del cubano, como la alegría del andaluz es la copla en que da lo mismo que falte el amor de la querida cuando se tiene el cariño de la madre. Eso dicho con un ondulador de la garganta y dilatadas las venas del cuello, se llama flamenco. El flamenco es una cosa de la que casi nadie entiende y todo el mundo elogia para no confesar ignorancia. Para ser amigo de los cantadores flamencos hacen falta dos cosas imprescindibles: tener dinero para comprar manzanilla y saber cuándo hay que gritar ¡ole!

“Que nosotros tenemos poco gusto para divertirnos, lo demuestra que en La Habana cerca de casi todos los cabarets y academias de bailes hay un tiro al blanco. Es de una sencillez de panal para salir de fiesta con una mujer desconocida, e intentar sorprenderla gratamente apagando la vela con el rifle.”

Esto refleja una alegría cubana mezcla de frustración y amargura, como quien se ríe de su propia tristeza.

A propósito, del periodista qué decir: … “no hay dos periodistas iguales. Siempre uno pensará que es mejor que otro. Ni hay dos criterios iguales sobre el periodista. Ni aun sobre el periodismo. El periodista tenía su temperamento peculiar cuando enviaba las cuartillas con el mozo del café (…) Al periodismo se puede llegar por muchos caminos. El más inocente de todos, el del corresponsal de campo que cree que es un acontecimiento que la hija del boticario celebre los quince años, dando una fiestecita de fonógrafo con bocinas y viejas con sueño. Y el más tentador, el del amigo que quiere conseguir un carnet para entrar gratis en los teatros. Que es el momento en que se tiene interés en que se sepa que uno es periodista. El periodista nuevo amenaza con meter un suelto para que quiten los baches que hay en la cuadra de su casa”, como ocurre hoy cuando deseamos publicar una denuncia sobre bodegueros o carniceros que escamotean a los clientes sus productos, para medrar, aún, a cuenta de Liborio.

De ahí que las esencias de las estampas de ayer hayan desaparecido del escenario, por fortuna, pero aún existen las de hoy, como hasta no hace tanto reflejaban cotidianamente Núñez y Zumbado. Como otros tendremos que continuar, en virtud de las esencias actuales, con socarronería y gracia nacionales.