Con refinada ironía, Mario Benedetti refleja, en el contexto del derrumbe del llamado socialismo real, un proceder empeorado 

Por Mario Benedetti  

Cuando a Estados Unidos le vienen las Fiebres de liberación, en todas partes (y particularmente en el Tercer Mundo) suenan las alarmas. Después de cada una de esas cruzadas, y a la vista de los escombros liberados, los sobrevivientes del salvataje no siempre se muestran agradecidos. Para liberar a Panamá de las garras (afiladas en el pasado por la CIA) del general Noriega, las pragmáticas tropas norteamericanas se vieron dolorosamente obligadas a matar a 3.0190 panameños, a destruir totalmente el barrio El Chorrillo y a prometer al fiel presidente Endara una ayuda financiera y restauradora que aún está por llegar. Cuando la Unión Soviética y el bloque del Este dejaron de representar el tan anunciado peligro y los países del ex Pacto de Varsovia se apuraron a liberarse antes de que llegaran los libertadores de siempre, el Departamento de Estado pasó momentos de verdadera angustia al no tener a nadie a quien liberar, pero, afortunadamente para los intereses imperiales, Husein se acordó de la historia zonal (aunque se olvidó del desenlace de las Malvinas) y se propuso invadir Kuwait, no sin antes avisarle a la embajadora norteamericana en Bagdad que había decidido dar ese mal paso. La diplomática le juró sobre la Biblia que si ello acontecía su gran nación no iba a intervenir (¿acaso Irak no había sido su aliado contra el satánico Jomeini?); con ese inesperado aval, al futuro émulo de Hitler se le acabaron las dudas y se metió en Kuwait. Ante esa brutal agresión, el emir kuwaltí, Ahmed al Sabaj, se vio obligado a interrumpir su discreta cuota anual de 100 aleccionantes degüellos y buscó urgentemente algún refugio de cinco estrellas. Verdaderamente, un mal paso el de Sadam. Bush respiró tranquilo: ya había algo o alguien a quien liberar. Y Kuwait fue exhaustivamente liberado.

Hoy, ya expulsado el invasor árabe, los kuwaitíes se agregan a la lista de contempladores de escombros propios y quizá valoren cuánto mejor habría sido negociar. El expeditivo general Schwarzkopf quería que la liberación alcanzara también a los kurdos, pero éstos tuviero la mala idea de empezar a morirse de hambre, de frío, del cólera y de la cólera. En Panamá, un tropas norteamericanas ofrecían seis dólares por cadáver sepultado, pero quizá en esta guerra sucia los cadáveres no alcancen esa cotización.

¿Será que el nuevo orden internacional empieza con un flagrante desorden? ¿Se tratará de un nuevo orden o de una nueva orden? Por ejemplo: iapunten! ¡fuego!, o tal vez: ¡media vuelta a la derecha! Sin duda esta última orden ha sido obedecida par las diversas naciones, por militares y gobernantes, por conservadores y hasta por socialdemócratas, que también se han replegado en buen orden (internacional).

Sin solución de continuidad, el mundo pasó de la guerra fría a la guerra sucia. Una mañana, al despertar, nos encontramos con que ya no había Segundo Mundo, ya que había pasado a ser furgón de cola del Primero. Ahora sabemos que el abismo entre el Primer Mundo y el Tercero es cada día mayor, tal vez porque nadie se ha ocupado de proveer esa vacante dejada por el Mundo Dos.
Hay quien dice que el nuevo orden internacional será otro Yalta, pero en aquella denostada reunión hubo por lo menos tres protagonistas, mientras que este nuevo Yalta será un monólogo bushiano (ni siquiera estará la Thatcher para hacer de partenaire) o acaso un réquiem por la pobre ONU, creada en 1945 para preservar la paz y limitada hoy a respaldar la guerra. Una de las mayores tristezas de este siglo de imágenes fue contemplar a Pérez de Cuéllar, secretario general de la ONU, volando de aquí para allá y viceversa, como recadero de una poderosa nación que durante largos periodos se negó a pagar su obligatoria contribución a la Organización de las Naciones Unidas. Es cierto que la ONU es sólo lo que sus miembros quieren que sea, pero esta vez lo decidió el Consejo de Seguridad, que actuó y resolvió (también el veto ha fenecido) como una vergonzante agencia del Departamento de Estado.

Este final de siglo confirma que la tan mentada pax americana es apenas un seudónimo de casus belli. En los últimos 50 años, a Estados Unidos nunca le interesó la consolidación de la paz. Su mayor concesión ha sido hasta ahora la guerra fría, ya que ésta le permite seguir vendiendo armas, que, en definitiva, es su industria prioritaria. Cada vez que aparece en el horizonte de la política internacional una propuesta de paz a corto o a largo plazo, los norteamericanos hallan siempre un motivo para liquidarla. Si bien Bréznev y Carter firmaron en 1979 el tratado Salt II, el Congreso norteamericano nunca lo ratificó. Cuando, en plena crisis (todavía no guerra) del Golfo, Gorbachov y hasta el aquiescente Mitterrand intentaron presionar para que se siguiera negociando, con el fin de evitar la confrontación armada, Bush rechazó tajantemente el sondeo pacificador y resolvió ipso facto la invasión. Esa es la tradición norteamericana, que incluye antecendentes tan reveladores como Hiroshima o el bombardeo a Libia, además de Santo Domingo, Granada, Panamá e tutti quanti.

Incluso las palabras nuevo orden traen el recuerdo ominoso (y nada casual) de antiguos sinónimos. “Somos los padres del nuevo orden”, dijo un eufórico Bush. ¿Ah, sí? ¿Y los abuelitos? No faltará un mal pensado que traiga a colación el ordine nuovo de Mussolini y el neue ordnung de HitIer.
Es obvio que ni los derechos humanos ni la vigencia democrática fueron acicates prioritarios para desencadenar la Tormenta del Desierto. Nada hay menos democrático que los monarcas petroleros del Golfo, amigos entrañables de Estados Unidos que suelen ajusticiar en la plaza pública a ladrones, criminales y ¡adúlteros! Ni siquiera el famoso petróleo fue un motivo tan relevante corno se proclama. Sí lo fue la voluntad expresa de mostrar, tanto al Tercer Mundo como a sus viejos y nuevos aliados europeos, que desde ahora el que ordena, invade y dicta la ley es Estados Unidos y punto. Desaparecido el riesgo de una confrontación más o menos equilibrada con la URSS, todo resulta más fácil en la carrera hegemónica. Si Irak, insistentemente pregonado como el cuarto poder militar del orbe, nada pudo hacer contra las armas supermodernas del Pentágono, ¿qué pueden pretender los países pequeños, subdesarrollados, endeudados y hambrientos del Tercer Mundo? El jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas norteamericanas, general Colin Powell, acaba de anunciar que no descarta una intervención militar estadounidense en El Salvador “si es necesario para defender la libertad”. Es decir, que El Salvador puede ser el próximo país a ser liberado. No habrá muchos riesgos. El Salvador, la nación más pequeña de América, sólo tiene 21.000 kilómetros cuadrados de superficie, de manera que no es probable que el Pentágono necesite, como en el Golfo, el apoyo logístico de 29 países para liberarlo. Estas liberaciones siempre constituyen un buen negocio armamentístico-empresarial: las armas destruyen, las empresas reconstruyen.

Samuel Huntington dijo hace tiempo (lo menciona Bud Flakoll en un reciente reportaje) con sencillo cinismo: “Demasiada democracia es mala”. ¿Para quién? ¿No será mala demasiada soberbia? Después de todo, tal vez Husein haya sido un bárbaro títere que involuntariamente se prestó (trayendo destrucción y muerte a su propio pueblo) a un descomunal ejercicio de soberbia. Poco lúcido, y, sobre todo, poco líder. Su hipocresía casi vocacional le arrastró a una práctica del ridículo, poco menos que inédita en la historia de las conflagraciones, que le hizo desperdiciar la ocasión de liderazgo que necesitaba el mundo árabe. Su irrefrenable locuacidad le llevó a seguir proclamando su victoria en el mismo instante en que sus tropas retrocedían a grito pelado.

Sólo Bush logró superar a Sadam en hipocresía, palabra clave de esta guerra sucia. Por lo pronto, prohibió a la televisión que mostrara cadáveres, no fuera a repetirse el desánimo en cadena que anticipó el desastre de Vietnam. Ergo: lo malo no es matar, sino mostrar cadáveres. La única vez en que perdieron el control de la imagen, cuando el bombardeo al refugio de Bagdad, con 1.000 civiles muertos, trataron de tapar ese traspié publicitario con el increíble cuento de que los muertos eran militares (¿también los ancianos? ¿también los niños?) disfrazados de civiles. Como imaginación, cero en conducta. Como conducta, cero en imaginación.

Para el Tercer Mundo, la combinación debilitamiento de la Unión Soviética más victoria de! Golfo puede resultar sencillamente aterradora. Lo primero, por la ruptura del equilibrio militar internacional que de algún modo servía para contener las ansias dominadoras de Estados Unidos; lo segundo, porque la soberbia y el menosprecio resultantes de ese triunfo (vaya, vaya: 30 países contra uno) puede estimular las aventuras imperialistas más descabelladas.
¿Qué hacer?, interrogaba premonitoriamente el pobre Lenin. Pues no hay muchas opciones. Se oyen ofertas. Mientras tanto, recémosle al Santo Padre, a Moloc, a Venus Afrodita, a Siva, a Odín, a Zeus, a Baal, a Alá, a Tezcatlipoca y otras conspicuas divinidades, a fin de que, como colectivo, traten de convencer a Bush y a Powell de que no vengan a liberarnos.

Publicado el 01/05/1991